El Madrid saltó a la cancha de Villeurbanne con el aparente ánimo de resolver el encuentro cuanto antes y así poder repartir los esfuerzos en una dura semana de dos compromisos. La dirección quedó al inicio a cargo de Abalde en perjuicio de Heurtel, en una decisión quizá controvertida aunque bastante efectiva. El gallego no es un base, ciertamente, y disputar minutos en una posición ajena no beneficia especialmente a su tendencia a la timidez, pero el equipo blanco no acusó la falta de fluidez gracias a un arranque excepcional. Con la intendencia de Hanga, con la firmeza de Yabusele y con las canastas de Causeur —que traslada al baloncesto la superioridad estética que los zurdos llevan décadas demostrando en el fútbol—, el Madrid alcanzó los veinte puntos antes de cumplirse los cinco minutos de juego. Todo bajo la amenazante sombra de Tavares, más alargada aún que la del ciprés de Delibes. Existe al respecto un detalle muy revelador: el Asvel, como antes muchos otros, presentaba más acierto desde el triple que en la pintura. Saque el lector sus propias conclusiones.
Los franceses se aferraron al tiro exterior para no despeñarse, encomendándose a la pelea de Fall y a la inspiración de Élie Okobo para reducir los daños bajo los aros. Por su parte los merengues seguían dominando el juego, si bien con la entrada de su segunda unidad la distancia en el marcador se redujo. El Madrid mostraba un aura de superioridad tremenda, confiado en que, en el instante en que se decidiese a pisar a fondo el acelerador, la ruptura sería definitiva. Durante el segundo cuarto se coqueteó incluso con cierta desidia defensiva, que sin embargo desapareció tras la vuelta desde el vestuario. Tavares continuó intimidando hasta a la mascota del pabellón y, pese a que los focos apuntaban a Yabusele en su retorno a casa, fue Causeur el que se reivindicó como estrella a golpe de dañinos triples, alguno de ellos incluso a tablero. De los cuatro bleus de la plantilla blanca, Fabien es quien tiene el perfil más bajo, a menudo de manera inexplicable. Sea como fuere, nunca ha precisado de excesivos elogios para constituir un puntal, cada vez menos silencioso, del equipo.
Entrados en el último cuarto con una ventaja considerable, de hasta dieciocho puntos con el 60-78, los madridistas encadenaron una serie de pérdidas, tiros libres escupidos y errores no forzados que proporcionaron un hálito de vida a los de Parker. Se trató de un espejismo que solo restó un poco de placidez: un par de triples de Rudy dinamitaron las esperanzas galas y finiquitaron el encuentro. El 74-87 final hizo justicia a la solvencia con la que los de Laso se manejaron en todo momento. Los chicos abandonaron la pista sin apenas alardes de euforia, con la responsabilidad del que sabe que para la satisfacción completa aún queda la mitad del trabajo. Con esa actitud, lo normal es que consigan el objetivo sin demasiados problemas.




