Que Vinicius hizo bien al denunciar un insulto racista, que el árbitro actuó como debía y que el tiempo de reflexión (y bochorno) fue de la máxima utilidad es tan cierto como que Vinicius pudo ahorrarse el baile junto al banderín del córner, y no lo digo para coartar su libertad de expresión, ni por censurar los bailes sensuales (yo era bueno), sino porque en un partido de máxima tensión y en campo contrario, uno intuye, o debería, ciertos peligros en determinadas situaciones. Como el asunto viene de lejos y repite protagonista, los argumentos no varían y oscilan entre la defensa a ultranza del baile como demostración de alegría y felicidad, y la crítica por no respetar los códigos del fútbol, que son leyes no escritas que aconsejan, por ejemplo, no hacer dos caños seguidos a un defensa con bigote o no ondear el banderín de un córner en campo contrario. 

En consonancia con los tiempos que corren, cualquier polémica tiende a la hipérbole. En 2022, Ruiz Quintano (ABC) comparaba la censura a Vinicius con la que sufrió Elvis por sus desencuadernes, ocurrencia brillante (Quintano lo es, tanto como despiadado) que bien hubiera podido enriquecer con las críticas a Josephine Baker cuando la diosa de ébano se presentó en Madrid en 1930: “Ejecuta danzas lúbricas de salvajismo primitivo que excitan los groseros instintos de la parte animal”. Eso escribió el cronista de La Voz, antes o después de turbarse del todo. En el caso de la Baker, la artista no hacía otra cosa que dar carnaza a la ignorancia y prejuicios del público europeo, como bien apuntó el corresponsal de ABC: “Josefina no baila al son del tam-tam como los salvajes, porque esto sería anodino y carecería de interés; baila como nosotros nos imaginamos que deben de bailar los salvajes”. 

Tengo para mí que lo que más molestó del baile de Vinicius fue precisamente lo que más atraía de los bailes de Elvis y Baker, es decir, lo “lúbrico”. Asumido que todo buen baile necesita de una dosis de lubricante, en este caso hubo ración doble. Si Vini hubiera bailado alrededor del banderín como Fred Astaire con el perchero, la admiración, quizá, hubiera vencido a la furia. Su baile, sin embargo, aunque imaginado a ritmo de samba, mezcló el caderazo Travoltiano de Fiebre del sábado noche con el “Toma Moreno” de Rockefeller. Y eso hubo quien lo tomó como un asalto con arma de fuego. 

Llegados a este punto es hora de decidir si el fútbol es comedia o es drama. Si es comedia, se baila poco y se ríe menos. Si el fútbol es un juego sin trascendencia vital, es absurdo que alguien se ofenda por un baile. En tal caso no deberían existir los códigos futboleros, y la respuesta del defensa al doble caño no sería otra que el palmetazo amistoso en los glúteos del rival. Si la comedia es el género, debería decirse al público que todo cuanto ve tiene el tacto de la lucha libre, que los enfados de Mou son puro Stanilavski y que los tatuajes de Otamendi son de henna.

Ahora bien, si el fútbol es drama, sobra el baile, salvo que tenga por objeto desquiciar al enemigo, que todo en la guerra está permitido. Si el drama es el género, entonces se comprende (aunque no se comparta) que el público vomite sus frustraciones en caso de indigestión y que defienda su banderín como si fuera una bandera. 

El problema, y es el del mundo actual, es que el fútbol es la mitad de cada cosa, y tan ridículo es quien lo frivoliza hasta el extremo como quien habla del bloque alto como si lo hiciera del bosón de Higgs. El fútbol es un juego que es necesario tomarse en serio, pero tampoco en exceso, y por el precipicio que dibuja esa fina línea se despeñan los que no saben callarse y los que no dejan de insultar, también los pobres que no han comprendido aún que todos los equipos y la totalidad de los hinchas son iguales o bastante parecidos. Todos caben, aunque desborden, excepción hecha del imbécil que llamó “mono” a Pelé, Eusebio, Garrincha, Ronaldinho, Henry y, en última instancia, a Vinicius. Quién fuera así de mono.