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La Batalla de Teruel: Stalingrado en España

No he vuelto a hacer mis necesidades al aire libre en mi vida desde aquel invierno en Teruel, en la Sierra de Albarracín. Yo vi a los compañeros que reventaban de los intestinos porque, cuando querían dar de cuerpo al aire libre y se bajaban los pantalones, el mondongo se le quedaba bloqueado ahí dentro del frío y con esa congelación, se les congelaba todo por dentro… y reventaban». Hace algunas décadas, un ex soldado republicano, valenciano de Masanasa, José Navarro García, contaba esta historia en una mañanita de acecho de patos, en las marismas sevillanas de Isla Mayor, en los cañaverales húmedos cerca de Los Pobres. Tampoco faltaban allí escopetas ni cartuchos.

Ya fallecido hace décadas, Navarro sobrevivió al asalto final de las tropas franquistas sobre Teruel (que las tropas de Antonio Aranda, supervisadas por el africanista General Varela y lanzadas por las brigadas marroquíes de Yagüe, retomaron definitivamente el 22 de febrero de 1938)… solo porque pudo replegarse medio organizadamente con el Estado Mayor del General Vicente Rojo, de quien Navarro era uno de los asistentes.

También, Navarro supo de cerca del fusilamiento, el 20 de enero, de los 46 hombres (otros dicen 53) de la 84 Brigada Mixta de la 40 División —mandada por el Mayor socialista Andrés Nieto, exalcalde de Mérida—, en Rubielos de Mora. Ocurrió cuando, tras una carnicería de 600 bajas y en pleno permiso, el 1er. y el 2º Batallón de la 84 se negaron a regresar a un frente que ya se hundía. Fueron pasados por las armas «por rebelión»: «Todo aquello era, todo junto, la peor de las salvajadas que uno puede vivir», recordaba Navarro García en las mañanitas de las marismas.

Al fin, Vicente Rojo Lluch culpó de la derrota republicana en el helado páramo aragonés a «la escasez de material, la defectuosa moral de nuestras unidades… la incapacidad o incompetencia de muchos mandos… y, en una palabra, todo lo que constituye el problema general orgánico en el que estamos empeñados hace tiempo y del que sólo se ha conseguido hasta el presente un boceto».

Rojo se había encargado del ataque contra Teruel tras informes de Cipriano Mera y en vista de que la ciudad apenas contaba con 10.000 hombres (52ªDivisión) para su defensa. Eso, pese a un escarpado encaje entre montañas, pasos y ríos: La Muela, el Monte Mansueto, El Muletón, el Pico del Zorro, el río Alfambra, toda la Sierra de Albarracín…

Pero, evidentemente y después de la derrota, los jefes comunistas —Stoyan Minev Stépanov, agente y delegado del Komintern— cargaron contra Rojo, Placa Laureada al valor. Pese a los inmensos sacrificios que Rojo e Indalecio Prieto («Ahora soy Ministro de Defensa y de Ataque», dijo Inda tras los primeros éxitos) habían exigido a unas tropas desbordadas, con temperaturas inferiores a 20 bajo cero —de ahí, las congelaciones súbitas, mortales—, Stépanov informó a La Casa del Komintern, la Internacional Comunista, que «el fracaso final de Teruel se debió, entre otras cosas, a la conducta errónea o traidora del Alto Estado Mayor y, en particular, de Rojo».

El General Rojo, valenciano de Fuente de la Higuera, de fortísimo prestigio profesional entre los militares, dirigió luego —y perdió— la Batalla del Ebro, se fue a exiliar entre Argentina y Bolivia, regresó en 1957… y, fumador pertinaz, falleció en 1966 en el mismo Madrid que supo defender: la muerte, que tanto había silueteado a Vicente Rojo, le llegó por enfisema pulmonar y tras haber dedicado a su mujer, Teresa, su propia Historia de la Guerra de España.

Tanque en la Plaza del Torico.
Tanque en la Plaza del Torico.

Por todas sus características y «salvajadas», Teruel fue, sin duda una suerte de Stalingrado español o Stalingrado en España. El ataque republicano, desde el 15 de diciembre de 1937 (organizado por Mera y el Estado Mayor Central para aliviar la presión franquista sobre el Frente del Centro y Guadalajara) dio como resultado la toma final de la ciudad por el Ejército Popular, tras terribles combates casa por casa, a la bayoneta y entre un frío dantesco: fue el 8 de enero de 1938, con la caída del Seminario, que defendía el Coronel Domingo Rey d’Harcourt, en compañía de Anselmo Polanco, Obispo de la Diócesis de Teruel y Albarracín. Pero los carros republicanos T-26 ya aparcaban en la Plaza del Torico el 22 de diciembre de 1937: esta era la primera capital de provincia que reconquistaba el Ejército Popular de la República. Las imágenes de los tanques republicanos en pleno centro urbano de Teruel dieron la vuelta al mundo.

