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El alma podrida del fútbol

La no final del sábado y la no final del domingo se han convertido en el capítulo más bochornoso de la historia reciente del fútbol argentino. No solamente por la violencia –que fue brutal, pero ha habido muchos casos peores, con muertes y desaparecidos-, sino porque se trataba de un evento internacional, seguido de cerca por buena parte del continente y algunos europeos que habían hecho un lindo plan de sábado por la noche. Podría decirse, a diferencia de los eventos producidos días antes entre All Boys y Atlanta; o, hace algunos años, cuando los policías brasileños agredieron en su vestuario a los jugadores de Tigre, que el mundo ha sido testigo de la podredumbre del fútbol argentino.

El periodista Daniel Arcucci ya la ha bautizado como la peor final del mundo, en lo que es una (no tan) velada crítica al canal que lo emplea, Fox Sports, que durante tres semanas presentó el partido como “La final del mundo”. La primera final se tuvo que jugar un día después de lo planeado porque el campo de Boca no estaba lo suficientemente preparado para resistir una lluvia, mientras que el bochorno mundial llegó en la segunda. ¿Cómo un país puede albergar “la final del mundo” si no puede juntar a dos aficiones distintas en el mismo barrio? ¿Si no puede lograr que no se maten a palos los hinchas de un mismo equipo? ¿De qué mundo nos están hablando? El mundo es ancho y ajeno, queridos amigos argentinos. No lo olviden.

El enésimo episodio de violencia en el fútbol argentino no ha sido el más violento. Después de todo, como han repetido unos cuantos colegas del país afectado, todos los fines de semana se apedrean buses, se golpean las hinchadas, se muelen a patadas los jugadores en campos en mal estado. En varias ocasiones hinchas han muerto y los partidos no se han suspendido. Es que, claro, no había tanto dinero en juego ni una reputación que mantener “ante los ojos del mundo”, como repiten, cuales loros, muchos periodistas argentinos, avergonzados ante los demás pero no frente a sí mismos.

Lo sucedido este último fin de semana nos lleva a hacernos algunas preguntas, muchas de las cuales todavía no tienen respuesta, a la espera de alguien que realmente las busque, aunque deba dedicarle una vida a esa pesquisa. ¿Es la sociedad argentina el problema? ¿Son los equipos porteños? ¿Lo es Latinoamérica -o el “tercer mundo”-, como han dicho, sin causar ningún escozor, algunos analistas? ¿O quizás es el fútbol mismo?


El fútbol es un negocio violento


En realidad, el fútbol dejó de ser un juego hace muchos años, cuando quienes lo financian se dieron cuenta de que podían hacer millones, aun en desmedro del juego mismo. Dice Juan Villoro que el fútbol tiene el poder de retrotraernos a nuestra niñez, nuestra edad más pura, en la que sólo necesitamos unas cuantas reglas para divertirnos y jugar. Da igual si somos unos viejos retirados: siempre que nos juntamos en un campo con los amigos, volvemos a ser niños. Y tiene razón.

Pero no necesariamente es un hecho positivo. Los niños, lo sabemos, pueden ser los seres más crueles del mundo, principalmente porque sus jóvenes cerebros no tienen demasiado filtro social y dicen lo que sienten tal y como lo sienten. Al volver a su niñez, los jugadores –y los aficionados, que son parte elemental del juego- se deshacen de esos filtros y entran en una suerte de zona liberada, en la que insultar, agredir, escupir y burlarse no está tan censurado como en la vida cotidiana. O, mejor dicho, en la vida real, porque pareciera que, a partir de las líneas de cal, se entra a otra dimensión.

La naturaleza violenta del fútbol trasciende las fronteras. Si bien está claro que la argentina es una sociedad particularmente difícil, fracturada, enajenada, injusta y violenta, también es evidente que no se trata de una excepción. La violencia en el deporte no es un mal endémico de esta parte del mundo, como nos quieren hacer creer muchos de los analistas que comparan a la Libertadores con la Champions, donde “esto jamás pasaría”. Es cierto: después de ciertas reformas de seguridad, la UEFA ha logrado que la Champions sea un campeonato pulcro y glamoroso, aunque no exento de violencia.

