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Cuando fuimos Reyes

Cualquier muerte es absurda y dolorosa, aún más si es inesperada, y ya resulta totalmente devastadora cuando lo es de alguien que por edad y estado de salud no parece candidato a que le firmen los papeles. El de José Antonio Reyes es uno de esos óbitos que cumple todas las condiciones anteriores y que tiene mayor relieve e impacto por ser un figura pública. Pero aún hay una faceta más de esta tragedia en particular que la hace más dolorosa, si es que este tipo de circunstancias pueden categorizarse.

Y es que Reyes era, o al menos esa imagen transmitía, uno de los nuestros. Y por uno de los nuestros me refiero a una persona normal, de infantería, de los que te cruzas cada día en el trabajo, en el bar, en las cenas de familia. En un mundo de egos tan inflados como el fútbol actual, el de Utrera parecía siempre el patito feo, el chaval al que las circunstancias habían empujado a una vorágine de estadios, trofeos y portadas de prensa. En un deporte en el que ahora los alevines tienen representantes profesionales y firman contratos aunque apenas sepan escribir, Reyes era de esa especie en extinción, la del chaval humilde pero con talento, que salta al fútbol como los espontáneos saltaban al ruedo, para huir de la pobreza a golpe de cojones, suerte y fe ciega en sí mismos.

Ese aire de extraño en el paraíso habría de acompañarle toda su vida. Al abrigo de su Sevilla se le notaba confiado, suelto, empoderado, que dicen los modernos. Con 16 añitos asombró a propios y extraños y se ganó una merecida fama de jugador rápido y talentoso, amén de batir los records de precocidad que tanto lucen en las estadísticas. Y fue ese talento el que le dio lo bueno y lo malo, porque su fama traspasó fronteras y llamó la atención de un futbol inglés que empezaba a despegar hacia el negocio total que es hoy en día. Así que el Arsenal pagó 30 millones de euros por él. Hoy en día esa cifra da hasta risa, pero hace 15 años era una inyección económica que el Sevilla, siempre en la cuerda, no podía dejar escapar.

Y con veinte añitos, y menos mundo que una monja de clausura, se planta nuestro hombre en Londres. Por unas desafortunadas declaraciones de la que entonces era su pareja supimos que aquello fue como Tarzán en Nueva York, un choque cultural y emocional que le costó carros y carretas al pobre Reyes, abandonado a su suerte en una sociedad tan absurdamente orgullosa y cerrada como sólo puede ser la inglesa. Siguió batiendo records deportivos (fue el primer español en ganar una Premier League) y dejando puntuales muestras de su talento. Pero nunca fue feliz en el país del té, la lluvia plomiza y los cuartos de baño con moqueta. Lejos del sol sevillano, Jose Antonio languidecía como un geranio en el Polo Norte. De allí salió cedido, en uno de esos movimientos estrambóticos sobre la campana que suele ejecutar el Real Madrid, para aterrizar en Concha Espina.

Parecía que aquella fuese la ocasión de recuperar la tranquilidad que necesitaba, en una ciudad que no era Sevilla, pero tampoco Londres, un lugar donde no sentirse, como canta Sabina, como un torero al otro lado del telón de acero. Pero si el Real Madrid no es nunca un buen lugar para estabilizar nada, aquel club mangoneado por Calderón y los cuarenta consejeros, y entrenado por un sargento chusquero como Capello era una coctelera donde agitar aún más los problemas del jugador. No fue nunca de los titulares y aunque marcó dos goles que valieron una Liga, ya había firmado su pasaporte de extranjero en cualquier parte. A partir de ahí inició un periplo con más sombras que luces, con una afición colchonera que lo acogió con la alegría que se recibe al cobrador del frac. Es otro tópico, pero tampoco la orilla del Manzanares era el sitio más propicio para la calma, el sosiego y para reencontrarse con uno mismo. De ser insultado a aplaudido por su afición, a insultar él al entrenador, cesiones, un retorno al Sevilla e incluso una fugaz visita al fútbol chino…

Por todos esas estaciones pasó Reyes con el gesto sorprendido y un poco desubicado del chaval de barrio que nunca dejó de ser. Del desorientado que se agarra a su familia para tener algo a lo que anclarse en la tormenta. Pero siempre desde la normalidad. Ni en las duras ni en las maduras, Reyes apareció con crestas o pelos teñidos, nunca deslumbró con vestimentas tan caras como horteras. Siempre fue uno de los nuestros, de los que nos sorprendemos con las extravagancias de los ricos, de los que no entendemos la cocina de diseño ni las Villas Meonas. Hasta en la famosa anécdota con Luís Aragonés le tocó el papel del que no sabe ni cómo ha acabado allí ni cómo salir del embrollo…

Por eso nos duele aún más su inesperada muerte. Porque todos fuimos, todos somos, Reyes.

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1 COMENTARIO

  1. A ver, entiendo que no es el momento de hablar de sus defectos, que todos tenemos, pero decir que no acabó de triunfar en ningún sitio fuera de Sevilla por culpa de los elementos no se corresponde a la realidad. Era un gran talento que no rindió como se esperaba.

    Y no, no llevó crestas, pero sí su 14 deportivos y sus tatuajes. Vamos, extravagancias de rico propias de los futbolistas.

    Que está bien que recordemos sus virtudes deportivas y tal, pero no contemos milongas.
    DEP

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