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Billy Wilder y la vida relativa

Hay un punto en el libro Conversaciones con Billy Wilder, de Cameron Crowe, en el que sale a relucir el nombre de Humphrey Bogart, un personaje que en la historia de Wilder da fe de lo relatva que es la vida y las amistades. Director y actor trabajaron juntos en Sabrina (1954), junto a Audrey Hepburn y William Holden. Bogart pertenecía a la Warner Bros, mientras que Wilder, Hepburn y Holden eran de Paramount.

Este dato no es baladí, en aquellos tiempos, las grandes productoras de Hollywood controlaban al milímetro a sus estrellas, que pertenecían, literalmente, a estas empresas. Los contratos no solo estipulaban un salario fijo por un número concreto de películas, sino que llegaban a entrometerse en la vida privada de los actores, imponiéndoles hasta una forma determinada de vestimenta y peinado. El rodaje de Sabrina no fue precisamente una fiesta para Bogie, que resultó aislado del grupo Wilder-Holden-Hepburn. Estos tres amigos se juntaban en el camerino para tomar unas copas después de los rodajes mientras Humphrey Bogart, marginado de la situación, se iba a casa junto a su mujer Lauren Bacall. El cabreo de Bogart se fue agrandando, hasta que tuvo un encontronazo a su estilo con el director.

Tal como relata el genio austriaco en el libro, Bogart se dirigió a él con una pregunta tras enseñarle una escena escrita en el guion:

—¿Qué edad tiene su hija?

—Tiene siete años más o menos.

—¿Lo ha escrito ella?

Wilder no se llevó un buen recuerdo de Bogart. Asegura que le dio muchos problemas durante el rodaje, y eso que tenía fama de poco problemático. En definitiva, la imagen que se llevó de él fue muy mala. Como ese compañero del trabajo o de clase que de primeras no puedes ni ver. Al final el rodaje se celebró una pequeña fiesta a la que Bogart no acudió. Tenía cáncer de esófago. Bacall llamó a Wilder contándole la situación y señalándole que su marido quería verle. 

El director se presentó puntual y contempló a un Bogart en sus últimas horas. El actor se disculpó por su comportamiento en el rodaje. Wilder salió de aquella cita con una versión radicalmente opuesta del intérprete. «El último recuerdo que tengo de Bogart es el de un tipo magnífico, porque así es como le vi la última vez que estuve con él. Era muy bueno, mejor de lo que él mismo pensaba. Le gustaba interpretar al héroe y, al final, consiguió serlo”.

Todos alguna vez hemos pasado del desprecio al cariño con alguien de nuestro entorno profesional o personal. Las buenas impresiones del principio pueden tornarse en malas y viceversa. Incluso tus mejores amigos pueden empezar a producirte urticaria con el paso del tiempo. Forma parte de esta vida relativa de la que ninguno se escapa y la historia de Wilder es buen ejemplo de ello. 

Otro fragmento en el que se percibe esa relatividad es el referente a la juventud del director. Antes de convertirse en un dios del séptimo arte fue un refugiado más, que pasó días a bordo de un barco en el Atlántico para huir del nazismo. Su padre murió siendo él todavía joven y su madre y toda su familia fueron asesinados en el campo de concentración de Auschtwitz. «Yo soy yo y mi circunstancia», diría José Ortega y Gasset. Sin embargo, a Wilder parece no afectarle su circunstancia.

En la entrevista con Crowe no se muestra en absoluto afligido por sus circunstancias vitales, ni quejumbroso, alicaído o autocompasivo. En definitiva, todo lo contrario de lo que cabría esperar para una situación tan insólita. De hecho, al contrario que muchos de sus contemporáneos, Wilder no fue un gran bebedor, no ahogó sus penas en alcohol, cosa que, por ejemplo, el propio Bogart sí hizo, aunque descendía de familia pudiente y no le faltó de nada. Claro que ya es más que conocido que este último factor no es seguro de nada. Pero una vez más la vida se muestra difícil de etiquetar. Los sentimientos no se ciñen a reglas matemáticas y quizá Wilder, parco en palabras sobre su vida sentimental, refleje casi de forma inconsciente sus frustraciones en esa joya que es El Apartamento, donde nunca una risa fue tan amarga.

Otra persona del entorno de Wilder que da buena fe de la vida relativa es Marilyn Monroe, la reina del drama, y la sonrisa más impecable que ha surcado nunca una pantalla. Wilder sabía que trabajar con ella era sinónimo de problemas, pero aun así, repitió. ¿Por qué? «Porque tenía algo especial».

Wilder odiaba que olvidase los diálogos y su falta de puntualidad constante (se llegaba a retrasar más de cinco horas), pero no podía evitar quererla al mismo tiempo, como un espectador más. En una ocasión, el marido de Monroe, el escritor y guionista Arthur Miller, le pidió que la dejase trabajar solo por las mañanas, ya que el médico le había recomendado reposo por agotamiento. «¿Por las mañanas? ¡Pero si nunca llega antes de las 11! Que venga a las 9 y a las 11 y media te la devuelvo», respondió.

Wilder puso la otra mejilla con Monroe y no se arrepintió del resultado. En la entrevista con Crowe demuestra que en sus últimos años de vida le guardaba un especial cariño. Monroe, Bogart o su reacción a la muerte de sus familiares son alguna de esas situaciones en la vida que escapan del blanco y negro y que penetran de lleno en la ambigüedad de la existencia, un lugar que quizá solo el arte puede llegar a acariciar.

Por otro lado, no todo es siempre relativo, ni en la vida de Wilder, ni en la de nadie. Él tenía claro que con Jack Lemmon se iría al fin del mundo y que le hubiera gustado dar un puñetazo a ese «nazi» (como le llamaba) de Raymond Chandler, de quien también dijo que escribía buenos diálogos pero que se perdía en las tramas. Lo mismo pasa con El Apartamento o Con faldas y a lo loco, la relatividad no existe con ellas, no conozco a nadie a quien no hayan arrancado una sonrisa.

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