Basta mirar las noticias de la edición del torneo que sigue en juego: batallas campales en Kiev, en Liverpool y en París, que por suerte no han dejado muertos aunque sí algunos heridos. Un aficionado (solo uno) de la Roma ha sido condenado a dos años y medio de prisión por golpear casi hasta la muerte a uno del Liverpool. Todo entre agosto y octubre del 2018. Y el año pasado la plantilla del Borussia Dortmund fue víctima de un atentado cuando se dirigía a su estadio a disputar un partido de la misma competencia. Las autoridades alemanas aun no tienen claro el origen del ataque. En el 2015, en un partido de Europa League disputado en Rotterdam, un aficionado del Feyenoord le lanzó una banana inflable al marfileño Gervinho, de la Roma. Sí, en Rotterdam, uno de los puertos más importantes de Europa, en el corazón de uno de los países con mayor índice de desarrollo humano del mundo.

¿Podemos decir entonces que la violencia en el deporte es un mal básicamente latinoamericano o argentino? Estoy seguro de que no. El fútbol es una industria que se nutre de la violencia. El sistema en el que el fútbol vive y evoluciona es un sistema perverso, violento, muy macho. Lo dice de muchas –y mejores- maneras el sociólogo argentino Pablo Alabarces, cuyos artículos y estudios sobre el fútbol son de los mejores en nuestro idioma: el fútbol no puede ser un reflejo fidedigno de la sociedad porque la del fútbol es la historia del hombre. Tanto en las canchas como en la grada, el papel de la mujer se reduce a lo mínimo indispensable, como en tantas otras esferas de nuestras putrefactas sociedades.

El fútbol es una industria violenta porque la violencia genera drama, porque el drama genera dinero, el dinero permite comprar mejores jugadores (o jugadores más mediáticos, que no es lo mismo), los buenos jugadores generan mejores contratos televisivos, y la televisión se nutre, casi siempre, del drama y la violencia. Es el círculo perfecto.


El fútbol está en manos de criminales


Ya antes de que se produjera el FIFA Gate sabíamos que estaba en manos de criminales. Quien haya dudado por un segundo que esos hombres con sobrepeso, cabello teñido, anillos de oro en las manos y los dientes amarillentos eran capos de la mafia es porque estaba en otro mundo. ¿Qué otra cosa podían ser Nicolás Leoz o Julio Grondona, aferrados a sus cargos por décadas, amigos incondicionales de otro ejemplar como los descritos anteriormente, el señor Blatter?

¿Cómo esperar que el fútbol esté limpio si quienes lo dirigen han terminado presos o merecen estarlo? ¿Cómo esperar que la pelota ruede si Michel Platini, hombre de fútbol, artista del balón, ya pasó a las filas de los corruptos internacionales? ¿De verdad creíamos que los jugadores nos salvarían del precipicio? ¿Que el mal llamado folclore de las hinchadas podía tapar toda la inmundicia generada por los hombres que nadan en dinero mal habido?

El día de la final suspendida, Gianni Infantino, presidente de la FIFA, y Alejandro Domínguez, mandamás de la Conmebol, se reunieron en el estadio con los presidentes de River y Boca. En la reunión, según dirigentes de Boca, Domínguez insistía, junto con Infantino, en que el partido se jugara, porque “the show must go on”. Imagínense todo el dinero que estaba en juego. Los contratos televisivos. La bendita reputación. Daba igual si en el camino la niña que entró –obligada por su madre- con la cintura rodeada de cohetones explotaba en la tribuna o si los aficionados que se quedaron afuera con boleto en mano realizaban un motín. Lo importante es que el show debía continuar. Esos son nuestros dirigentes. Así, el fútbol no puede mejorar.



Los jugadores no son víctimas


Tras el ataque sufrido por los jugadores de Boca y la posterior suspensión del partido, era evidente que los futbolistas visitantes estarían frustrados y ofendidos. Pero, por más rabia que sintieran, tendrían que entender que sus acciones y actitudes pueden fomentar la violencia o desalentarla. Cuando algunos jugadores del plantel le gritaron a los hinchas de River “son de la B” (haciendo referencia al descenso del equipo a la segunda división en el 2011) en el campo, o cuando Carlos Tévez sugirió que habría un acuerdo por debajo de la mesa entre River y la Conmebol, no hicieron más que fomentar la violencia. ¿De qué sirve que Carlos Tévez, referente de Boca, “jugador del pueblo”, lance teorías conspirativas a estas alturas? ¿De qué sirve que jugadores profesionales, que ganan veinte veces más de lo que deberían, insulten a los aficionados que llevan horas esperando que alguien les diga si se va a jugar o no el partido? Sólo generan más violencia.


