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Ciclismo para gorditos posnavideños

Tú. Sí, sí, tú, no mires a tu alrededor, te estoy hablando a ti. Oh, vamos, no te hagas el sorprendido, si esto es solo una convención narrativa barata, si en realidad estás leyendo, que es algo individual, así que si me dirijo a alguien no hay más personas en la sala. ¿Toc, toc? Está claro, ¿verdad? Yo por si acaso lo explicito, que luego me llueven hostias.

Así que tú. Haz una cosa. Baja un poco la mirada. Así. A eso que tienes justo debajo del pecho. ¿Lo ves? Es una barriga, una barrigota enorme, la transformación orgánica de polvorones en grasa, de champán (y calimochos… no pongas esa cara, hay confianza) en lorzas. Tú, que siempre buscas tipín en la playa, que intentas subir con dignidad sobre la bicicleta ese puerto tan duro que te queda al ladito de casa. Ay, qué desgracia. Lo siento.

A ver, no sufres en silencio. O, al menos, no en solitario. Les pasa a muchos. A mí no, porque he mantenido una estricta ingesta baja en calorías durante las Navidades, y ahora mismo estoy para subir Alpe d’Huez en 45 minutos. Segundo arriba o abajo, se entiende.

Pero tú no. Qué le vamos a hacer. Por eso igual te interesa la historia que traigo hoy aquí. La misma que te podría cambiar la vida. Porque tú, sí, tú, el fofisano (bah, qué narices, a estas alturas no vamos a ponernos paños calientes… el gordito) podrías triunfar en el mundo del deporte. Es más, tu peso sería una ventaja. Solo dependes de que vuelvan a celebrarse carreras como la que te describo.

Ocurrió en 1898. En Francia, que tienen su punto bizarro. Aunque claro, por aquellos tiempos locos todo estaba por crearse y nada parecía (demasiado) extraño. París, ojo… ah, París. El Bois de Vincennes, espacio verde más grande de la capital. Hoy tienen allí un hipódromo, un castillo, un zoo y hasta un parque botánico tropical, por aquello de recordar la grandeur transoceánica. Por haber hay hasta un templo budista. Más cool imposible. Lugar, además, muy ligado al deporte, porque dos años después de este 1898 se disputarán allí la mayoría de las pruebas en los Juegos Olímpicos. Los de las primeras medallas para españoles. Villota y Amézola, en pelota vasca. Fernand Sanz, en ciclismo (el verdadero apellido de este tipo es “Borbón”, pero como buen hijo bastardo usó el de su madre… esa historia queda para otra vez).

El Bois tiene también cuatro lagos. Alrededor de uno de ellos, el de Daumesnil, se congrega una pequeña muchedumbre. Ocho de septiembre de 1898. Imágenes raras. Un montón de tipos montados sobre sus bicis. Compitiendo. Pero hay algo extraño. Anómalo. En lugar de ser sacos de huesos andantes estos están gordos como lechones. Sudor sobre sus rostros, mofletes sonrosados, panzas a punto de rozar el cuadro de sus bicis. Buen acero en las máquinas, menos mal. Van rápido, eso sí. Todo un cuadro.
Sean ustedes bienvenidos a las carreras ciclistas para gordos. O, por precisar, las carreras limitadas a participantes por encima de los cien kilos. Sí, tal cual lo oyen.

No eran extrañas, ojo. Solo que la mayoría de las veces estas carreras resultaban… cómo decirlo… puros espectáculos circenses. Vamos, que se ponía a un tipo desbordado encima de un velocípedo y el público se descojonaba al ver el sufrimiento de máquina y deportista. O algo. Y esta no, esta era una auténtica competición. Un total de 25 vueltas al lago, cincuenta kilómetros a la postre. La prensa les llamaba “Hércules sobre dos ruedas”, pero vistas las fotos algunos eran más de tipología churchilliana. Esas imágenes (tan inocentes ellas, tan sensuales en porte y pose) se ven hoy con una sonrisa en los labios.

Pero vayamos a la carrera. Que, ya les digo, fue competencia pura y dura. Sobre todo dura. Se salía a las ocho y media de la mañana, con la fresca, después de pesar a los tipos (se presentaron once participantes), porque seguro que algún flacucho de 99 kilos quería conquistar la gloria solo reservada a los máster 100. El ciclista que batió todos los récords en este sentido alcanzó la nada despreciable cifra de 170 kilos. Lo que pueden ser fácilmente cuatro jockeys, nos dice, asombrado, Georges Prade, que firma la crónica de la carrera en el diario La Vie au grand air. Él mismo calcula en más de dos mil las personas que se apiñaban alrededor del Lago Daumesnil animando a estos valientes. En sus marcas, listos… pistola… pum. Se sale.

Y, ojo, van como motos. O como camiones de mercancías, vaya. Achille Briére, un gigantón francés, se escapa casi de salida y mantiene la ventaja durante unas cuantas vueltas, hasta que una caída terrible le obliga a abandonar. De hecho no es el único contratiempo. Aquellos sanos mocetones demuestran que el tema de las curvas lo llevan regular, besando el suelo bastantes veces.

Finalmente un tal Vanderdouckt ataca con todas sus fuerzas, hasta el punto que dobla a todos los demás competidores (y, seguramente, los tubos de su máquina) tras solo cuatro vueltas en solitario. Entrará vencedor, con un tiempo de una hora, 44 minutos y 57 segundos. Bonelli, el segundo, tarda cinco minutos más. La velocidad media del vencedor ha estado cerca de los veintinueve kilómetros por hora. Nada despreciable, viendo que la carretera era poco menos que camino, que las bicicletas resultaban poco menos que tractores y que ellos… en fin. Pues eso. Que relean las condiciones.

Pero ojo… salta la polémica. El ganador, Monsieur Vanderdouckt, que ya había dado un peso de cien kilos exactos en la salida, vuelve a pasar por la báscula. Es, por así decirlo, un control antidoping, porque si somos una carrera por encima de cien kilos lo somos al principio y al final. Y se produce el escándalo. Vanderdouckt arroja unos magros 98 kilos. Qué vergüenza, señores. Descalificado. Otros dos de entre los cinco primeros clasificados (Amichot y Astruc) sufren la misma suerte. Les está bien empleado, por flacuchos y facinerosos. Así las cosas queda como vencedor definitivo Bonelli, que había llegado inicialmente segundo. Bajó también un par de kilos durante la prueba, pero en su caso fue de 110 a 108. Ya ven, muchacho sanote. Larga vida y loas al gladiador. Le ponen una corona de laurel y, como en Astérix, se la come.

Así que ya ves, amigo fondoncillo posnavideño. Incluso tú puedes tener tu momento de gloria. Solo tendrían que volver a celebrarse estas (peculiares) carreras.

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