Querido P.:
Los parones de selecciones a estas alturas de la temporada, por mucho que funcionen como una suerte de redoble de tambor o de tensa calma antes de la tormenta, seguramente debieran estar prohibidos por algún comité de salud pública. No solo por el efecto que produce en los jugadores el romper el ritmo competitivo habitual para mandarlos a seis mil kilómetros a disputar una pachanga, sino por las repercusiones en la salud onicológica de los aficionados. Aquí, las religiones mayoritarias —tanto el catolicismo como el hedonismo— se hallan bastante alejadas de las doctrinas más o menos taoístas que defienden los beneficios de retrasar el clímax. No obstante, es cierto que estos parones permiten prestar atención a aspectos menos nucleares que en el día a día pasan más desapercibidos. El que no se consuela es porque no quiere, supongo.
La semana empezó con la novedad del acuerdo firmado entre el Real Madrid y Legends para la explotación de los eventos que se organicen en el nuevo Bernabéu. Asumo mi incapacidad para analizar con el necesario rigor el pacto en términos económicos, pero mi interés reside en otros aspectos. Cuando se hizo pública la noticia, me paseé por el abrevadero de las redes sociales para observar las reacciones a la misma en otros países. Confieso que me sorprendió comprobar cierta histeria en algunos sectores de la opinión pública, concretamente entre hinchas de clubes como el Manchester City, el Chelsea o el PSG. Un ejemplo ilustrativo de la reacción de un atribulado seguidor blue: “Por favor, necesitamos ganar una vez más antes de que estos tíos tomen el control de nuevo”. El elogio implícito al Madrid es tremendo: el propio aficionado del Chelsea se reconoce en el papel de usurpador del trono europeo y es dolorosamente consciente de lo efímero de su estatus, por lo que aboga desesperadamente por aprovechar todo lo que se pueda ahora, convencido de que el legítimo dueño no ha de tardar mucho en reclamar lo que le pertenece. Incluso el más humilde de los madridistas difícilmente podrá evitar que un poso de vanidad infle su pecho.
Ese respeto, e incluso temor, al Madrid, constituyó durante años una auténtica anomalía dentro de la categoría de lo español. No hace falta estar impregnado por el pesimismo noventaiochista para vislumbrar que España fue durante lustros, y no solo en el ámbito deportivo, ese erial que Gregorio Morán describía en su ácido libro El cura y los mandarines. Cómo no iban a llamar al Madrid en tu época “el mejor embajador de España”, si prácticamente no había otra cosa de la que presumir, y coloco el adverbio en un ejercicio de piedad. Es verdad que el desarrollismo y la inversión posterior, a partir de aquel punto culminante de Barcelona 92, consiguió que, al menos en los deportes, empezasen a brotar campeones como setas. Pero se trataba de casos sueltos extraordinarios; dependerá de sus herederos demostrar la continuidad suficiente para que la recolección de éxitos persista y no se acabe tras una generación esporádica extraordinaria. El tiempo dirá si hay un Nadal después de Nadal. Aunque lo que resulta indudable es que, a día de hoy, solo el Madrid ha evidenciado una firme condición perenne.
Estas breves reflexiones entroncan con el otro acontecimiento llamativo de la semana. Hablo, por supuesto, de la elección del representante patrio para Eurovisión. No hace falta explicar por qué el festival supone otro perfecto ejemplo de la impotencia española. No solo por las décadas sin ganarlo o siquiera disputarlo, sino por la rocambolesca lista de nombres con los que se ha probado suerte, la mayoría de los cuales la clemencia me ha hecho olvidar. Este año parecía que se iba a intentar algo distinto, abriendo el abanico a opciones menos mainstream como la reivindicación folclórica de Tanxugueiras —predilectas para el voto popular— o la contundente y pegadiza Ay mama, de Rigoberta Bandini, que hubiese sido mi elección, admitiendo mi carácter neófito y poco apegado a estas historias. Sin embargo, la conclusión del certamen seleccionador ha sido enviar lo mismo de casi siempre, esta vez todo aderezado por la polémica debido al peso de la votación del jurado y a los condicionantes simbólicos que muchos habían atribuido a las diferentes canciones. Ignoro las posibilidades concretas que la elegida tiene de lograr un buen papel o de perpetrar un nuevo esperpento nacional. En cualquier caso, parece innegable que, en el hipotético caso de que Chanel o Rigoberta hubieran obtenido en mayo una inesperada victoria, ambas serían equiparables a un Chelsea fugaz, un triunfo con fecha de caducidad. Una rara avis, una raya en el agua en la que siempre naufraga la barca española. De ahí que quizá sea conveniente plantear la opción de sacar por fin la artillería pesada y enviar el próximo año al Real Madrid, y así aprovechar algo el reverencial respeto que siempre le van a prestar en Europa. Puede sonar a boutade, mas cualquier cosa sería mejor que, ay mama, un nuevo parón de selecciones.
Saludos afectuosos.
P.




