El 24 de diciembre cumplió 89 años. No hay mejor música de fondo que su edad para entender a Arsenio Iglesias (Arteixo, 1930). Para seguir poniéndolo de ejemplo. Para explicarlo a las generaciones de ahora que nunca lo vieron sentado en un banquillo. Para recordar que este hombre fue uno de esos entrenadores que mejoraron el mundo. Arsenio supo llegar a los demás de un modo escandaloso. Sólo necesitó explicar que «el fútbol es orden y talento». Un recuerdo para toda la vida de ese viejo cascarrabias al que siempre le salían las palabras. Podíamos estar de acuerdo o no con él, pero siempre llegaba a nosotros como aquella vez en la que nos hizo saber que «la derrota es más humana». Por eso el día en el que Djukic falló el penalti, el mismo penalti que impidió al Deportivo de La Coruña ser campeón de Liga en 1994, Arsenio tenía una ventaja. Él ya venía llorado de casa. Él ya se había anticipado al futuro.
De un hombre así aprendimos mucho. Es lo mejor que se me ocurre escribir hoy de él, de aquellos maravillosos años del Superdépor que nos enseñó que todos merecemos más. También aprendimos que lo mejor de tu vida puede llegar al final de tu vida. Arsenio entonces era un hombre mayor. Un entrenador en la frontera de la jubilación que hasta entonces nunca había luchado por títulos. Sin embargo, él lo aceptó con una naturalidad inmensa. O, al menos, eso nos transmitió a la gente de mi generación incapaces de imaginar que un once formado por Liaño; Rekarte, Djukic, Ribera, Albístegui, Nando; Aldana, Mauro Silva, Fran; Bebeto y Claudio podía luchar por un título de Liga. Tuvimos que verlo para creerlo. Y cuando lo vimos nadie nos lo explicó con la generosidad de Arsenio: «Al que le guste perder es que es tonto», decía él, que hasta entonces había sido un entrenador de provincias, de la clase media, la gloria del derrotado.
Arsenio es hoy un hombre de 89 años apoyado en un bastón y maltratado por una enfermedad que hace años rompió su independencia. Pero si hay recuerdos memorables el suyo siempre será uno de ellos: un compromiso vivo con la nostalgia, con su sabiduría campesina. Por eso esta semana cuando nos enteramos de que, al fin, se dedicará en La Coruña una calle con su nombre lo celebramos con la satisfacción del deber cumplido. Sin ir más lejos, aquí me tienen a mí escribiendo de él, recordando a un personaje que quizás lo tenía todo. El misterio que nos hace pensar, la literatura que siempre nos magnifica y el recuerdo de un tiempo que se echa de menos: ya no quedan equipos como aquel Superdépor suyo. Es más, tenemos la sensación de que ya serían imposibles y encontrar a otro Arsenio nos llevaría varias vidas.
Acepto que a veces abuso de la nostalgia. No sé si es bueno o es malo, pero cada uno elige su forma de inspirarse al escribir. Si no existiesen personajes como Arsenio uno escribiría peor. El último verano tuve oportunidad de decírselo a él y creo que se enteró bien. Me lo encontré por casualidad pero lo reconocí rápido. Él había salido a dar un paseo de la mano de su mujer. Estaba sentado en un banco a 300 metros del estadio de Riazor. Descansaba el paseo rodeado de los silencios de la noche. Hablamos lo que se pudo e hicimos la fotografía de recuerdo. Y entonces imaginé lo que hubiese significado esa misma fotografía hace 25 años cuando Arsenio estaba en el corazón de todos los aficionados al fútbol, cuando el Depor jugaba de tú a tú a Madrid o Barcelona. Aun así, él fue un hombre sin enemigos tan fiel a sí mismo que siempre vivió en el mismo sitio en un piso en la calle Juan Florez, en la Torre de los Maestros. Iba y volvía andando a Riazor.
Qué tiempos, señores. De vez en cuando conviene regresar a esos tiempos. Que haya estímulos que nos conduzcan a ellos como esa calle que se va a inaugurar en La Coruña con su nombre. Noticias así perpetúan los recuerdos. También nos hacen mejores como esa estatua de Arsenio que, desde hace años, vigila la playa de Riazor a la altura de la iglesia de Las Esclavas. Una estatua que nos pone en tensión y que nos recuerda una experiencia muy positiva, Arsenio Iglesias Pardo, lo conociésemos o no, lo viviésemos o no. Porque hay gente a la que siempre merece la pena volver.




