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El récord cósmico de Beamon: lo que pudo no ser y fue

A los 22 años, y durante 22 años, 10 meses y 22 días, optó por convertirse en el mejor saltador de todos los tiempos. El 18 de octubre de 1968, a las 15:40 horas, un atleta estadounidense de raza negra dio 19 zancadas sobre la pista del Estadio Olímpico de México para despegar, volar y posteriormente aterrizar sobre la arena a 8,90 metros de distancia. Aquella tarde de hace cincuenta años, con el dorsal 254, Robert Beamon batió el récord mundial de salto de longitud en la final de los Juegos Olímpicos de 1968. Su salto fue 55 centímetros más largo que la anterior marca (8.35) y después de todos estos años, solo ha sido superado en una ocasión, en el Mundial de Tokio de 1991, por su compatriota Mike Powell en cinco centímetros. Beamon con ese resultado habría ganado todos los Juegos posteriores, porque en medio siglo ningún saltador ha conseguido mejorar su récord en unas Olimpiadas.

Bob sabía que era bueno, muy bueno. Su condición de atleta prodigio empezó a gestarse en las calles del conflictivo distrito neoyorquino de Queens, donde nació el 29 de agosto de 1946. Tuvo una infancia problemática: su madre murió de tuberculosis cuando era pequeño y su padre era un maltratador. Descubrió su potencial en un reformatorio y con solo 15 años ya saltó 7,34 metros, dos centímetros más que la longitud de una portería de fútbol homologada. Con 22, ya poseía la mejor marca del año y la segunda mejor de la historia: 8,33. Además, en 1968, se impuso en 22 de las 23 competiciones en las que participó.

Por tanto, no llegó a la cita siendo un desconocido, todo lo contrario, era uno de los favoritos a colgarse la presea de oro, pero, evidentemente, su estratosférico registro sorprendió a conocidos y extraños. Igor Ter-Ovanesyan y su paisano Ralph Boston (oro en 1960) eran poseedores del récord del mundo hasta el momento (8,35). Ambos batallaron durante la década de los 60 alternándose el mejor registro en dicha disciplina, pero en ocho años solo fueron capaces de aumentar la marca de Jesse Owens en Berlín en 19 centímetros. Aquella tarde, Beamon arrolló claramente a los tres medallistas de los Juegos de Tokio de 1964. Ninguno pudo saltar más lejos. Entre ellos, Lynn Davies, el anterior campeón olímpico, que al término de la competición dijo que había «destruido» la prueba.

Para algunos expertos, su hazaña se debió, aparte de por su gran estado físico y mental, a la velocidad del viento que sopló a su favor —dos metros, el límite permitido para homologar la plusmarca— y la menor resistencia del aire a esa altura (2.248 metros sobre el mar). Pero la historia que contamos hoy pudo no haber sucedido por dos circunstancias: Beamon estuvo a punto de no clasificarse para la final, tras los dos primeros saltos nulos en la fase previa (el tercero sí fue legal, de 8,19), y antes, vio peligrar su participación en México. La parte final de su entrenamiento la realizó con su rival, compañero y amigo Ralph Boston porque a cuatro meses de los Juegos, fue expulsado de la Universidad de Texas por negarse a competir contra la Universidad Brigham Young de Utah, de religión mormona, que no admitía a personas de color en su equipo.

Esos no fueron los únicos sustos. Las horas previas que pasó Beamon a la final fueron poco ortodoxas para un deportista de élite convencional, pero claro, su historia es todo menos corriente. Salió de fiesta, consumió alcohol y tuvo relaciones sexuales la noche anterior. Beamon, en el momento del orgasmo, sintió que todas sus posibilidades de ganar se habían quedado en la cama. Eso cuenta David Wallechinsky en su libro The Complete Book of The Olympics. Lo que ocurrió el día siguiente es historia del deporte, aunque el resultado final se hizo esperar.

