Dejó dicho Baltasar Gracián que “tontos son todos los que lo parecen y la mitad de los que no”. Hablemos de alguien que lo pareció y lo fue. La espectadora que sacó una pancarta al paso del pelotón del Tour se ha ganado un lugar de honor en el olimpo de la estupidez humana, sección deportiva. No sólo por invadir la carretera con un cartel de saludo a sus abuelos (ahora abochornados, quizá fiambres por el soponcio), sino por perder de vista a los corredores. Si lo que pretendía la señorita Opi-Omi era salir en la televisión mejor habría sido que hubiera arado un campo adyacente con los cuernos propios o los de un buey amigo, rotulando las caras del abuelito Opi y la abuelita Omi. Es seguro que la televisión francesa le hubiera dedicado unos segundos a su obra de arte para regocijo de sus abuelos, que han superado una pandemia pero tienen complicado sobrevivir a la idiotez de su nieta. Cualquier cosa habría sido aceptable antes de provocar una caída en cadena que, además de docenas de heridos, ha dejado fuera de combate al alemán Jasha Sutterlin (ex Movistar) y a Marc Soler (aún Movistar), que pudo alcanzar la meta pero no saldrá mañana por una contusión en una muñeca.
Ya es hora de que entre los aficionados que pueblan las cunetas de las grandes carreras se establezcan brigadas anti-imbéciles, encargadas de neutralizar a los memos evidentes. Cualquier individuo disfrazado de teletubbie o similar debe ser recluido en una caravana hasta el paso de los corredores, la misma reclusión merecen los que ensayen selfies de modo temerario y, desde ahora, cualquiera que pretenda mandar saludos a sus abuelos. Vamos a dejar algo claro de una vez por todas: grabar con el móvil un momento emotivo es perderse el momento emotivo, es introducir un elemento extraño entre los ojos que ven y la experiencia que ocurre. Es, en consecuencia, identificarse como un soberbio merluzo.
El asunto duele más todavía porque ya se corren bastantes riesgos en las primeras etapas del Tour como para añadir sangre innecesaria. Todavía no se habían recuperado los magullados cuando otra caída sacudió el pelotón como si un ciclista hubiera pisado una mina antipersona. Varios salieron por los aires y se perdieron en el follaje, permítaseme la expresión, en este caso nada festiva. Froome se quedó sentado en el asfalto sin poder moverse, como si se le hubieran roto los mismos huecos que hace dos años; por fortuna pudo subirse a la bicicleta y llegó a meta a 14:37.
En la subida final los favoritos para la etapa se mezclaron con los favoritos para el Tour. Alaphilippe atacó como se esperaba y Van der Poel no respondió como estaba previsto. Roglic y Pogacar subieron codo con codo. Junto a ellos, Geraint Thomas, Peio Bilbao, Enric Mas, Nairo o Nibali… Carapaz y Van Aert se dejaron cinco segundos. Supermán López, cortado por las caídas, se presentó a 1:49 del ganador. Porte a 2:16. Simon Yates a 3:17. Valverde a 5:33.
Alaphilippe, entretanto, agranda su leyenda: campeón del mundo, marido de Marion Rousse y reciente padre de Nino, ganador de etapa (sexta en el Tour) y maillot amarillo. Como reproche apuntaremos que se chupó un dedo antes de cruzar la meta; en su descargo diremos que sólo lo hizo durante un par de segundos, quizá estremecido al recordar la estampa de Carlos Sastre, que en 2003 y en situación similar se sacó un chupete del bolsillo y se lo metió en la boca (de esa guisa pasó a la posteridad).
Tras la escabechina de la primera etapa, el consejo es separarse de la tele porque esto salpica. No hay tregua. A los gigantes de la ruta se suman esos gigantes que dibujaba Pellós en sus caricaturas del Tour, dioses con forma de montaña o de tormenta que amenazaban a los ciclistas con un martillo o con un rayo. Nos esperan tardes turbulentas. Dicho de otra manera: nos vamos a divertir.








