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Bale fue el héroe

Es un imán. O es un deseo. O una deriva invisible. Es la convicción propia y las dudas ajenas. También es la suerte y, por supuesto, el talento. El Real Madrid ha vuelto a ganar la Copa de Europa y con el título nos ha regalado el póster: Bale vuela y marca, de espaldas a la portería y al sentido común, el golpeo insólito, la redefinición de la chilena. El gol del futbolista que fue suplente. El gol del jugador que tenía las maletas hechas. El gol de la estrella que no había cumplido las expectativas hasta que las cumplió de pronto. El gol más hermoso en la historia de las finales, con permiso de Zidane, ya discutiremos sobre el asunto. No hay duda, los mejores guionistas del destino trabajan en la industria del fútbol.

El Real Madrid ha vuelto a ganar la Copa de Europa, y lo escribiremos trece veces para fijarlo en la memoria. Explicar cómo lo hizo no es una cuestión sencilla, porque la final viró de lo ridículo a lo sublime, del drama a la comedia y del pavor a la felicidad. Sucedieron tantas cosas que cuesta ordenarlas, o priorizarlas, o señalar la definitiva, la que condicionó todo lo demás. Cuando el Liverpool era el dueño de la final, se lesionó Salah, apenas cumplida la media hora, víctima de un forcejeo con Sergio Ramos que le dejó maltrecho un hombro, o la clavícula, ahora importa poco. Se retiró entre lágrimas y dio cierta pena, aunque tampoco demasiada, la precisa. Está feo querer el mal del prójimo, pero es más absurdo aún querer el mal propio y el egipcio tenía perversas intenciones. Quién sabe lo que hubiera ocurrido con él sobre el campo; el único que podría saberlo decidió que no continuara. Y entiendo la desesperación de los antiimperialistas, su impotencia ante la suerte del Real Madrid, su perplejidad por las mil maneras que tiene de ser rescatado. Lo comprendo, pero eso también se trabaja, del modo que sea, soñando, rezando o queriendo.

Sin Salah, el Liverpool sufrió el primer desmorone. Perdió a su estrella y se sintió perdido. Por vez primera entregó la iniciativa al Madrid, que respiró profundo al contacto con la pelota. Carvajal fue el siguiente en caer y en retirarse llorando. Un taconazo lo dejó fuera de combate, la misma lesión, en apariencia, que tumbó a Dembelé al principio de la temporada. De repente, hemos descubierto que los taconazos son peores que el aceite de palma.

La final se fue sin goles al descanso, plena de emoción. El Liverpool no parecía tan pequeño como imaginaron los optimistas, ni el Madrid tan grande. Aun sin Salah, el juego estaba más cerca de lo que pretendía Klopp. Hasta que sucedió lo imprevisto, lo que nadie observó en directo porque aprovechó para pestañear, o para atacar el bocadillo o los cacahuetes, o para agrandarse el cuello de la camisa. La jugada ya no iba a ningún sitio, pase en profundidad a Benzema al que llegó con ventaja al portero. Por alguna extraña razón, el francés presionó por segunda vez en su vida y obtuvo el mismo premio que en la primera: gol. Ocurrió contra el Bayern, recordarán, y volvió a pasar contra el Liverpool. Karius, rogamos una oración por su alma, tropezó en su saque con la pierna de Benzema y el balón se coló en la portería.

Otra vez el fútbol en estado puro. Lo imprevisto y la resurrección del difunto. Después de una temporada llena de críticas ganadas a pulso, Benzema hizo su mejor partido de la temporada en la final. Y no hablo del gol, sino de la tranquilidad que aportó, del criterio y de la paz que transmitió en mitad del infierno.

Mané empató a los cuatro minutos para quitarnos el habla y la razón y situar el partido en una dimensión distinta. Ya no había nada claro. Al empate siguió, además, una presión desbocada de los ingleses, algo así como un plan B.

A la hora de juego entró Bale por Isco. No faltó quien criticó el cambio, porque Isco acababa de tener una buena ocasión. Pero Zidane no se equivoca nunca, convendría que en esto nos pusiéramos todos de acuerdo. Después de tres Champions seguidas dejar de dudar sería lo más inteligente.

Al poco llegó el gol con mayúsculas. Marcelo centró con la derecha y Bale saltó como se salta cuando se salta mucho, cuando la fuerza de gravedad es una anécdota, cuando el cuerpo lo permite todo y cuando se piensa que cualquier cosa es posible. Y lo fue. Remató como un karateca sin mirar la portería y la pelota entró por la escuadra. Fue una maravilla, comparable a la de Zidane en Glasgow. La mejor chilena de la temporada, quizá de todas las temporadas, por delante de la que consiguió Cristiano en Turín, y no crean que no Ronaldo no reparó en el dato.

El gol que terminó de matar al Liverpool es el que enterró a su portero. Bale chutó desde las afueras de la ciudad y Karius se comió la pelota, se le doblaron las manos, o ya las puso dobladas, pobre muchacho. Era el doblete del galés y el tanto que le convertía en protagonista absoluto de la final, por delante, de nuevo, de Cristiano, otro dato en el que reparó al instante. 

Tanto reparó Cristiano en su desgracia que al terminar el partido, no tuvo más ocurrencia que especular con su salida del club, de algún modo debía reclamar la atención de los focos. El ego mancha tanto como la tinta y ese es el único borrón de una final excelente, porque fue varias finales distintas que sólo coincidió con otras en la conclusión, ganó el Madrid, el que casi siempre gana porque lo quiere más. Y que nadie lo dude: el Real Madrid seguirá ganando sin Cristiano Ronaldo, tal vez con menos pegada, pero más limpio de gestos y postureos, con menos goles pero con más amigos.

 

 

Juanma Trueba
Juanma Trueba
Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS hasta que le tiraron del tren. Luego se lanzó a una aventura a la que puso por nombre A la Contra. Y en ella sigue.
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9 COMENTARIOS

  1. El ego mancha tanto como la tinta. Cuanta razón una vez más Juanma. Que a nadie se le olvide que el galés hizo unas declaraciones de esas que también manchan como la tinta, lo que pasa es que su gol fue como un quitamanchas de tinta. Morata se fue sin hacer ruido igual deberían fijarse algo más estos dos

  2. El último párrafo es como un resumen de la vida: los que quieren, los que hacen, los que ensucian…
    Su prosa sigue tan poética como siempre fue.

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