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Así es un día en el videoclub más antiguo de Madrid

Disculpe, ¿desde cuándo lleva esta tienda aquí? ¿Es nueva? No la había visto nunca.
—Lleva 38 años como videoclub. No la teníamos camuflada ni nada.
—Pero esto es un paraíso. Si ya no quedan videoclubs…

Es la una y media de la tarde de un viernes laborable en el madrileño barrio de Portazgo, situado en el distrito de Vallecas. Una chica joven, que había entrado hace un minuto, se dirige completamente sorprendida a Fernando Navarro, un hombre de tez blanca, pelo corto y cano, pupilas oceánicas y mirada afable. Él es el dueño y fundador de Import Video, un pequeño reducto cinéfilo situado en la calle Carlos Martín Álvarez, que data de 1979. Es el videoclub más antiguo de Madrid. Uno de los quince que todavía resisten en la capital, según los datos proporcionados por la distribuidora Das del Vídeo.

La incredulidad de la joven es comprensible. En el exterior no hay ningún gran cartel luminoso. Su fachada está formada por un collage de carteles plastificados de filmes de diferentes años mezclados con otros hechos a mano que anuncian la compra, venta y alquiler de “películas excepcionales a un precio increíble”. También de cine para adultos.

Dentro, la situación puede llegar a ser claustrofóbica. Un pasillo de poco más de un metro de ancho es el margen que tienen los visitantes para desplazarse en fila de uno mientras rebuscan en las innumerables columnas de deuvedés que les flanquean por encima de sus cabezas. La única escapatoria se sitúa a la izquierda de la entrada donde una abertura desemboca en el espacio dedicado al cine X. El resto de pasillos hace tiempo que están bloqueados por cintas, con el espacio justo para que Fernando pase a su mostrador para atender a los clientes. De vez en cuando se cae de las altas torres algún ejemplar, que este, a pesar de sus 74 años de edad, recoge con agilidad felina y delicadeza. Después realiza un balance de los daños y, si el producto está bien, lo vuelve a colocar en su sitio. Porque aunque reine un aparente desorden todas las películas tienen su lugar.

La tienda no siempre fue así. “Éramos seis personas en este local, que ahora está lleno de películas pero antes de estanterías. Había una persona que entregaba sin parar ejemplares en ventanilla a los clientes que hacían cola”, asegura Fernando con un punto de nostalgia en la voz.

Este empresario madrileño ha vivido el amor por el cine desde pequeño. Su madre era muy cinéfila y su padre trabajaba en el ABC, de donde él leía siempre las críticas de Donald, pseudónimo de Miguel Pérez Ferrero, un importante periodista del siglo pasado. Sin embargo, su primer oficio no tuvo nada que ver con el séptimo arte. Fernando comenzó vendiendo electrodomésticos, pero cuando vio la rentabilidad que podía ofrecerle el recién llegado alquiler de vídeo decidió incluirlo en su negocio y empezó a vender ambos productos simultáneamente. Al final se decantó por la novedad. Inicialmente abrió dos videoclubs, el de Vallecas el más antiguo, y llegó a tener hasta cinco durante los años de mayor esplendor. “La gente venía a por películas y si no encontraba las que quería iba bajando el nivel y si se iban agotando pues iban cogiendo incluso lo que no querían con tal de llevarse algunas, con tal de alquilar”, narra.

Fueron buenos tiempos en los que algunos sábados podía llegar a alquilar 500 unidades en días excepcionales, y entre 300 y 400 en días normales. Ahora, prefiere no decir un número. “No hay un día bueno”, se lamenta.

A pesar de ello Fernando reconoce que la situación actual le da para vivir, aunque sin mayores expectativas. Vende las películas a precio de ganga, a 3,95 euros los clásicos y el resto de uno a tres euros, y las alquila a euro la mayoría; y abre todos los días del año con unos horarios muy particulares —de 11:00 a 14:30 y de 18:00 a 22:30— adaptados a las horas de demanda del cliente. Se permite el lujo de no madrugar pero, por el contrario, puede cerrar a las once la de noche. Y lo hace feliz, siempre con una sonrisa: “Tienes que estar vendiendo muchas horas para hacer rentable el negocio. Si no fuera ganga, el cliente no vendría y al serlo para él necesitas muchos clientes para que se transforme en ganga para ti”.

El negocio se mantiene en pie sobre todo gracias a las ventas, ya que los alquileres son prácticamente residuales y no le proporcionan ninguna rentabilidad. Sin embargo, insiste orgulloso en que el alquiler, a pesar de que en los últimos meses sea hasta deficitario, es la seña de identidad de su local. “Tengo todas las películas que se estrenan. Todas pasan por aquí. Sigo siendo un centro de cine y quedamos muy poquitos en Madrid. Siendo tan pocos, sobreviviremos”.

