Pudimos hacernos muchísimo daño, y comienzo por el dolor que pudo ser porque creo que así se explica mejor la alegría que está siendo. Si hubiéramos sido eliminados por el error de Unai Simón el ridículo nos habría hecho todavía más daño que la derrota. No quiero ni pensar en las burlas de los odiadores o en el sarcasmo de los opinadores sarcásticos, o en las imágenes mil veces repetidas. Prefiero no imaginar el abatimiento del portero, marcado de por vida. O el de Pedri, al que el árbitro (cruel) apuntó el gol.
Si hubiéramos perdido en la prórroga las críticas tampoco habrían sido menores. Se diría que no tuvimos carácter, que se veía venir, que el entrenador se equivocó en todo, que la Selección sobra. En ese filo caminamos.
A partir de este alivio monumental (qué es la felicidad, si no un enorme alivio por no estar en el lado de los perdedores…) se puede intentar explicar lo inexplicable. Porque el fútbol no atiende a razones. Está bien que intentemos encontrar alguna lógica al juego siempre y cuando aceptemos que la mayoría de las veces el agua se nos escapará entre las manos. Nadie previó una España tan dominadora y una Croacia tan acomplejada. De entre todas las cábalas que se hicieron antes del partido, nadie pudo anticipar que un error del portero lo condicionaría todo: la resurrección croata, la respuesta española y la rabia de Unai, obsesionado por redimirse y al final redimido por completo.
El motivo por el que nos empataron cuando ganábamos 3-1 es igualmente difuso. Tengo para mí que el equipo se equivocó al intentar congelar el partido con tantos minutos por delante. En ocasiones, la mejor forma de mantener una ventaja es seguir ampliándola (avanzar para conservar la posición, doy por hecho que esto estará escrito en algún libro de táctica militar). Pero tampoco me distraería en grandes reproches. El optimismo era general y de él participó Luis Enrique, que relevó a Ferrán para darle descanso con vistas a los cuartos y bien que lo echamos en la falta. Estuvo soberbio el chico, valiente, vertical, exquisito en los pases.
Lo de Morata merece una consideración aparte. Se pasó la tarde peleando a brazo partido. Fue el mejor defensor del equipo, el más insistente en la presión, el más atento al robo. Estuvo activo en ataque y ágil en el desmarque, solidario en los apoyos… Sin embargo, y como tantas veces, le faltó finura en el remate. Hasta que dejó de faltarle. En el minuto 100 de la prórroga, Morata marcó un gol reservado a los mejores delanteros del mundo, porque Morata lo es todo al mismo tiempo: genio, torpe, obtuso, brillante, grosero y sutil. Lo que nunca cambia es su dedicación estajanovista, el sueño húmedo de los entrenadores cuando piensan en delanteros.
Oyarzabal redondeó la faena y la parte de España que miraba a otro lado giró la cabeza hacia la Eurocopa. Hemos hecho lo más difícil, reconocernos en el espejo y gustarnos. Estamos en cuartos y ya nada de lo que ocurra debería ser un fracaso. Aunque ya nos conocemos.




