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Casi ocho y medio

Como en los cuartos de la Champions, mi hermano y yo decidimos dividir el cumpleaños de mi madre en dos partidos, uno de ida y otro de vuelta. El primero lo celebro hoy con ella y el segundo mi hermano mañana. Es la primera vez que nos organizamos así por cumplir con el protocolo sanitario y creo que los dos, al colgar después de hablarlo, nos sentimos como el que ve vacía su casa cuando la mudanza se ha llevado la última caja.

Reservo una mesa en la terraza de un restaurante porque parece que el virus es más de interiores, de barra y ambiente cargado, que por algo pasó su infancia en un mercado chino. La idea es cederle ese terreno, como el equipo que se echa atrás, para que la pelota de Wuhan se mueva lejos de nuestro lado del campo, donde tememos que hará frío, las mesas estarán separadas y la distancia con la cocina será tan grande que ya damos por hecho que todos los platos llegarán con una fina capa de escarcha encima. Responsables pero destemplados, que diría mi madre.

Pero esa anticipada sensación de vulnerabilidad desaparece tan pronto llegamos al restaurante y descubrimos que no somos los únicos en celebrar algo. Ese cierto que, sobre el papel, el escenario daba para una película de Bergman, pero de repente nos vemos inmersos en una de Fellini en la que en una mesa se celebra un bautizo, en otra una comunión y en una, cercana a la nuestra, el cumpleaños de un hombre sobre el que cuelgan dos grandes globos plateados con las figuras de un ocho y de un cero. Que por muy poco no llegamos al ocho y medio con Mastroianni paseando y buscando un poco de inspiración.  

Esto ya es otra cosa. La verdadera resistencia, John Connor.

Reducidos y encajonados, todas estas celebraciones han ido saltando por las celdas del calendario como el caballo que recula para que no se lo coman. Cuando por fin se dan las circunstancias apropiadas, se aprovecha la oportunidad sin miramientos, como el que, tras horas de dar vueltas, decide dejar el coche en una plaza estrecha que le va a exigir más concentración que el acople de un módulo a la Estación Espacial.

El resultado es que en todas las mesas se percibe un núcleo irradiador que seduce a los sectores aliados laterales. Lo que demuestra que también las frases huecas, como los relojes rotos, aciertan con su significado en un preciso momento. Hay risas, fotos de grupos, selfies, brindis, niñas de blanco corriendo. Todo ese optimismo se va derramando sobre los demás como el champán por la pirámide de copas que habrían colocado si hubiéramos logrado invocar a Mastroianni con los globos.

Da la impresión de que te puedes sumar a cualquiera de esas reuniones sin ningún problema. En el mundo de Fellini se levanta también esa columna de Millás en la que el protagonista puede acercarse ahora a la mesa que elija y ser recibido como si esa siempre hubiera sido su verdadera familia y la actual el resultado de alguna confusión de la que no es consciente.  

En estas circunstancias, hasta el frío de la terraza en la que ocupamos una mesa es acogedor.

Pedimos un vino tinto portugués para tener la impresión de que hemos cruzado la frontera. La mención a Portugal nos anima a detallar todos los viajes que no hemos podido hacer y los que ya no tiene sentido planificar. Enumeramos con cierta precisión morbosa lo que no se nos permitirá hacer para ver si, a fuerza de quitar lo que no será, logramos intuir lo que será y hacernos así una idea de un futuro ya por olvidar.  

Solo nos queda la opción de atrincheramos en el presente, que está reducido a esta mesa redonda desde la que nos defendemos muy bien con raciones, más raciones, primeros, más platos, brindis. No es el tiempo el que pasa despacio, somos nosotros los que pasamos despacio por él, ofreciendo toda la resistencia posible. Ahora con el Baileys que sigue al vino que sigue al vermú. Yo sé, y mi madre también, que mañana me dirá que no debería haber bebido tanto. Pero aquí no estamos para beber té de murciélago. Lo que suceda después no importa.

Cuando estamos a los postres, en la mesa del hombre de los ochenta años empiezan a cantar el cumpleaños feliz. Se unen los familiares que estaban en la mesa de al lado y se hacen rápidamente una foto de grupo de las de antes, sin mascarilla y todos juntos. Al instante se separan y los adultos se ponen las mascarillas. Tengo la impresión de que ese hombre está cansado. No se esfuerza en sonreír ni cuando la que parece su nieta le pide que agarre el ocho con una mano y el cero con otra.

Mi madre, por el contrario, está contenta junto a sus nietos, a los que no ve desde hace un mes. Todos lo estamos. Le hace un gesto a la camarera y deja su cartera encima de la mesa con una rotundidad que obligaría a Harry el Sucio a enfundarse el 44 Magnum y alejarse caminando hacia atrás. 

Es entonces cuando me doy cuenta de que no he pensado en la tarta porque no hay protocolo para estos casos de celebración dividida. ¿Se soplan las velas en la primera o en la segunda? ¿En las dos? ¿Un siete en una y un siete en otra? ¿Hay un criterio central? ¿Depende de cada comunidad?

Tampoco importa. En una mesa del interior se canta otro cumpleaños feliz. Que ahí se soplen las velas por mi madre. De alguna manera, todos nos estamos beneficiando de este ambiente común en el que no sería raro que acabáramos apareciendo en las fotografías de otras mesas con el rostro descubierto antes de ponernos las mascarillas de nuevo, recogernos, respetar la distancia de seguridad y programar el siguiente encuentro por zoom al que nunca se uniría Mastroianni.

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