En diciembre de 1903, la revista ilustrada Gran Vida publicó un artículo que, con el título de El arte de defender la meta, describía las virtudes que debía tener un portero de fútbol para cumplir con su cometido. La conclusión es que el goalkeeper había de estar instruido en boxeo y esgrima, deportes que le proporcionaban recursos defensivos y ofensivos ante los frecuentes tumultos que se formaban en la portería. Y es que en la época había una tipología de gol que consistía en cargar contra el portero con la intención de meterlo dentro de la portería con la pelota. No olvidemos el parentesco, entonces muy estrecho, con el rugby. Aquellos porteros de los que hablo, gorra incluida, consideraban una grosería tirarse al suelo, por lo que los balones rasos ajustados al palo sólo eran seguidos con la mirada; pasarían años antes de que un guardameta estuviera dispuesto a desollarse las rodillas en su busca.
El oficio ha cambiado, qué les voy a contar, pero en los últimos 25 años se ha perfeccionado tanto que nos encontramos, desde hace algún tiempo y tras una larga sequía, en un siglo de excelentes porteros, el mejor de todos Courtois y el mejor de los no reconocidos, hoy por hoy, Iñaki Peña. El nivel que mostró este último en el Barcelona fue altísimo, pero no bastó para vencer los prejuicios habituales, resumidos en una frase: vemos mejor de lejos que de cerca.
Que Courtois y Peña fueran los protagonistas del partido durante largos minutos explicaba mucho de ellos mismos y del encuentro. También de sus respectivos equipos. El Madrid no termina de carburar, aunque vaya primero y pueda ganar la Liga sin carburador. Su manera de exponerse indica candidez o falta de tensión, cuestiones igual de preocupantes y que son alimento para rivales medianos como el Elche. Y que nadie confunda mediano con medianía. Este Elche ha ingresado por méritos propios en la clase media del campeonato y planta cara a los grandes con el desparpajo del que no se siente muy lejos de ellos en lo que a fútbol se refiere. Quedó comprobado una vez más. Salvo los destellos de Mbappé, fuera de concurso, nadie en el Madrid lograba destacar sobres sus pares y el partido, extinguido en el reino de los porteros, parecía abocado a un empate.
Hasta que surgió un ex. Había varios sobre el campo y eran un factor a tener en cuenta, aunque cueste añadir este capítulo a la ciencia del fútbol. El deportista que se siente rechazado —como el humano en general y el amante en particular— alberga del deseo de demostrar a quien le rechazó su inmenso error y esa motivación extraordinaria multiplica su rendimiento. En el caso de Aleix Febas la multiplicación viene de serie. El chico llegó como estrella a la cantera del Madrid y después de años de formación (y no pocas exhibiciones) tuvo que marcharse para triunfar en el otro fútbol, el que quiero pensar que todavía huele a linimento Sloan, aunque quizá huela ya a la colonia de Bustamante. Con Eder Sarabia en el banquillo, Febas podrá ajustar muchas cuentas, porque la vocación del grupo es jugar bien y bastantes jugadores saben hacerlo. Su gol fue un pellizco de genialidad que hubiera puesto las cosas muy difíciles al Madrid —el Elche sabe tocar y tocar— si no fuera porque cada balón colgado al área de Iñaki Peña era un verdadero drama para los locales. Así llegó el empate, marcado por Huijsen mientras era abrazado por un defensa.
Los porteros no estaban solos. Del índice de locura que se les presupone participaba también Álvaro, otro ex, un delantero que lo tiene todo (hasta la nacionalidad uruguaya), pero que no lo pone en orden. Su galopada contra la defensa carecía de toda lógica y pareció un arrebato de egocentrismo, ganas de salir en la tele, hasta que un recorte desplazó a Asencio y por la mínima grieta que se abrió chutó con más intención que rabia, con la insultante clarividencia que tienen los elegidos, aquellos que ven la portería como si fuera el arcoíris.
Ahí hubiera quedado la historia si el Elche no fuera un flan en los balones por alto, tembleque que aprovechó el Madrid para empatar con gol de Bellingham. En la jugada, Vinicius golpeó a Iñaki Peña (acción fortuita, según declaración del portero), que salió del lance con la nariz ensangrentada y convencido de la utilidad de practicar boxeo las tardes que no se dedique a aprender esgrima.
El reparto de puntos es mentira. El Madrid se lleva menos que uno y el Elche varios decimales más. Quien aspira a ser campeón (de todo, además) no puede dar tanta vida a los rivales, ni reaccionar tan tarde, ni manejarse con semejante actitud funcionarial. Quien como el Elche aspira a seguir construyendo ya cuenta con un pilar nuevo. No tener miedo sujeta unos cuantos pisos.




