El Boalo es un pueblo de la sierra madrileña donde no se llega de paso. Hay que querer ir. La pista sube entre encinas y piedra caliza, y cuando el pueblo aparece lo hace sin avisar, como esas personas que no necesitan presentación. Aquí vive Borja. Tiene cuarenta años, dos trasplantes de riñón encima y una vida que pocos se atreverían a vivir.
Cuando llego, está esperándome. Nos une la familia, aunque la rama es larga y los años de distancia son muchos. Creía conocerle. Hoy descubro que le conocía como se conoce a alguien a través de otros: por lo que se cuenta en las reuniones, por los retazos que llegan. Para entender a Borja de verdad hay que venir hasta aquí y verle con ropa de monte. Me dice que podemos hacer una ruta por la montaña, que el día lo permite. Hace frío, pero el sol entra limpio entre los pinos y en las cumbres del fondo hay nieve que brilla. Borja mira hacia allí con la naturalidad de quien mira hacia su casa.

El riñón de su padre
La enfermedad llegó antes de que él pudiera entenderla. Tres años. Reflujo vesicoureteral: la orina volvía de la vejiga a los riñones, los infectaba una y otra vez, los destruía despacio. En la sanidad privada no se lo detectaron. En el Hospital de La Paz de Madrid, sí, pero ya era tarde. Sus riñones nativos aguantaron hasta los dieciséis años, diez de los cuales Borja los vivió con una alimentación tan restringida que en los cumpleaños de sus amigos, mientras los otros niños se peleaban por los bocadillos de jamón y los montaditos de chorizo, él se iba directo a las chuches. Nada de proteínas ni de lácteos. Las patatas fritas y los gusanitos eran lo único que podía comer. «Con 40 años te da un poco igual. Pero cuando tienes cinco te sientes un poco un bicho raro», recuerda, sin amargura.
A los trece entró en lista de espera. El trasplante no llegaba. Los médicos les dijeron que los familiares directos podían ofrecerse como donantes. Fernando y Lola, sus padres, eran los dos compatibles. Había que elegir uno. Fernando lo cuenta con la economía del hombre que no necesita adornos: si él caía, quedaba Lola para sostener la casa; si caía Lola, estaba él. No podían caer los dos. Por eso se puso en cabeza. Sin drama. Sin titubeos. «Valían los dos», dice, y en esas tres palabras cabe todo lo que no añade.
Borja tenía dieciséis años cuando le trasplantaron el riñón de su padre. A partir de ahí, instituto, amigos, fiestas, la vida que cualquier chico adolescente vive sin preguntarse si se la merece. Luego el riñón dijo basta.
Lo que vino después fue la hemodiálisis, y la hemodiálisis fue lo peor. Seis meses yendo y viniendo al Hospital de La Paz en ambulancia. Un día sí, un día no. La máquina te sacaba la sangre y te la devolvía, y en el proceso se llevaba lo bueno y lo malo. El día de la diálisis, mal. El siguiente, mal también. El tercero, cuando ya empezabas a encontrarte bien, vuelta a la máquina. «El mejor día de la semana era el domingo», dice. «El sábado estaba hecho una mierda, pero el domingo no tenía que hacer nada. Y el lunes había que volver».
Lola siempre llevaba uno o dos Legos en la bolsa. Era la única manera de calmarle cuando las cosas se ponían muy mal: la tensión bajaba, los mareos, los vómitos. Un día se olvidaron los Legos en casa y Lola tuvo que llamar a una amiga que trabajaba en las afueras de Madrid para que cruzara la ciudad y encontrara uno. La amiga tardó media hora. Cuando llegó con dos Legos bajo el brazo, el mundo volvió a ser manejable. Hay formas de salvar a alguien que no aparecen en ningún manual de medicina.
Cuatro años con una máquina
Cuando el primer riñón falló del todo, Borja tenía veinticuatro años. La hemodiálisis quedó atrás y llegó la diálisis peritoneal, que es otra cosa: se hace en casa, por la noche, mientras duermes. Una máquina, unas bolsas de líquido, nueve horas con el cuerpo depurándose solo. Por la mañana te despegabas de la máquina y podías hacer vida. No mucha, pero vida. Él lo decía. “Había días que me comía el mundo, y había días que el mundo me comía a mí”. No fue tan sencillo. Borja estuvo cuatroaños así.
«Había días que me comía el mundo y había días en que el mundo me comía a mí»
En los días buenos, se iba al cine, daba pequeños paseos, pasaba largas temporadas en Nebreda, el pueblo de Burgos de su padre. La médica llegó a dejarlo escrito en el cuaderno de consultas: se recomienda que pase todos los veranos en Nebreda. En septiembre era otro niño. Nadie supo explicar exactamente por qué. Pero funcionaba.
El 18 de diciembre
El 18 de diciembre de 2012, Borja recibió su segundo trasplante. El donante era anónimo. Alguien de quien no sabe nada, cuyo nombre nunca conocerá, que decidió —o cuya familia decidió— que sus órganos podían seguir siendo útiles. «Solo sé que me dio la vida», dice Borja, y lo dice en voz baja, con una gravedad que no tiene nada de solemne y todo de verdadera.
El médico que le sigue desde la mayoría de edad menciona de Borja que siempre le ha parecido una persona muy equilibrada, que evalúa la situación, ve lo que hay y tira hacia adelante. Cada vez le ve con más fuerza vital, añade. No fuerza física. Vital. Cuando Borja le manda documentación para carreras de sesenta kilómetros o autorizaciones para subir cimas de cuatro mil metros, él responde siempre con la misma pregunta: ¿En qué lío te vas a meter ahora? No es un reproche. Es casi una forma de cariño.
Y es que fue en esa época cuando llegaron los aviones. Borja se aficionó al aeromodelismo porque su cuerpo no le permitía hacer grandes esfuerzos, y construir aviones y volarlos era algo que podía hacer. “Los aviones se perdían en la montaña. Había que subir a buscarlos”, dice. Así empezó todo.
«Me aficioné a la montaña subiendo a rescatar aviones»
Un día más, un día más
El primer día que Borja salió a caminar después del segundo trasplante, Lola aparcó el coche antes del puente. Cruzaron el río a pie. Llegaron hasta la fuente. Volvieron. Eso fue todo. Al día siguiente llegaron hasta la mitad del camino a la ermita. Al tercero llegaron a la ermita, pero Borja no tenía fuerzas para volver andando y Lola tuvo que ir a buscar el coche e ir a recogerle. A partir de ahí, un día más, un día más, un día más. Hasta ahora, que en ese mismo camino no se cansa. Después de todo eso, Borja se encoge ligeramente de hombros y deja caer una frase que parece sencilla, casi un tópico, pero que en su boca pesa mucho más: “Despacito se llega a todos los sitios”.
Ha subido el Monte Perdido varias veces. El Mulhacén. El Teide, empezando desde la playa a las siete de la tarde y llegando a la cima a las ocho de la mañana siguiente, y luego bajando de nuevo hasta el mar, de viernes a sábado, sin parar. El Toubkal marroquí, cuatro mil doscientos metros. Este año quiere volver. Su hermana, que ahora también quiere subir montañas, le está picando para repetir algunas cimas. Se dice pronto.
Fernando, su padre, lo resume mejor que nadie. Dice que Borja tiene interés, que aunque vea el día malo se coge los bártulos y sube. Que tiene mucha fuerza de voluntad. Que siempre ha sido muy responsable. Y luego se calla un momento, como buscando algo más que decir, y añade: «Eso es lo principal».

