Cuando el portero de Belgrano detuvo el penalti lanzado por Mariano Pavone, todas las esperanzas de los hinchas de River se desvanecieron. Quedaban todavía más de veinte minutos de partido, pero ya eran pocos los que confiaban en una remontada. La rabia y la frustración, la tensión tanto tiempo contenida empezaron a aflorar, se extendieron los incidentes por las gradas del Monumental y el árbitro debió dar por concluido el partido sin que se hubiera llegado al minuto noventa. Se ponía fin al calvario de los últimos meses y se confirmaba la tragedia. River Plate había descendido a la B.
No se puede responsabilizar de aquel golpe a J.J. López, ídolo del club como jugador y quien tuvo la valentía de sentarse en el banquillo cuando este más quemaba. Tampoco a unos jugadores que se vieron forzados a realizar un torneo clausura de primer nivel para evitar el descenso. Porque River terminó noveno aquel campeonato, pero fueron los caprichos del sistema de promedios, tan característico del fútbol argentino y que teóricamente protege a los grandes, los que condenaron a los Millonarios. No, realmente la ruina del club se podría situar uno, tres o diez años antes, cuando José María Aguilar llegó a la presidencia de los de Núñez.
En el año 2001 Aguilar se presentó a las elecciones bajo el lema “honestidad y eficiencia” y fueron muchos los que vieron en él a quien podía devolver la gloria al club. Ocho años después, cuando dejó el cargo, ese mismo lema electoral sonaba a broma pesada. Bajo su mandato se lograron cuatro campeonatos argentinos, pero la ruina económica y el deterioro institucional dejaron al club lastrado para los próximos años.
Empezó destituyendo al brasileño Delem como responsable de una cantera que en los últimos años había formado a Ortega, Almeyda, Gallardo, Crespo, Aimar o Saviola. En ese momento no resultó una decisión muy polémica, River acababa de ingresar 42 millones de dólares por las ventas de Aimar y Saviola y seguía contando con jugadores como Demichelis, D’Alessandro o Cavenaghi. A lo largo de su mandato, la directiva liderada por Aguilar vendió cada año a sus mejores jugadores, en operaciones con clubes intermediarios y paraísos fiscales de por medio en las que el dinero se perdía por el camino y a las arcas del club sólo llegaba una pequeña parte de lo firmado con el club comprador. Los sobrecostes se convirtieron en práctica habitual, se estrechó la relación con la barra brava y, en definitiva, la desastrosa gestión lastró la economía del club hasta quedar en evidencia, en 2009, con la venta de los derechos de cinco juveniles para pagar la pintura del estadio Monumental.
Aguilar fue sustituido en la presidencia por Daniel Passarella, uno de los grandes mitos de la historia del club, pero su pasado glorioso vistiendo la camiseta de la banda roja no le sirvió para reconducir el rumbo. No se acertó en los refuerzos, se encadenaron varios campeonatos con malos resultados y así se llegó al Clausura 2011, con un promedio peligrosamente bajo y la amenaza del descenso pesando como una losa sobre los hombros de jóvenes como Maidana, Lamela o Lanzini.
Passarella se peleó con quien hizo falta para asegurar la permanencia de River, pero el carácter y la personalidad, que tantos éxitos le habían garantizado como jugador, no le sirvieron como presidente. Una vez consumado el descenso, se resistió a renunciar y siguió hasta 2013, con el equipo de vuelta en la máxima categoría. Sigue siendo una de las caras visibles de aquella mancha y no se le ve por el Monumental.
Igual que en 2011 eran muchos los que creían que River nunca descendería, que al final Passarella, Grondona o Cristina Fernández si hacía falta, lo salvarían. También eran muchos los que, ese 26 de junio de 2011, no podían imaginar la década que ha vivido el club desde el fatídico penalti de Pavone. Porque a Passarella lo sucedió D’Onofrio al frente del club, desde el banquillo Ramón Díaz volvió a sacarlo campeón y después llegó Marcelo Gallardo, todavía llamado Muñeco, pero que pronto pasaría a ser conocido como Napoleón.
Gallardo no sólo ha devuelto el orgullo a la familia Gallina, llevando al equipo a ganar dos Libertadores, una Sudamericana y varias copas más, también ha conseguido que el equipo funcione año tras año, a pesar de las permanentes salidas de jugadores. Y, quizás lo más importante, ha contagiado una autoestima tan grande a todos los estamentos del club, que le permiten dar su mejor versión en los momentos más importantes, esos que marcan la memoria de los aficionados. Sólo así se entiende el último momento épico, frente a Santa Fe, jugando con varios juveniles, sin cambios y con Enzo Pérez de portero. O la habilidad para vencer en los superclásicos y desquiciar a los hinchas de Boca. Porque, con Gallardo, River eliminó a su máximo rival en la Sudamericana del 2014, Libertadores 2015, Supercopa Argentina 2018, Libertadores 2019 y, por supuesto, en la final de la Libertadores de 2018.
Desde que se confirmara el descenso de River, los hinchas de Boca tardaron muy poco en empezar a cargarlos. Inventaron cánticos, canciones, el fantasma de la B y, si hacía falta, se lo recordaban hasta con un dron. Pero, en la final del Bernabéu, los Gallinas ganaron, además de la Libertadores, el argumento definitivo para cerrar cualquier discusión con los Bosteros. Por todo eso es que, el día que Gallardo deje River, seguramente se celebrará en la Boca tanto como en Núñez. Porque, de la mano del equipo de Napoleón, River cerró en Madrid definitivamente la herida del descenso.




