Quizá una cronología ayude a entender el caso: el Real Madrid se enfrentó en la Copa de Europa al Benfica en la ciudad de Lisboa. En la segunda parte, con el partido empatado a cero, Vinícius marca un golazo por toda la escuadra, tras una gran jugada con Mbappé, y lo celebra bailando frente al banderín de córner (cerca de la grada del Benfica). Al terminar, se levanta la camiseta para que se vea bien el número. El árbitro, el francés François Letexier, considera que hay una celebración excesiva y lo amonesta. El incidente provoca un altercado y los jugadores del Benfica (principalmente Gianluca Prestianni, argentino) le reclaman. En medio de ello, Prestianni se tapa la boca con la camiseta y le dice algo a Vini, quien corre al árbitro y denuncia un insulto racista (mono). El árbitro activa el protocolo anti-racismo. El juego se detiene cerca de ocho minutos.
Hagamos un paréntesis: Gianluca Prestianni es un jugador que surgió de la cantera Velez, una de las más prolíficas de Sudamérica. Tuvo que emigrar por un problema con la hinchada, un feo incidente después de una derrota contra Huracán. También, como carta de presentación, tuvo una pelea a puño limpio con Endrick, después de un Brasil–Argentina. Más recientemente, todos recuerdan su bailecito en el Mundial sub20 después de eliminar a la selección mexicana.
Volvamos, pues, al incidente. ¿Por qué taparse la boca si no es para proferir un insulto? El propio Mbappé ha declarado que escuchó perfectamente lo que el jugador argentino dijo y lo ha tachado de racista. La UEFA —la organización responsable de la Copa de Europa— ha abierto una investigación al respecto (con un inspector de ética y disciplina, incluido). Incluso, Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, ha dicho que se siente impactado y entristecido por el incidente y lo ha catalogado como grave, alejado de los valores del deporte. El gobierno portugués ha iniciado una investigación penal, encabezada por la Autoridad Anti-violencia en el Deporte. Hay quien ha intentado minimizar lo sucedido, argumentando que en el campo se dicen cosas más fuertes y que todo debe quedar ahí. Pero también es cierto que los tiempos cambian, que el deporte ahora es un símbolo de convivencia e integración. Así, con ello en mente, podemos sacar varias conclusiones.
La primera es que el juego exige respeto: al adversario, a las reglas, a los compañeros, a uno mismo. El fair play exige no cruzar la línea del insulto personal y mucho menos del racismo. Conlleva, desde el otro extremo, una actitud cobarde. Taparse la boca para insultar es el epítome de la cobardía que Vinícius denunció. En el fútbol moderno, con cámaras por todos lados, intentarlo así denota cálculo y falta de valentía para asumir los propios actos palabras. Eso contradice el espíritu del juego. Otro matiz: taparse la boca es análogo a los perfiles anónimos en redes que insultan sin dar la cara. Es ampararse en la impunidad, en la creencia de que sin cuerpo no hay delito.
En segundo lugar, el juego consiste en anotar goles. Quienes acusan de provocación, intentan robarle al juego su propia naturaleza. Anotar un gol es como un gran orgasmo, ha dicho Jorge Valdano. Bailar frente a la grada rival es legal y forma parte de la personalidad de muchos jugadores (Ronaldo y su cucaracha, Neymar y sus pasos de samba, Cuauhtémoc Blanco y su orín de perro al Atlas). En contextos de alta tensión racial (como el que arrastra Vinícius desde hace años en España), que lo vean como buscar problemas habla más del fanatismo que del fútbol. El gol se celebra, es parte del juego, pero el rival debe responder a esa celebración deportivamente, sin violencia. La amarilla por celebrar parece desproporcionada comparada con la gravedad de un insulto racial denunciado.
En tercer lugar, las campañas de la FIFA y de la UEFA de no al racismo no han erradicado el problema de raíz. Sigue habiendo jugadores (y aficiones) que lo usan como arma cuando se sienten humillados por el talento de un jugador. Se ve a la legua la intención: se trata de descentrar a ese jugador, de sacarlo de sus casillas. Vinícius ha caído varias veces en situaciones parecidas. Por supuesto, esto no es jugar limpio ni hacerlo deportivamente.
En cuarto lugar, la respuesta del Benfica (apoyar a su jugador, subir un video en su defensa, culpar a una campaña de difamación…) refleja el tribalismo que prima sobre la verdad. Es algo que no es sólo imputable al fútbol, en la sociedad también lo vemos: antes que condenar un acto, muchos lo justifican —defendemos a los nuestros, parece el mensaje— y cuestionan al denunciante.
Finalmente, fijémonos en Vinícius Junior. Ya no solo sufre: denuncia, visibiliza y fuerza al sistema a reaccionar. Es la metáfora de cómo las minorías oprimidas, cuando ganan voz y poder, cambian las reglas y las normas sociales. Una víctima, pues, que se convierte en fiscal.
Pase lo que pase en la investigación, el daño ya está hecho: el fútbol volvió a mostrar su cara más sucia justo después de un momento de belleza. El episodio recuerda que el fútbol no está por encima de la sociedad. Tristemente, es un espejo ampliado y a veces deformado de ella.




