Quizás resulte conmovedor. Quizás los padres de ahora son mejores que los de ayer. Quizás los mensajes inquietantes alrededor de los hábitos de vida poco saludables los hemos interiorizado tanto que no podemos permitir que nuestros hijos no hagan deporte sin supervisión. Quizás, y solo quizás, se nos está yendo de las manos.
Hoy en día, los patios de colegio se están convirtiendo en entornos donde conviven, con naturalidad, dirigentes de clubes de deporte base jugando a ser empresarios, entrenadores con aires de grandeza y, lo que es más triste, hooligans descontrolados en forma de padres y abuelos.
¿Nadie se está dando cuenta de cómo repercute esto en los niños?
Cada vez se exige más responsabilidad a entornos fuera del círculo familiar para que asuman un papel activo como impulsores de un cambio en la sociedad a través del deporte, pero la realidad es que todos los dirigentes e instituciones deportivas miran hacia otro lado. Lamentablemente, pese al poder que tienen, no son capaces de asumir un rol activo para provocar un cambio. Muy al contrario, ensucian y confunden. Hablan de crecimiento, de afición, de diversión. Pero lo que hay detrás, en realidad, es dinero y una visión cortoplacista de su tarea principal: la educación alrededor del deporte.
Los clubes deportivos deben enfocarse en entender si todo lo que hacen y, sobre todo, cómo lo hacen, se desarrolla realmente en un entorno sano y atractivo para sus principales clientes: los niños. Cada fin de semana, en miles de campos de fútbol de nuestro país, no solo se juegan partidos. Se cruzan gritos, se siembran miedos, se rompen infancias. Y todo esto sucede ante los ojos de todos, semana tras semana.
No es una cuestión menor. Se exige a los clubes que asuman un papel activo como educadores desde el poder que les da liderar y protagonizar algo que es atractivo y motivador para un niño, y eso se traduce, en muchas ocasiones, en competitividad y, en la mayoría de los casos, mal gestionada. No solo vale con ganar partidos, sino también contribuir positivamente a la sociedad. Los clubes deportivos deberían cumplir con un propósito que trascienda el deporte, conectando con valores sociales y emocionales.
¿Existen brotes verdes? Quién sabe. Al menos se empiezan a ver iniciativas positivas en este ámbito. Save Football es una de ellas: el primer sello de calidad humana para el fútbol base en España. Un grito de auxilio convertido en herramienta de formación y unión del fútbol en torno a una necesidad urgente. Personas apasionadas, íntegras, soñadoras que entienden que no se trata solo de formar deportistas, sino de formar personas.
Cuidemos eso… ser y hacer antes que parecer. Todos somos parte del problema. Todos debemos ser parte de la solución.