Durante toda nuestra conversación el fluir de gente por la tienda es constante. Niños, jóvenes y adultos rebuscan su elección entre las miles de cajas de deuvedés apiladas. Clientes de toda condición entran en el videoclub, algunos desde las procedencias más insospechadas. Es el caso de un hombre de mediana edad con el uniforme del SAMUR que entra raudo a ver qué encuentra, pero al no ver nada de su agrado se despide hasta mañana. “Él va con la ambulancia, se para un momento de forma breve y las cosas que quiere se las voy apartando. Tiene que hacerse todo con mucha rapidez”, explica Fernando sobre este socio habitual.

Otros pasan solo a devolver un alquiler, como un chico joven del barrio, asiduo del lugar, que viene a retornar a su dueño El león en invierno de 1968, interpretada por Katharine Hepburn y Peter O’Toole.

—Buenas, para dejar ¿vale?
—¿Era buena?
—Ni la he acabado de ver.
—Oh qué pena, con esos actores.
—Ya vendré a por otra, ¿de acuerdo?
—Es que coger películas como esa tiene sus riesgos.
—Parece más bien una obra de teatro.
—Si me lo hubieras dicho te lo habría aconsejado. Si quieres una que se adapte a tus gustos de este tipo llévate Cromwell, esa es impresionante. Además fue la primera revolución que hubo. La primera vez que decapitaron a un rey en Europa.

Y el cliente se la lleva, fiándose del criterio de Fernando. “Es la ventaja de conocer el cine, les puedo dar consejos. Si no me dicen nada yo no me entrometo nunca, hay que respetar el criterio personal, pero si te preguntan, sí. Si se ha llevado algo y no le ha gustado le pregunto por qué e intento subsanárselo en la siguiente”, explica.

A Fernando, de verborrea inagotable, se le iluminan los ojos cuando habla de cine. A su rictus desenfadado habitual se le añade un brillo particular en las pupilas, sus facciones se relajan más si cabe y comienza a hilvanar un relato interminable en el que hila una película con otra, clásicos con obras actuales, y ensalza y compara las facultades de uno y otro actor o actriz. Se siente en su terreno y es capaz de afirmar sin rubor arriesgadas sentencias: “Hay películas como El exorcista o Lo que el viento se llevó que se sobreponen a lo que es un filme y pasan a ser obras de arte. Si tú colocas algunos planos de ellas en el Museo del Prado, fuera de las salas de los grandes, con su banda sonora correspondiente sonando de fondo, podrían tener honor para estar ahí”.

Su memoria es prodigiosa y de ella se sirve para ayudar a los clientes que llegan en la búsqueda de una película determinada. Y si no la tiene les ofrece diferentes alternativas hasta acabar por convencerles de que su elección es la apropiada.

Para ello, cuenta con un stock muy grande: entre 600 y 800 películas para alquilar, y varios miles de ejemplares que están en venta. El videoclub se nutre, sobre todo, de mucho sobrante de quioscos pero, gracias a los contactos de su dueño, si una tienda de alquiler de películas cierra en España, Fernando se entera y llega a un acuerdo de compra de sus ejemplares. Asimismo si fallece alguien con muchas unidades en su casa y los herederos no las quieren, se las dan. O si hay un divorcio y una de las dos partes tiene la necesidad de desprenderse de ellas, ídem. De esta manera ha ido recopilando por multitud de vías la colección que tiene actualmente. “Todas legales por supuesto, porque si hay algo que odio es la piratería. Nos hace mucho daño”, afirma con rotundidad.

Cuando habla de este tema el gesto se le endurece. “En el alquiler he padecido toda la vida el fraude de la piratería. Antes de tener las películas en el videoclub las tenía el top manta en la calle. Sí, se veían mal, pero ya el cliente no te la alquilaba porque ya la había visto”. Fernando no puede explicarse cómo España pasó de ser el país con menos piratería en la época del VHS, con controles muy exhaustivos por parte de la Guardia Civil, a lo que ocurrió a partir de la década de los 2000, que desencadenó en una crisis absoluta en la profesión. “Cuando hubo ley y justicia fue cuando más dinero ganamos porque te quitaban el daño de la competencia ilegal. Ahora eso ha desaparecido”.

En la actualidad, a las descargas ilegales se le suman la aparición de nuevas plataformas digitales como Netflix o HBO. Sin embargo, Fernando cree que nunca podrán equipararse a su oferta. “En películas nadie puede competir a un videoclub. Yo tengo todo lo que se estrena. Más de 1000 filmes en un año. Una plataforma tiene algunas pero no puede tener esas, y mucho menos todas”, concluye con un deje de orgullo.

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