No hay cosa que más irrite a un seguidor del Atlético que la condescendencia de un aficionado del Real Madrid. Que un madridista diga que el Atlético le cae simpático, o que les gustaría que ganara una final como la de hoy, es algo que se toma peor que una patada en la tibia. Desde la perspectiva de un atlético militante resulta de todo punto intolerable que su enemigo natural no corresponda en similar proporción a su odio deportivo. Se toma como un menosprecio inadmisible que se basa en una argumentación peculiar: no nos odian porque no nos consideran y solo cuando nos consideren nos odiarán como merecemos.
Mi problema, y se recrudece en tardes como las de hoy, es que el Atlético me cae bien y me gustaría que ganara la Europa League. Lo digo sinceramente, a pesar de mis inclinaciones madridistas. Pero lo digo muy poco, porque no quiero molestar. He llegado al punto de declararme marsellés de adopción por contentar a mis amigos rojiblancos; y surte efecto. Después de insultarme con cariño se despiden más animados. A los que noto más nerviosos les prometo bañarme en la Cibeles si gana el Olympique y en ese momento se tranquilizan súbitamente. Puto vikingo, murmuran satisfechos, tan aliviados como yo: no me gusta fallarles cuando más me necesitan.
Estoy convencido de que si me desean la derrota en la final de la Champions es porque también me quieren. Y me deben querer muchísimo porque me la desean constantemente. Alguno ha llegado a comprarse la camiseta del Liverpool, lo que entiendo como una inversión en mi propia felicidad.
Esta noche, cuando termine la final, me fingiré rabioso si gana el Atlético y eufórico si pierde. Todo sea por apoyar a los muchachos y reforzar sus convicciones. Y porque ellos harán lo mismo dentro de diez días. Maravillosos como amigos y extraordinarios como actores.





Juanma a los atléticos siendo sinceros nos da lo mismo que los vikingos quieran que ganemos o perdamos, nos la trae floja. Lo que no entendemos es el vikingo que no entiende que nosotros no correspondamos con ese sentimiento, que nosotros queremos que el Madrid pierda siempre, es como el enamorado no correspondido, vosotros podéis sentir lo que queráis pero tenéis que entender que nosotros nunca corresponderemos ese cariño.