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Trofeo Carranza: una Copa a la salud del fútbol femenino

El 1 de septiembre de 1974, cuanto el Santos estaba a punto de caer derrotado por 4-0 frente al Barcelona, el árbitro señaló un penalti a favor de los brasileños. Pelé lo transformó consiguiendo así el tanto del honor para su equipo. Al día siguiente el diario Marca dedicó la mitad de su portada a una foto en la que el propio Pelé y Johan Cruyff posaban sonrientes tras el partido, única ocasión en la que ambos astros se enfrentaron en un terreno de juego.

Aquel fue el encuentro de consolación del XX Trofeo Carranza y de ese calibre era la repercusión que alcanzaba el evento (la victoria de aquella edición, por cierto, correspondió al inolvidable Palmeiras de Pereira y Leivinha, que batió en la final al Español). Episodios como el narrado (u otros similares en los que los protagonistas pueden cambiar sus nombres por los de Di Stéfano, Gento o Zico) son los argumentos empleados por los paladines de la ortodoxia para escandalizarse ante la decisión de que el Carranza de 2019 sea disputado por equipos femeninos.

Y es que la labor de los pioneros –en cualquier ámbito— nunca fue sencilla. A las dificultades habituales (la incertidumbre, la malaria, el impuesto de sociedades) hay que añadir la resistencia numantina de los defensores de la tradición (y al escribir esto me los imagino como hombres ceñudos vestidos de negro: un híbrido entre Don Cicuta y Will Smith).

Cualquiera puede invocar la historia blandiendo los nombres de Eusebio o Beckenbauer, pero conviene no olvidar que en lo que llevamos de siglo el torneo venía despeñándose por la pendiente del desinterés y la mediocridad: equipos de Segunda División, combinados ignotos, representantes mediocres de ligas remotas. El cemento de las gradas y la indiferencia general certificaban que el otrora trofeo de los trofeos era ya un aristócrata arruinado aferrado a recuerdos color sepia, un zombi que deambulaba bajo el sol de agosto esperando que alguien se apiadara de él y pusiera fin a su vida.

Y resulta que, en el contexto actual, tan inhóspito para los cuadrangulares patrios (giras asiáticas, adelanto de las ligas, sobredosis de fútbol televisado), el Cádiz decide dar un golpe de efecto y contratar a cuatro equipos femeninos (se espera que de primerísimo nivel) para relanzar la competición. Creo que quien busque en esta decisión un intento de luchar por la igualdad de sexos en el deporte errará en el diagnóstico. Los promotores deben pelear por la rentabilidad del evento, y la creciente popularidad del fútbol practicado por mujeres (véase el auge de las competiciones domésticas o las buenas audiencias del Mundial de Francia) es una ola en la que apetece surfear para sacar todo el rédito posible. Márketing al poder o cómo hacer de la necesidad virtud.

En Cádiz la polémica está siendo tan agria como reveladora. La mayoría de los argumentos contrarios presentan un inequívoco aroma setentero a coñac Soberano y Celtas sin filtro. Es legítima la discrepancia, pero a veces, ante la duda, conviene saber de qué lado no hay que estar: del que disfraza un debate ideológico con razones pseudodeportivas para que no se le vean las costuras (y aun así, se le ven).

Por mi parte, bienvenida sea la novedad. Tal vez esta decisión sea el masaje cardíaco que necesitaba el enfermo terminal o tal vez no, pronto lo sabremos. De momento, esperemos un poco y alabemos el valor de los pioneros. Al fin y al cabo, para que una novedad rompedora se convierta en venerable tradición solo hace falta tiempo.

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