2002. Corea. Mundial. ¿Qué es lo primero que se viene a la cabeza? En España, los que siguen el fútbol seguro que rápido piensan en aquel ser nacido en tierra de faraones, vestido todo de negro y con un silbato colgando del cuello, de nombre Gamal Mahmoud Ahmed Al-Ghandour. Hizo tal escabechina este hombre que todavía hay personas que llevan el insulto, o algo peor, guardado en la boca por si cualquier día se encuentran al árbitro egipcio paseando tranquilamente por la calle. En segundo lugar, el fandom español habrá de recordar al grupo de combativos futbolistas coreanos que fue culpable (en mayor o menor medida que Al-Ghandour, según quién lo vea) de la trágica eliminación de nuestra selección, que hasta ese momento nunca había sentido tan cercana la consecución de un titulo mundial. Los coreanos salieron al campo, ante su público, con un arrojo que pilló por sorpresa a la selección española. Es habitual que antes de un acontecimiento importante, como un partido de máxima exigencia o un campeonato internacional, los deportistas reciban la visita, incluso dentro del propio vestuario y poco antes de salir a competir, de alguien a quien admiran para que les insufle ánimos, coraje, o valor; por lo general, esto suele dar un plus de competitividad al deportista. ¿Saben quién visitó a la selección de fútbol de Corea durante el mundial de 2002, en el que los asiáticos eliminaron a España y acabaron llegando a semifinales? No fue ningún político, deportista de renombre, o cantante de éxito. Fue una delegación de jugadores profesionales de StarCraft, que es un videojuego con categoría de deporte electrónico. Esto, que aquí suena a ciencia ficción, se explica porque en Corea del Sur, hace dieciocho años, los eSports ya eran igual o más importantes que el fútbol.

A día de hoy, todavía hay gente que tacha de ligereza que se denomine deporte a algo que se practica sentado y delante de una pantalla. Una pregunta nos sobrevuela, más inquieta que nunca: ¿Qué es deporte? Históricamente, el deporte se ha definido como una actividad física, con una serie de normas preestablecidas y cuyo objetivo es alcanzar la excelencia. Asimismo, en el deporte competitivo y profesional esta excelencia se traduce en algo muy sencillo de decir, y no tanto de conseguir: ganar. Esta ha sido la constante en las definiciones que del deporte se han ido haciendo desde la Grecia antigua (partiendo de la idea platónica de la excelencia como objetivo supremo a alcanzar) hasta hoy mismo; a pesar de ello, el mundo líquido que habitamos ha ido redefiniendo el concepto y adaptándolo a las circunstancias sociales, culturales y políticas de cada época. En la segunda mitad del siglo XIX, Friedrich Nietzsche propuso revertir esta concepción platónica de la vida (y del deporte) por otra mucho más cercana a la esencia sensible del ser humano, y así dar prioridad a lo corporal, vital y emocional que hay en nosotros. Sería, volviendo a los griegos, como echar de nuestro pedestal al dios Apolo (alias “don Perfecto”) y poner en su lugar al pasional, violento, y hedonista Dioniso; un dios que, según el pensador alemán, se acerca mucho más a lo que es la naturaleza humana, y por tanto a la verdad. El boom tecnológico, que incluso ha sido capaz de cambiar un mundo ya de por sí líquido por otro directamente vaporoso, exige que, de nuevo, se agiten casi hasta el derrumbe muchas de las columnas sobre las que se sostiene nuestra sociedad. El deporte es una de ellas. Y de las más importantes.  

Los gobiernos de países como Estados Unidos y Alemania reconocen a los jugadores profesionales de videojuegos como atletas. En Corea del Sur los eSports tienen rango de deporte olímpico, e incluso el comité organizador de Paris 2024 está considerando incluirlos en los juegos que se celebrarán en la capital francesa. Pero buena parte de la gente sigue tomándose a guasa la práctica de deportes electrónicos porque, claro, estos no exigen “mover el culo”. Y eso que los jugadores de eSports generan unos niveles de estrés similares a los profesionales del motor en carreras rápidas, deben mantenerse en un estado físico excelente, cuidar al máximo su alimentación y sus hábitos y, sobre todo, tienen que entrenar mucho. Muchísimo. Todo esto, unido a que ya se dispone de una estructura muy asentada (federaciones, ligas, campeonatos internacionales), más de 300 millones de seguidores en todo el mundo, políticas antidopaje, seguimiento mediático y cada vez mayor reconocimiento institucional, debería ser más que suficiente para considerar a los eSports, si ningún tapujo, como una disciplina deportiva. Yendo más allá y siendo aventureros, que no temerarios, también habría que ir haciéndose a la idea de que en un futuro no tan lejano los eSports pueden llegar a ser los dominadores totales del entretenimiento deportivo mundial. Pero para esto hace falta emplear, de una manera audaz, algo como la didáctica. 