Casi como le pasó a Rojo con los comunistas, y pese a una resistencia rayana en lo sobrehumano, Rey d’Harcourt fue etiquetado como «traidor», «cobarde» y «derrotista» por los mandos afines al General Franco… algo que no le sirvió para escapar al fusilamiento en el barranco gerundense de Can Tretze, el 7-2-1939, como sí pudo escapar (herido) su subordinado, el Coronel Barba. También fueron fusilados allí en Can Tretze, rumbo a Les Escaules, el propio Obispo Polanco, más otros 22 prisioneros procedentes del mismo Teruel. Escaparon milagrosamente otros como el periodista y escritor falangista Rafael Sánchez Mazas (abuelo de Máximo Pradera…), en la que es la escena culminante de la película Soldados de Salamina. Aquellos cadáveres fueron rociados con gasolina y quemados —de Anselmo Polanco aseguró después Barba que «no tenía heridas de bala y fue quemado vivo por las tropas de Líster»—. Hasta 1972 no permitió Francisco Franco que se recuperaran los restos de los fusilados en Can Tretze.

La Batalla de Teruel se extendió en realidad desde el 15 de diciembre de 1937 hasta que, en las primeras semanas de marzo de 1938, quedó rota la última línea de resistencia republicana, ya fuera de la ciudad y en repliegue organizado: era la línea desplegada por el célebre general republicano Juan Modesto. El 7 de febrero, la carga de caballería de los 3.000 jinetes de la 1ª División del General Monasterio provocó el derrumbamiento del frente republicano del Alfambra, incluso el abandono de una compañía de tanques T-26, en una penetración franquista de más de 20 de kilómetros que forzó, al fin, el abandono definitivo de la ciudad: ya sin civiles en ella y convertida en Plaza Fuerte por las últimas tropas republicanas.

El día 8, Valentín González, El Campesino, convocó a sus leales en la Plaza del Torico, se subió a la fuente y pronunció este tremendo discurso: «Camaradas, estamos totalmente copados. El que tenga cojones, que me siga y el que quiera quedarse con los fascistas, que se quede. Quien venga conmigo a Valencia, encontrará allí la retaguardia, las mujeres, los ascensos… el que se quede será corrido, estoqueado y picado por los moros en la plaza de toros. Para romper el cerco tendremos que abrirnos paso a bombazo limpio. Cargaos de bombas de mano y suerte: ¡Salud, Camaradas!». Los hombres de El Campesino intentaron escapar de noche por la Vega del Turia y la mayoría fueron ametrallados o hechos prisioneros… pero el extremeño Valentín González (que acusó a Modesto y a Líster de haberlo dejado abandonado a su suerte) sí llegó sano y salvo a las líneas republicanas, siguió combatiendo, completó una vida aventurera (incluso fue recluido en un gulag soviético, en Vorkuta) y acabó muriendo en Madrid, en 1983, tras haberse declarado simpatizante del PSOE de Felipe González… y declarar solemnemente: «A Madrid, en el sitio de 1936, la defendieron los obreros, sólo los obreros… y nadie más».

Según datos más o menos oficiales, la Batalla de Teruel se saldó con entre 35.000 y 40.000 bajas republicanas, incluidos muertos, heridos y unos 14.000 prisioneros. Las tropas de Franco perdieron 53.000 hombres, comprendidos aquí 3.000 prisioneros, pero los republicanos perdieron en la acción a más de un tercio de sus aviones y carros de combate, mientras los franquistas sólo pudieron quejarse de la pérdida de algunos aparatos —bombarderos HE-51 más que nada— de la Legión Cóndor. Para el Ejército de Franco, la victoria final en Teruel dejó el camino expedito para cerrar el cerco de los frentes catalanes, en un movimiento en cuña que ya no podría detener tampoco la decisiva Batalla del Ebro: iniciada cinco meses después del cierre de hostilidades en Teruel. Después del Ebro, la República quedó cortada en dos, en las playas de Benicarló.
Con todo su halo de dramatismo, Teruel convocó a la flor y nata del periodismo y la literatura mundial… aunque no todos como corresponsales de guerra o enviados especiales: Ernest Hemingway, Robert Capa, Herbert Matthews (The New York Times, luego entrevistador de Fidel Castro en Sierra Maestra, 1957)… y Miguel Hernández, un soldado en la 11ª División de Enrique Líster. Hernández produjo allí estos versos, en diciembre de 1937: «Líster, la vida, la cantera, el frío, tú, la vida, tus fuerzas como llamas… Teruel como un cadáver sobre el río… Diciembre ha congelado su aliento de dos filos». «Se distinguía a los dinamiteros corriendo por las primeras calles y los fogonazos de sus granadas al estallar dentro de las casas». Así describió Herbert Matthews los combates en el Seminario y el Gobierno Civil.