Un premio que da tristeza
La Federación Madrileña de Montañismo le ha entregado tres veces el premio al senderista del año en la categoría de personas con discapacidad masculina. Tres veces. Cuando se lo cuento a alguien que no le conoce, suena a historia redonda. Borja lo cuenta de otra manera.
Los dos primeros años ganó sin competencia. No había nadie más en su categoría. «Me hacía sentir que era un regalo», dice, «porque al no tener rivales no tenía ningún mérito». El tercer año sí tuvo rivales: dos mujeres ciegas. Borja sacó cuatro veces más puntos que ellas. Ganó. Y en lugar de alegría, sintió tristeza. «Sentía que ellas lo necesitaban más que yo», dice. Y se queda callado un momento, como si todavía le pesara. Hay algo más detrás de esa incomodidad. Borja no sale a la montaña para ganar categorías. Sale para demostrar que un trasplantado puede subir cuatro mil metros, que el órgano de otra persona puede llevarte a una cima, que hay vida intensa después de una máquina de diálisis. Ese es el mensaje que quiere distribuir. Y la federación, asegura, ni lo valora ni ayuda a que llegue más lejos. Los premios llegan. El mensaje, no.
«las abejas me han dado mucho en esta vida»
Las abejas, las perdigueras y el mirador
Las abejas llegaron también por casualidad. El padre de Borja había tenido colmenas en los años ochenta. Se murieron todas. Quedaron las cajas. Durante la diálisis, entró un enjambre en una de ellas. Borja fue a verlo y no se fue. La apicultura le exigía poco físico: abrir la caja, mirar que estuvieran bien, hacer lo que hubiera que hacer.
Además, ponerse el traje en verano le hacía sudar y eso aliviaba la diálisis. En invierno, limpiar colmenas y preparar material para la primavera. Fernando y Lola hablan de ello con el orgullo contenido de quien ha visto crecer algo desde cero: la miel de Las Perdigueras vuela e ncuanto sale. Todo se vende antes de que dé tiempo a acumularlo. Borja está enamorado de las abejas, y se nota. “Las abejas me han dado mucho en esta vida”, afirma. Ahora imparte charlas sobre polinizadores en colegios y jornadas del sector agrario organizadas por la Comunidad de Madrid. Él dice que para dar charlas no vale… y luego le piden más.
Cuando ya no hay luz en las cumbres, Borja habla de lo que más valora. No es la montaña, aunque la montaña esté en todo lo que dice. Es poder ir a un restaurante y pedir lo que le apetezca. Es poder beber un vaso de agua sin contar los mililitros. Es estar aquí, en un día como este, sin ninguna máquina que le ate a ningún sitio. «La gente que está sana no aprecia lo que tiene», se lamenta. «Si no tienes salud, no tienes nada». Lo dice como quien enuncia algo tan obvio que casi da vergüenza que haya que decirlo.



En el camino de vuelta hay un tramo que baja entre pinos, con nieve en las ramas y la luz de la tarde entrando de lado. Borja baja sin prisa. Sabe que llegar no es el objetivo. Lo aprendió subiendo a buscar aviones perdidos. Lo aprendió tardando tres días en llegar a una ermita que está a veinte minutos, con su madre esperándole al otro lado. Lo aprendió con dos riñones ajenos que bombean dentro de él la vida de otros. Y lo aprendió rodeado de una familia que nunca le dejó aprender solo, y que nunca dejó de aprender de él.
Para volver a casa hay que cruzar el puente. Borja repite que el año que viene quiere ir al Toubkal con su hermana, que habrá que repetir la ruta. Lo dice como si fuera el plan más natural del mundo. Porque para él lo es. Para Borja, volver a subir no es un esfuerzo. Es simplemente lo que sigue.





