Debería haber llegado a las ocho a la oficina, pero hoy el café con ella se ha alargado. Ella está de vacaciones y yo me había levantado a las 5:15 para preparar un informe que no iba a leer nadie. A las siete ha aparecido con su sonrisa detrás de la puerta y me ha dicho que preparaba ella el café. No apareció por completo sino que agarró con sus dos manos el lateral de la puerta doble y asomó la mitad de su rostro dejándome ver sus ojos negros adormilados y su pelo cayéndole sobre su frente. Llevaba su camisón azul, ese que me gusta tanto, aunque un poco menos que el rojo, y entonces se acercó a darme un beso mientras miraba de reojo la pantalla de mi ordenador, como espiándome, como sin poder evitarlo, como siempre, haciéndome reír.
En ese instante, yo estaba escuchando a Chet Baker cantar con su aterciopelada voz Everything happens to me, esa canción como de estar en un restaurante caro en Nueva York, así que no esperé a que lo hiciera y me uní a ella, acompañándola a la cocina, dejando que me llevara de la mano y con la misma sensación que tendría si, en vez de a la cocina, nos estuviésemos dirigiendo a algún restaurante caro, porque muchas veces lo verdaderamente importante no son los sitios ni las horas, sino con quien estás.
Esos momentos de café y confidencias a esas horas han terminado por ser mágicos, medio en penumbra, con el aroma revoloteando entre nosotros mientras vamos distinguiendo uno a uno los cantos de todas las aves que se despiertan con nosotros a las seis. Los gorriones los primeros, luego los mirlos y, al final, las golondrinas, aunque el pollo del cernícalo que salvamos y que echamos a volar desde la azotea hace unas cuantas semanas siempre es el más madrugador y escucharlo nos hace sonreír. Ella dice que viene a darme los buenos días y siempre terminamos preguntándonos qué hará el resto del día, esos días que, sin ella, se tornan largos e infinitos, a dónde volará y qué verán sus ojos.
En la cocina, y mientras la melodía se va dejando notar, pienso que hoy es uno de esos días en los que no voy a comer a casa, y entre el beso de despedida que ella me da en la puerta y el de bienvenida que yo le daré esta noche en el sofá, habrán pasado trece eternas horas, trece horas que se interponen entre nosotros y que no dejan que nos veamos pero que nosotros vamos sorteando con whattsaps de besos y corazones, y con quejas de los jefes y de los hijos, entre los que se van colando algunos te echo de menos, porque cualquier cosa nos sirve para sortear esas horas, y me invento juegos y te cambio el nombre, para que no te aburras, para que esas horas no se te hagan largas, para que se te pasen rápido y, cuando se acaben, me pueda acercar a darte un beso en el sofá y a preguntarte cómo te ha ido el día, para que sepas que me alegro de verte, para que sepan que me podrán robar tus días, pero tus noches no.