Ibai Llanos se está convirtiendo en una personalidad en España. Él es narrador (o caster, como se denomina en el mundillo gamer) de eventos de eSports, siendo el videojuego League of Legends (LOL) su principal especialidad. Tiene más de un millón de seguidores en Twitter y otro millón en Instagram. Mentiría si dijera que entiendo algo de lo que Ibai narra en sus retransmisiones; es tal el ritmo frenético y la cantidad de neologismos y palabras específicas del juego que emplea, que alguien ignorante como yo puede llegar a sentirse abrumado y a sudar la gota gorda ante semejante maremagno verbal y sucesión de luces, magias, explosiones y muñecos que se ven en pantalla. ¿Y por qué, doy fe de ello, los casteos de este bilbaíno de 25 años enganchan tanto? Pronto se ve que Ibai tiene conocimientos, es campechano, y le echa un poco de morro. Y esto ya es suficiente para conquistar muchos corazones. Pero que te siga gente que piensa que hablas en idioma extraterrestre puede atender a otras razones de carácter antropológico y filosófico, y que nos traen de vuelta a aquel pensador alemán de bigote imposible: Friedrich Nietzsche. El estilo narrando de Ibai tiene muy poco de platónico: no busca la corrección y, mucho menos, la excelencia (a pesar de no estar carente de cierto sentido analítico y de manejar bien las pausas y las dinámicas). Cuando Ibai triunfa es al invocar a Nietzsche, y ya de paso a otros legendarios e impetuosos narradores como Héctor del Mar y Andrés Montes, y se desata con todo el poder visceral del que es capaz el ser humano. Ibai se deja llevar ante una gran jugada y usa la pasión, que es tan pegajosa, para obligar a sus espectadores a que se dejen llevar con él; aunque estos no entiendan ni papa, como es mi caso. En este punto lo virtual se convierte en real (la verdad nietzscheana) gracias a su verbo entusiasta, desmesurado, animal, humano. Conecta. Solo es necesario visualizar un recopilatorio de grandes jugadas de League of Legends narradas por Ibai para darse cuenta de que es un tipo capaz de hacerte fan, de inmediato, del equipo o del deporte que a él le de la real gana. Y este es un poder del que deberían valerse los propulsores de los eSports en España para que se dé un paso de gigante hacia el asentamiento, después expansión y, finalmente, consagración definitiva de esta disciplina. Algo susceptible de comenzar no dentro de un año, ni cinco, ni siquiera dentro de tres meses; sino hoy mismo. A causa de la coyuntura del confinamiento y la inevitable ausencia de competiciones, la sabrosa tostada del deporte, hasta ahora dominada por el llamado “deporte tradicional”, está lista para que se le dé un bocado. Aunque sea pequeño. Quizá se puede empezar por reiterar un mensaje que, si bien es muy cierto, de momento no ha calado en una sociedad tradicionalista como la española; sin embargo, por medio de una voz influyente, persuasiva, y humana como la de Ibai, este sencillo mensaje puede subvertir los esquemas mentales definitivamente: los eSports no son deportes electrónicos, sino que son deporte, a secas.  

No hay que tener miedo. El vídeo no mató a la estrella de la radio, Roger Moore no hizo olvidar a Sean Connery como James Bond y Messi no desbancó a Maradona, aunque sí le superó. Lo electrónico no tiene por qué acabar con el disfrute del aire libre, de pegarle al balón, de saltar, ver partidos en el estadio, en la cancha o en el bar, batir marcas, sufrir la lluvia mientras se corre por el parque y demás asuntos, muy ligados a lo deportivo, que transmiten valores bellos y buenos, de esos que tanto le gustaban a Platón. Hay que cerrar ciertas puertas para que no se nos escapen estas cosas, pero a su vez dejar otras entreabiertas e invitar a que pase eso que, aunque genera cierta congoja, siempre va de la mano de algo luminoso como la esperanza. Hablo, cómo no, del futuro. Y en el caso de los eSports, puede que ese futuro ya esté aquí, sobrevolando nuestras cabezas junto a aquella pregunta siempre obsoleta porque a cada segundo se redefine a sí misma: ¿qué es deporte?

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