Al terminar cada etapa, y sin la prisa psicótica de hoy en día, Chema Bermejo enviaba al periódico su crónica o las entrevistas en meta, o alguna reseña histórica. Era una tarea rutinaria a no ser que algún positivo incendiara la jornada. En aquella ocasión fue el propio Chema quien rompió la rutina de tantos días y tantas Vueltas. Esa tarde me dijo que no quería firmar sus artículos. Yo le pregunté el motivo y él divagó lo que dura el redoble de un tambor. A continuación, me confesó que el problema era que la carrera había llegado a Caravaca, Murcia. Sobra decir que no entendí nada y no hace falta explicar cuánto lo disfrutó Bermejo. Transcurrida la pausa dramática, que en este caso fue pausa cómica, Chema me manifestó por fin, y con cierta solemnidad, la razón de su rotunda negativa. No estaba dispuesto a que junto a su nombre y su foto apareciera la palabra “Caravaca”. Luego estalló a reír. Yo también.
Esto no es una necrológica porque ya han escrito otras en tiempo y forma. No pienso hacer recuento de las competiciones deportivas que cubrió Chema ni entraré en honduras emocionales porque otros le conocieron más y mejor. Lo que sí haré, antes de proseguir, es contar un chiste más de su prolífica colección. “¿Sabes cómo se dice meter mano en lituano? ¡Karnisovas…!”.
Hago una aclaración. Sería un error confundir a Chema con un bromista; era una persona de buen humor, es que es cosa bien diferente y de mayor grado. En los meses (¿o fueron años?) en que se consideró la risa como un agente subversivo, Bermejo fue un islote alegre.
En el ámbito laboral, Chema Bermejo fue un compañero en el más glorioso sentido de la expresión. Si entendemos la redacción como un tren en el que se pasan horas infinitas, Chema era un gran compañero de viaje. Y aquello no era una excepción, era una escuela. Había en aquel periódico que yo conocí un grupo de veteranos que eran la evocación honorable del viejo oficio: Vicente Carreño, Ángel Cruz, Pablo Mialdea, Macario Muñoz, Jorge Gámez, el propio Chema… Ninguno era ambicioso, ni corrosivo. Todos estaban dispuestos a enseñarte. Había una conciencia de clase que no era política (que también), sino gremial. Ninguno ejercía de jefe aunque algunos lo fueron. Doy por hecho que no eran santos (quién los necesita) pero tampoco hijos de puta. Si eran antiguos es porque el periodismo se estaba convirtiendo ya en una pieza de museo. Como el respeto. O la elegancia. Y no me refiero a la elegancia de los figurines de Ralph Lauren, sino a la de tipos que aceptaron con fair play la irrupción de jóvenes sabelotodo y de posteriores olas bárbaras.
Todo lo que sé lo aprendí de ellos y con ellos formo la imagen del periodista deportivo ideal, con la sensatez de Carreño, el ingenio de Tello, el buen ánimo de Bermejo, la dedicación de Mialdea o la serena pasión de Ángel Cruz. Cuando pienso que no se les ha hecho justicia me convenzo de que no hay mayor reconocimiento ni medalla más brillante que haber dejado huella en la generación posterior e incluso, por derivación, en la siguiente.
Ahora que soy más viejo de lo que eran ellos cuando subí por primera vez la escalinata de la Cuesta de San Vicente comprendo mejor el mérito que tenían, lo difícil que es hacer un chiste cuando nada tiene demasiada gracia. Salvo que seas corresponsal en Caravaca.