Y Robert Capa, el fotógrafo del miliciano caído en Pozoblanco y del Desembarco en Normandía, ya viudo de Gerda Taro —muerta en el Hospital de El Escorial—, escribió en Teruel su única crónica como reportero, que apareció en portada, en el parisino Ce Soir: el 8 de enero de 1938, bajo el título «Visiones de horror en el Palacio del Gobierno Civil de Teruel, por nuestro enviado especial R. Capa, que ayer regresó a París». Era esto: «Con un cielo extraordinariamente claro a pesar del intenso frío y entre el vuelo de 40 aviones en dirección a La Muela, una batalla de habitación en habitación, una lucha sin piedad, con granadas, lleva al edificio a los hombres de la 40ª Brigada, entre gritos de Arriba España, provenientes del interior del edificio. Tras el prudente avance, más de 50 personas, mujeres y niños, en su mayoría cegados por la luz, nos mostraron sus rostros cadavéricos, manchados de sangre y mugre. Llevaban quince días en el subsuelo, viviendo en un terror continuo, alimentados de restos de comida de la guarnición y de algunas sardinas que les tiraban diariamente».

Y para el final, Don Ernesto. Hemingway. Que, con sus prendas granuladas de tweed, se echaba entre pecho y espalda lingotazos de coñac y whisky escocés Milord, mano a mano, con las tropas de Modesto y El Campesino. Pero el tío escribía cosas como estas: «Los románticos se han retirado, los cobardes se han ido a casa con los heridos graves. Los muertos, por supuesto, no están allí. Los que han quedado son duros, de rostros impávidos y ennegrecidos; después de siete meses, conocen su oficio. El viernes, cuando estábamos observando la ciudad desde lo alto de una colina, inclinados sobre unos pedruscos, sin poder sujetar apenas los prismáticos por el vendaval de cincuenta millas [80,5 km] que levantó la nieve de las laderas y la azotó contra nuestras caras… las tropas del Gobierno tomaron el cerro de la Muela de Teruel, una de esas curiosas formaciones con aspecto de dedal, similares a conos de géiseres extintos, que protegen la ciudad…

…Fortificada con emplazamientos de hormigón para las ametralladoras y rodeada por trampas para tanques hechas con pinchos forjados con acero de raíles, (La Muela) se consideraba inexpugnable, pero cuatro compañías la asaltaron como si los expertos militares no les hubieran explicado nunca lo que significaba inexpugnableEn esta región tan fría como un grabado de acero, salvaje como una ventisca de Wyoming o un Hurricane Mesa, observamos la batalla que podría ser la decisiva de esta guerra… Abajo estaba la gran fortificación natural de color amarillo y con forma de acorazado que es el Mansueto, la principal protección de la ciudad, que los republicanos habían pasado sin advertir, yendo en dirección al norte, dándola por inútil como un acorazado encallado… más atrás, la ciudad, ordenada pulcramente sobre el erosionado fondo de areniscas rojas, permanecía tranquila como una oveja demasiado asustada para temblar cuando llegan los lobos».

Hasta Antony Beevor, el famoso autor británico especialista en Stalingrado y Berlín se inspiró en Teruel. Y escribió: «Guerra en el frío polar de Teruel». Estuvo y está Albarracín. Estuvo José Navarro. Ahí siguen El Mansueto, La Muela, el Pico del Zorro, el Alfambra, la Plaza del Torico y la Plaza de Toros, donde murió corneado el torero Víctor Barrio, en la Feria del Ángel, en 2016. Tampoco queda ninguno de los otros protagonistas: Rey D’Harcourt. Polanco. Mera. Rojo. Stépanov. Prieto. Soldados de Salamina. Capa. Matthews. Miguel Hernández. Es lo que dice Don Ernesto Hemingway: «Los muertos, por supuesto, ya no están allí».

Alejandro Delmás
Alejandro Delmás
Un periodista enciclopédico que conoce el deporte de alta competición como pocos. Sus crónicas de tenis, NBA, boxeo e incluso fútbol, en su versión más sevillana, han glosado páginas históricas en El Mundo y el diario AS durante las últimas décadas. Un yankee nacido en Coria del Río que igual entrevista a Kobe Bryant que visita a Joe Frazier o conversa con Rafael Nadal. Un periodista 24 horas al día.
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