Hace ya tantos años que Michael se metió en mi casa, que ya era uno más de los míos en muchos partidos de fútbol. Así que no quiero dedicarle este artículo de ninguna otra manera que no sea la que creo que a él le hubiese gustado leer. Así que no voy a hablar de la injusticia de la muerte o de esa lotería de bolas negras que es el jodido cáncer. Imagino que a Robin no le gustaría leer ese obituario. Se pondría de mala leche. Preferiría que lo hiciéramos por lo mucho que supuso para todos los que amamos la vida.
Como jugador fue un entrañable tronco atómico. Un guerrero capaz de rematar de cabeza una pandereta de mejillones y luego atusarse el flequillo (porque Michael jugaba con flequillo). Decía que lo justo hubiese sido que él pagase por jugar en el Liverpool. No era así, el club de su vida le tuvo en sus filas porque al gol no se llega siempre por calidad, también se consigue por físico y corazón. Si además sumas oficio y honradez, estás definiendo a Robinson como futbolista. Y seguramente en más cosas.
Como persona podría haber sido el protagonista de cualquier peli de los Monty Python. Tenía permiso universal para reírse del mundo, porque siempre empezaba por hacerlo de sí mismo. A Robin le daba igual contar que se tiró una hora buscando Osasuna en el mapa o decir que si alguien pensaba que hablaba mal español, es porque no le había escuchado hacerlo en inglés.
A mí me ganó como comentarista cuando en el primer partido en que le escuché criticó al mediocampo del Barcelona por lo mal que marcaba. Pero no lo hacía con términos técnicos, pronunciaba con su media lengua una frase que cambiaba los estándares de la retransmisión deportiva: “Lo hacen tan mal, que los contrarios podrían jugar fumándose un puro». Porque ese era Michael, un comunicador nato. Como tal, no necesitaba muchas palabras. Las justas y al pie, y con unos ejemplos que entendía cualquiera. Aunque rematase al Diccionario de chilena cada cinco minutos. Robin te hacía entretenido hasta un Getafe-Leganés.
Sus entrevistas eran una delicia. En estos tiempos en que los entrevistados hablan menos que el que pregunta, Robinson les hacía contar lo más grande. Y si no le gustaba la respuesta, por incompleta, le bastaba un silencio cómplice para que el entrevistado se diese por enterado de que debía profundizar más en el tema. Un carisma como comunicador que ya quisieran para sí muchas plumas ilustres.
Descansa en paz, compañero, porque así te considero después de tantos partidos disfrutando de tus análisis de colega de cañas y ración de calamares. Tus comentarios eran los mismos que te gustaría escuchar en tertulia de bar de barrio. Lo de jugar “con un puro en la boca “ se entiende mejor que el mal achique de espacios.
Un abrazo, Michael. Estoy seguro de que viviste tan feliz como conseguiste que lo fuéramos los demás al escucharte. Te echaremos de menos.