El sistema de cálculo no estaba capacitado para medir un salto de ese calibre, el primero de Beamon. El juez no pudo recogerlo, a pesar de la tecnología, así que suspendió la competición para hacerlo manualmente con una cinta métrica. La medición fue eterna, llevó un total de 20 minutos, y ante la incredulidad, el salto se comprobó varias veces. Beamon no reaccionó cuando en el marcador vio 8,90 porque no comprendía el sistema métrico, fue Boston quien le tradujo: 29 pies y 2,3 pulgadas. Se volvió completamente loco, abrazó a sus compañeros. Desbordó emoción hasta que sus piernas fallaron y cayó al suelo, de rodillas. Estaba tan fuera de sí que hasta lloró y sintió náuseas. A partir de ese momento, el término Beamonesque se acuñó a cualquier resultado atlético anormal.

Después de aquello, la final se reanudó, pero empezó a llover. Beamon solo intentó un salto más (8,04) y se proclamó campeón con 71 centímetros de ventaja. El soviético Ter-Ovanesyan, que finalmente fue cuarto (8,12), declaró con admiración: “Comparados con él, somos como niños”. Se subió al podio acompañado por el alemán Klaus Beer (8,19), segundo, y Boston, tercero (8,16). Allí, en lo más alto del cajón, se remangó el pantalón del chándal para enseñar unas medias negras y mostrar públicamente su apoyo al movimiento Black Power.

Beamon enseñó unas medias negras en el podio de México 1968 para mostrar su apoyo al movimiento Black Power.

Jamás volvió a realizar un salto como ese, ni parecido. Nunca pasó del 8,22. La fama menguó sus ganas de competir; pensó en cambiarse a la modalidad de triple salto, pero renunció al atletismo para dedicarse a los estudios y graduarse en Sociología en 1972. No participó en los Juegos Olímpicos de Múnich de ese año, pero uno después retomó el atletismo, eso sí, sin éxito, con resultados muy discretos, lo que provocó su retirada definitiva con apenas 27 años. También practicó el baloncesto y, como homenaje, fue elegido en la decimoquinta ronda del draft por los Phoenix Suns en 1969, un año después de su récord, aunque nunca jugó en la NBA (Carl Lewis también fue drafteado tras los JJOO de Los Ángeles 1984, en los cuales Beamon fue miembro del comité organizador).

Beamon ha desarrollado su vena activista desde entonces. Ha trabajado en una fundación con jóvenes deportistas, aunque nunca ha llegado a entrenar a atletas de élite. Colaboró en California con el entonces gobernador y actor Arnold Schwarzenegger dando charlas motivacionales para promocionar el deporte; además, también ha dirigido campañas a favor de niños necesitados para orientar sus vidas hacia los estudios. Desde 2011 y hasta 2013, fue director de Art of the Olympians, una organización que promueve los ideales olímpicos a través de exhibiciones y programas educativos; pero también ha tenido tiempo para dar a conocer otras inquietudes. Ha diseñado corbatas con motivos deportivos, idea que tomó de Jerry García (vocalista y guitarrista de Grateful Dead), y, asimismo, se dice que ha llegado a tocar los bongos en alguna discoteca con bastante maestría. Aunque sin duda, siempre será recordado por los 8,90 metros de México 1968, que, cincuenta años más tarde, se mantienen como el segundo mejor registro de siempre y récord olímpico. Ahora, a la edad de 72 años vive felizmente jubilado con Milana Walker, su mujer, con quien tiene dos hijas: Tameka y Deanna.

La prensa de entonces tituló la hazaña de Beamon como “una marca del siglo XXI” y a pesar de que se equivocó en sus predicciones, pues no llegó vigente al segundo milenio, seguramente sea la gesta más recordada y más comentada en la historia del atletismo: un récord cósmico para un saltador cósmico.

Marcos Martín Reboredo
Marcos Martín Reboredo
Periodista vigués. No trabaja en el Daily Planet, ha estado en el decano de la prensa nacional y ahora va A la Contra, buscando siempre la mejor opción. Colabora con Radio Marca. Su debilidad no es la kryptonita, sino la Cultura y el Deporte, pero en el buen sentido. No vive en Smallville. Su nombre no es Clark Kent, tampoco es Superman, solo es periodista.
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