viernes, diciembre 5, 2025
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21 gramos

“¿Cuantas vidas vivimos?, ¿Cuantas veces morimos? Dicen que todos perdemos 21 gramos en el momento exacto de la muerte, todos. ¿Cuánto cabe en 21 gramos?, ¿cuánto se pierde?, ¿cuándo perdemos 21 gramos?, ¿cuánto se va con ellos?, ¿Cuándo se gana?, ¿Cuándo… se gana? 21 gramos, el peso de cinco monedas de cinco centavos, el peso de un colibrí, de una chocolatina. ¿Cuánto pesan 21?” A todas esas preguntas dio respuesta González Iñarritu en el maravilloso filme con el que nos enseñó a medir el alma de una persona. Y a todas esas preguntas podría contestar también hoy Rafa Nadal, flamante campeón de 21 Grand Slams, y en cuya alma anida un espíritu inquebrantable.

Por que son varias las vidas vividas por el manacorí en sus casi dos décadas de trayectoria profesional. Poco o nada queda ya de aquel adolescente sin mangas y aspecto de indio cherokee que asaltó París con el despotismo propio de la juventud. Catedral a catedral fue profanando todos los templos de este deporte, desde la hierba inmaculada de Wimbledon hasta el bullicio de la Gran Manzana. Las antípodas tampoco se le resistieron. Pero todas aquellas victorias, unas más extenuantes que otras, iban dejándoles jirones en la piel. Un peaje físico, deportivo y emocional que lo llevó a descender desde la cima para reemprender el camino en múltiples ocasiones. Sísifo en versión manacorí. Ante cada resbalón, cada lesión o cada operación, Nadal respondía empuñando la raqueta con nuevos registros, añadiendo habilidades a su libreto o adaptando su juego a los nuevos tiempos y competidores. Y así cada nueva cicatriz llevaba emparejada un título que alzar.

Son también varias las veces que se ha dado por muerto a Nadal. Hasta él mismo tras partirse el escafoides se planteó la retirada. Los motivos para empujarle hacia el retiro han cohabitado con sus éxitos casi desde su irrupción en el circuito, y han sido de distinta índole. Desde sus problemas crónicos de rodilla, al estilo agresivo de su juego, pasando por el golpe emocional que supuso la separación de sus padres o los problemas de espalda y abdominales que mermaban su saque. De todo ello se ha repuesto con el mismo espíritu con el que ha edificado su carrera deportiva: una resistencia homérica a la derrota. Como si el término resiliencia encontrara en el manacorí una nueva acepción.

En esa eterna lucha por alcanzar la eternidad, Nadal ha tenido dos compañeros de viaje que no han facilitado precisamente las cosas. O tal vez sí. Las dos mejores raquetas de la historia, junto a la del manacorí, fueron a coincidir en tiempo y forma para representar la lucha más encarnizada que haya dado el deporte. Nunca tantos, ni tan buenos, estirando el término longevidad para repartirse los mejores trofeos y récords. Federer, Nadal y Djokovic, La Santísima Trinidad del Tenis, parecía alimentarse de las almas de sus rivales y el desánimo que provocaba en ellos tras cada derrota. Todo por ese deseo irrefrenable de sumar Grand Slams. Todo con tal de cruzar la última frontera.

Y Rafa ha llegado ahí el primero. Quizá porque lo único que se ha mantenido inalterable durante todo este tiempo ha sido la propia determinación de Nadal. La esencia del campeón insaciable. El espíritu infantil del juego. El alma del manacorí se puede apreciar en ese vídeo que se viralizó nada más levantar su último Grand Slam en Australia. Es el mejor resumen de su carrera. El epitafio perfecto: “Mañana habrá que entrenar”.

Su legado resulta ya insuperable. Porque más allá de los títulos y de su tenis, Rafa ha trascendido en nuestras vidas, como inspiración y ejemplo, como imagen de una época. Hasta el punto de ser capaces de explicar o recordar nuestra existencia a través de sus triunfos, pero también de sus caídas y derrotas, de sus discursos o de sus lesiones. Han sido esas ausencias las que explican también al mito. ¿Cuánto nos hemos perdido de Nadal por sus lesiones? ¿Cuánto hemos ganado con él? ¿Cuánto nos queda de Nadal? ¿cuánto de nuestras vidas se irá con él cuando lo deje? ¿Cuánto pesan 21 Grand Slams? ¿Cuál es el peaje por repartir tanta felicidad? Ni siquiera Rafa tiene respuestas para todas ella.

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