Normalmente los partidos empiezan 0-0. Salvo cuando el Barça decide complicarse la vida desde el minuto uno, lo que ya es casi una seña de identidad. Como la posesión o la presión tras pérdida. Esta vez no hubo ni que esperar al tanteo inicial: error de Koundé, Cubarsí persiguiendo rivales con la agilidad de una señora mayor sacando dinero en el cajero, y autopista libre para el rival hacia el mano a mano. Gol danés. O algo así, porque llamar “daneses” a ese equipo es tener mucha fe en sus pasaportes: un croata, un peruano, un griego, un brasileño, un sueco, un tunecino, un islandés, un japonés… Y esa ONU con botas estaba en ese momento clasificada. Y el Barça, pese a que los resultados le acompañaban, miraba el TOP 8 desde fuera como el niño pobre ante el escaparate.
El gol no cambió el guion previsto. Dominio azulgrana, balón para arriba, balón para abajo y sensación de partido tonto, de esos en los que cualquier error te lo puede torcer más. Lamine pedía la pelota como si fuera suya —que casi lo es—, desbordaba, insistía… y se equivocaba. Un regate de más, un centro mal dado, la juventud explicada en 4K. Lewandowski, por su parte, entró en modo Viejowski y falló un uno contra uno que hace cinco años —cuando ya era veterano— era gol sin discusión. Eric García se sumó a la delantera fallona estrellando un balón en el larguero. Ocasiones había, fútbol no tanto. Y el Copenhague, sin hacer nada del otro mundo, seguía viviendo cómodamente de su regalo inicial.
El descanso llegó como llega siempre en estos casos. Con el Barça mandando y el aficionado culé mascando la incomodidad de saber que el partido no iba por donde debería. Pero la segunda parte empezó como tendría que haber empezado todo. Lamine, ahora sí, encaró con sentido, ganó línea de fondo y asistió a Robert. El gol llevaba un rato llamando a la puerta del polaco, aunque a veces ya no sepa muy bien dónde está. Empate. Y el sueño danés (o lo que fuera ese equipo) empezaba a evaporarse.
La enésima remontada flickeana se olía en el ambiente. Y el fútbol, caprichoso cuando quiere, decidió echar una mano. Disparo de Lamine sin demasiado futuro, rebote en la pierna de un rival y parábola imposible para el portero. Dos a uno. De la repesca al TOP 8. El Barça, sin jugar especialmente bien, ya estaba donde quería estar. Pero convenía no tentar más a la suerte, que bastante se había estirado la cuerda.
El tercero llegó con polémica y memoria selectiva. Lewandowski falló otro remate sencillo —el viejazo— pero no sufrió amnesia y recordó en milésimas que un japonés le había rozado levemente. Caída aparatosa, penalti microscópico y Penaldo vintage. Rabhinha, solidario, evitó el sufrimiento colectivo de ver los pasitos ceremoniales de Robert camino al punto de penaldo y firmó el 3-1.
Con el partido ya en piloto automático, la grada empezó a jugar otro encuentro. El de la radio. Pendientes de si el Madrid se quedaba fuera del TOP 8. París, Napoles, Bilbao,… una combinación quinielística… En esas llegó el cuarto, cortesía de Trashford, de falta directa. Algo casi arqueológico en el Estadi: no se veía un gol así en Champions desde aquel 3-0 de Messi (arrodillaos ante D10S infieles) al Liverpool. Se celebró, claro, pero sin locura. La verdadera explosión llegó con las noticias desde Lisboa: el Sporting hacía su parte, el Bilbao decía adiós y el Madrid se caía del TOP 8.
Final feliz, resultado contundente y clasificación que evita playoff. Pero con la sensación, cada vez más instalada, de que este Barça vive permanentemente cuesta arriba porque le encanta empezar las carreras con una piedra en la zapatilla. Una noche para confirmar que, incluso cuando todo acaba bien, el camino siempre es innecesariamente largo.