No son desadaptados


Lo han dicho ya unos cuantos periodistas y especialistas de la materia, como el mismo Alabarces o Arcucci, a quienes hemos citado en este texto: dejemos de decir que se trata de unos cuantos desadaptados. Basta ya con la muletilla idiota que repiten los colegas de acá y allá: “Unos cuantos delincuentes mal llamados hinchas no pueden arruinarle el espectáculo a los hinchas de verdad”. Muchachos: no son criminales disfrazados de hinchas, SON hinchas. Y no son desadaptados: están perfectamente adaptados a una industria machista, violenta, salvaje, y que se nutre de todas estas condiciones para generar más dinero. Muchos clubes –en la Argentina, en Italia, en Holanda y en Katmandú- les pagan los boletos a los barrabravas, que, a su vez, los reparten o revenden como mejor les plazca. ¿De qué desadaptados hablamos, entonces? ¿Cuál es el disfraz?


Los medios son cómplices


“La final del mundo”, con todo lo inocentemente estúpida que suene, es una frase en principio inocente. No contiene palabras ofensivas ni que inciten a la violencia, pero sí se trata de una hipérbole como muy pocas. No se compara, por ejemplo, a los ya clásicos “a vida o muerte”, o “a dejar la vida en el campo”, o “nada volverá a ser igual después del partido”; pero tampoco ayuda a quitarle seriedad a un partido de fútbol.

Martín Liberman, uno de los periodistas deportivos argentinos más conocidos, criticó con dureza a la sociedad argentina, calificándola como “sociedad de cuarta”, entre otros adjetivos. Lo que parece no notar Liberman, un experto en el arte de polemizar lanzando noticias sin confirmar, rumores sin asidero y descarnadas críticas sin mayor sustento, es que él es parte nuclear del problema. En su programa “Debate Final”, Liberman se pasa horas –literalmente horas, al estilo de los mejores dictadores del mundo- recitando monólogos incendiarios en contra de jugadores, entrenadores, dirigentes. Liberman suele llegar con cierta facilidad al insulto, a la falta de respeto, en fin, a la violencia. ¿Cómo esperamos, entonces, que el fútbol argentino y latinoamericano cambie si los líderes de opinión fomentan la violencia, critican y critican a diestra y siniestra pero no investigan?


Y ya que hablamos de Liberman, uno de los principales críticos de la selección argentina, de Messi y lo que el llama su “club de amigos”, es inevitable recordar las tres finales (dos de Copa América y una en Brasil 2014) que disputó Argentina. Visto lo mal manejado que está el fútbol argentino, el mérito de Messi y compañía es doble, si no triple. Y así les dicen fracasados.


Castigos ejemplares


Este último apartado lo escribo solo para que quede en la red y pueda citarlo en unos días, cuando la Conmebol anuncie que castigará a River con dos jornadas jugando a puertas cerradas que se cumplirán a partir de la próxima edición de la Libertadores, en la que, por supuesto, participará, y quizás como campeón defensor.

Lo que debería suceder es que la Conmebol suspenda al fútbol argentino por unos años y a River por el doble de ese tiempo, o algo similar. Cuando los hinchas de Boca rociaron con gas pimienta a los jugadores de River en la Bombonera en el 2015, se clausuró el estadio por dos jornadas. Lo dice mejor Alabarces: “Este partido no debía jugarse, pero porque la Conmebol debió haber suspendido en 2015 a todos los equipos argentinos por cinco años, y a Boca por diez. Esa fue la sanción al fútbol inglés y al Liverpool, respectivamente, en 1984, después de la masacre de Heysel. Faltaron los 39 muertos, posiblemente; quizás, sólo estamos esperando a que lleguen”.

Dicho todo esto, creo que podemos concluir que el fútbol, a nivel mundial, está podrido. Que el alma del fútbol –el juego, la diversión, el deporte- está reducida a su mínima expresión, de manera que los grandes empresarios puedan seguir haciéndose millonarios, por más que sea a costa del juego mismo. Nadie está libre de culpas: ni los dirigentes, ni los jugadores, ni los periodistas, ni los aficionados, ni los policías. El sistema del fútbol es, como el político, un sistema perverso, que se alimenta de la violencia, y que nutre a sus aficionados con más violencia. No sólo es que la Argentina o América Latina están enfermas. Es el fútbol. Está en estado terminal.

Dan Lerner
Dan Lerner
Periodista y defensa central que no le teme al choque, salvo el que le planteó la realidad. Entrenador top en Football Manager. Lejano y solitario aficionado de la Fiorentina gracias a un melenudo llamado Gabriel Omar. Vive el fútbol como su país le enseñó: con taquicardia y el ceño fruncido. Trabajó en AS durante un año y ahora está de vuelta en Lima, su ciudad, donde escribe para una revista local, y desde donde intentará contarnos qué pasa en esas latitudes (o cómo se ve desde allí el otro lado del mundo).
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