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Bailarines e Influencers

La vida es una sucesión de cruce de caminos. De desvíos hacia la derecha o la izquierda, de rotondas con múltiples salidas. En esas circunstancias se premia la decisión y la rapidez y se pita a los timoratos, a los dubitativos, a los que no se atreven. Esos quiebros vitales, esos recortes sobre el trazado marcan nuestro destino por más que ese baile de decisiones pasen desapercibidas para la mayoría. Quizá el truco resida ahí, en pensar poco y bailar mucho. Eso debe haber pensado Dembelé, empeñado en trasladar sus trucos de la Play Station al Camp Nou, a riesgo de que su caótico juego haga saltar por los aires el metódico estilo azulgrana. El francés circula sin GPS y en el viaje a Ítaca emprendido por los de Valverde eso puede resultar a la vez una buena y mala noticia.

Por lo pronto es fascinante, porque Dembelé no solo es indescifrable para compañeros (le van entendiendo poco a poco) y aficionados (aquí la división de opiniones es total), también para los rivales. Con el balón en sus pies empieza el baile, del quiebro al cambio de ritmo, del frenazo seco al recorte, todo ello a dos piernas porque para Dembelé siempre hay varias salidas aunque los desvíos que tome no siempre sean los correctos. Lo intenta, se confunde, se tropieza y lo vuelve a intentar. A veces por exceso, como en ese vacile al más puro estilo Garrincha con el que burló a Pedraza hasta en cinco ocasiones. Se iba y volvía, le engañaba por la derecha y salía por la izquierda, recortaba y vuelta a empezar hasta llevar al defensor al suelo, capaz de recomponerse para que Ousmane vuelva a romperle y solo entonces, con Pedraza totalmente mareado y perdido, poner un centro que no va a ninguna parte, ante el ¡oh! de la grada.

Más tarde daría la asistencia del primer gol en otra radiografía perfecta de sus últimos meses en Barcelona. Córner insulso botado con la derecha cuyo rechazo vuelve a sus pies, nuevo intento ahora con la izquierda, tenso y teledirigido a la cabeza de Piqué que supone la asistencia para abrir el marcador. Un retrato de Dembelé en apenas segundos. Errático y fallón. Genial y voluntarioso. Así fue su partido de este fin de semana, en el que nadie hizo más dribblings con éxito (8) y nadie le igualó en balones perdidos (28).  Una tendencia que viene repitiéndose durante todo el curso, aunque nadie podrá negar a estas alturas que el chico le pone voluntad y ganas, mientras convive con tirones de orejas por fascículos de propios y extraños. No se recordaba en Can Barça campaña igual desde que conocimos que Ronaldinho pasaba sus resacas en el gimnasio.

Porque de Ousmane se ha dicho de todo en estos meses. Que ha llegado tarde a entrenamientos e incluso a partidos en casa (hasta ahí totalmente sancionable), que al club le ha costado localizarle en ocasiones porque simplemente no cogía el teléfono o que vive en un despiste continuo acompañado de varios amigos con los que se entretiene jugando a la videoconsola hasta las tantas. Incluso ha salido su casero de Dortmund para detallar cómo dejó su piso tras abandonar el Westfalen Stadium. Poco o nada que tenga que ver con su desempeño sobre el césped y su aclimatación al equipo, en una temporada en la que, por cierto, comenzó como un tiro, dando puntos y títulos a los azulgrana. Luego desaparecería de las alineaciones por la irrupción de Arthur y perjudicado por la reubicación de Coutinho, al que nadie tira de las orejas. Antes y después, Dembelé ha demostrado una confianza a prueba de bombas para desarrollar su juego tal y como lo siente mientras le enseñan otro idioma, el del estilo culé.

Quizá ese aspecto despreocupado y absorto que transpira, de actor de reparto que desdeña los focos, sea el mejor remedio para centrarse en el fútbol. Ousmane parece haber optado por seguir viviendo en su mundo y responder a sus críticos sobre el césped. Aunque tampoco es descartable que desconozca tales críticas y que viva feliz en la ignorancia de los palos recibidos durante este tiempo. Eso explicaría muchas cosas. Y es que el chico díscolo e indolente que nos han presentado no ha abierto la boca ni sus redes sociales para reivindicarse cuando ha tenido motivos para ello, tampoco para vomitar su ira cuando se utilizaba su vida personal como coartada de sus errores sobre el terreno de juego. Es más, Dembelé que ha ido a la grada castigado, ha sabido reconducirse después y volver a ser importante para su equipo.

En ese cruce, Isco o Asensio tomaron la otra dirección. En una situación hasta cierto punto similar sus quiebros y sus regates han sido más sonados fuera del terreno de juego que dentro. Ambos han querido ganarse el favor o la redención de su audiencia antes que la de su entrenador. Lo han hecho con declaraciones en los medios o con encuestas vía redes sociales cuando más arreciaba la tormenta. Ya dijimos al principio que cada uno opta por la salida que quiere en las rotondas y que posiblemente no haya ninguna ideal, pero sí existen unos desvíos con más tráfico que otros. Y en estos tiempos lo que sobran precisamente son influencers.

Por eso nunca hubo mejor forma de hablar para un futbolista que sobre el césped. Ahí donde no hay filtros, hashtag o postureo que valga. Solo el balón para bailar con él a los rivales, para recuperar la confianza, para levantarse después de cada tropiezo. El resto es atrezzo, fuegos artificiales y partidas en la Play. Dembelé lo ha entendido a tiempo y ya se postula como la carta diferencial y a la par más arriesgada del ecosistema plano creado por Valverde. No hay emoción sin riesgo debe pensar Messi mientras ve como en el vértice derecho le crece un correcaminos por pulir, un tipo tan próximo a la genialidad como a que se le salga la cadena en cada bicicleta. Esa es la manera en que Dembelé ha decidido ser influencer. Hay, por tanto, esperanza para Isco y Asensio. Solo tienen que recalcular la ruta.

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