Regresaba el Barça al Carlos Belmonte después de más dos décadas. A Labacete, que diría el ínclito Josep Lluís Núñez. La última vez que ambos equipos se cruzaron en un terreno de juego, un tal Messi marcó su primer gol como barcelonista. Lewandowski, que entonces debutaba con el Delta Varsovia en la cuarta división polaca, ha envejecido lo suficiente como para dos anuncios de cremas antiarrugas.

Desde entonces, el mundo ha cambiado. Para peor, indudablemente. Si entonces Ray Charles ganaba el Grammy a título póstumo, ahora lo recoge Bad Bunny. Lástima que no fuera póstumo también. El fútbol siguió la misma senda: se ha pasado de Shevchenko a Dembelerdo como actual Balón de Oro.  

Pero volvamos a los cuartos de Copa. Una victoria dejaba al equipo a solo tres pasos del segundo título de la temporada. Y Hansi Flick parecía marcarse un Arbeloa. A medias: metía a cinco canteranos en el once. La diferencia fundamental es que los canteranos culés son jugadores del primer equipo; los merengues no pasan de ser sospechosos habituales que aparecen, desaparecen y vuelven a Castilla sin dejar rastro antes de dar con sus huesos en un Getafe o un Fuenlabrada de la vida. 

Así pues, el once azulgrana era bastante reconocible. O todo lo reconocible que puede ser una defensa con Cancelo, Gerard Martín y Araújo, que en un partido de Xempions daría para temblar… y persignarse. Pero el Barça salió serio. Dominador. Con balón, con ocasiones y con esa maravillosa capacidad para fallarlas que se ha convertido casi en seña de identidad. Lewandowski, ya con un viejazo evidente, volvió a demostrar que el gol ya solo le visita cuando quiere. Y últimamente quiere poco. El Barça echa en falta un killer del área. Pero mientras Lamine Yamal siga haciendo de plan A, B y C, no se notará tanto. El chico ha vuelto por sus fueros.

El Albacete, ilusionado, lo intentaba. Con más corazón que colmillo. No ponía en serios apuros a un Barça confiado, quizá con una marcha menos, como quien sabe que la película acaba bien… aunque siempre haya algo de drama. Y fue Lamine, cómo no, quien abrió la lata. Pase de DecepJong —que sigue empeñado en que algún día lo comprendamos del todo— y gran remate de primeras del Chaval. Naturalidad insultante. 0-1. Todo en orden.

Tras el descanso, más de lo mismo. Mismo guion y misma sensación de que el partido estaba bajo control. Y en una de esas, Araujo, central, capitán ocasional y ariete circunstancial, marcaba de cabeza a la salida de un córner. 0-2. Partido plácido. Aparentemente, claro.

El Barça siguió acumulando ocasiones y errores en idéntica proporción. Y eso, en partidos decisivos, suele tener consecuencias. El Albacete, empujado por su público, tiró de épica, de ilusión y de balón parado. Y en una acción así, recortó distancias. 1-2 y aún con tiempo para la sorpresa. O para el susto, la especialidad de la casa. 

Fallón Torres pareció cortar de raíz las esperanzas locales. No falló en el remate pero sí en su posición: su aleta, o acaso su tupé, estaba adelantado. Hubiera hecho bien en marcar el tercero porque ya sobre la hora, llegó la gran ocasión del Albacete. Remate picado, destino de red… y Gerard Martín bajo palos salva la prórroga. Héroe inesperado. Porque este Barça no sabe ganar sin una cuota de sufrimiento. Da igual cuándo: al principio, al final o ambas cosas a la vez.

Final del partido. El rey de Copas ya está en semifinales con el runrún habitual de la prensa nacionalmadridista de haber llegado hasta ahí eliminando a equipos de inferior categoría. La memoria selectiva no deja recordar que en el año del Centenario el camino blanco hacia la final fue convenientemente allanado, enfrentándose a potentes transatlánticos como el Pájara Playas de Jandía, el Nàstic de Tarragona o el Lanzarote. El caso es que el Barça sigue sufriendo pero sigue siendo el gran favorito. Porque incluso cuando parece que lo tiene todo controlado, nunca pierde la oportunidad de complicarse la vida. Tradición obliga.