Uruguay tiene la chance de volver a ser campeón del mundo. Pero para eso, tiene que deshacerse de las dos estrellas que le sobran en la camiseta.

Y sí… es una decisión difícil. De vida o muerte quizás. Pero acaso, ¿hay algo más parecido a la defunción que llevar 76 años sin jugar una final del Mundial?

El fútbol como la vida, se equilibra mediante el karma. Cuántas veces vimos ese típico penalti que se cobra a pesar de que no fue y el jugador lo termina errando. Hay algo sobrenatural que se encarga de corregir el error humano. Porque el fútbol, siempre pone todo y a todos en su lugar.

Uruguay es un país pequeño pero con una valía tremenda para jugar al fútbol, y con una cualidad que pocos le reconocen: el ingenio y la picardía para no dejarse pisotear por sus vecinos todopoderosos: Argentina y Brasil.

Pero, muy atrás quedaron las noches gloriosas de Peñarol y Nacional en la Copa Libertadores. Y aún más grave, de seguir así, dentro de poco no quedará tan solo un testigo vivo de las increíbles gestas de la celeste en un Mundial.

No es casualidad que, desde hace unos años, los uruguayos sean noticia únicamente por intentar defender una teoría que ni ellos mismos se creen puertas para dentro, más que por sus logros y resultados incontestables.

El relato

Tampoco es casualidad que esta generación, alimentada por TikTok y a dieta de cultura e historia, defienda con uñas y dientes un relato que los hace sentirse menos inferiores, pero que sin darse cuenta los hace aún más. Hace 30 o 40 años ningún uruguayo luchaba porque le reconocieran dos campeonatos que nunca fueron considerados Mundiales. Tiene sentido que quienes nunca los vieron competir a escala mundial necesiten un aliciente, pero autoengañarse nunca es el camino. El debate es sencillo, si entras en la web oficial de la FIFA, Uruguay aparece como ganadora de dos Mundiales. No hay más vueltas que darle. El gran problema es dónde queda posicionada en ese ranking… precisamente por debajo de Argentina.

Y claro…

No es casualidad que este debate se haya elevado en los últimos cuatro años, precisamente desde que Argentina —ese vecino ruidoso y arrogante— ganara su tercera estrella y los superase en el palmarés mundial por primera vez en la historia. Y añadan si quieren dos Copas América, con las que Argentina los supera también en la cima del campeonato continental. Una catástrofe para aquellos que vivían de la comparación. Pero lo más curioso de todo, es que su ceguera vecinal no les permitió darse cuenta de que ya habían perdido esa guerra hace tiempo. En estos últimos 75 años, Argentina ganó tres Mundiales, siete Copas América, nacieron Messi, Maradona y Kempes, y sus equipos se cansaron de ganar Libertadores. Y, mientras tanto, Uruguay —con la sangre en el ojo y la pólvora mojada— en vez de evolucionar para adaptarse a los cambios del fútbol, decidió entrenar la lengua para jugar sus partidos con argumentos históricos en vez de con goles.

Para nada es casualidad que tras los últimos fracasos hayan contratado a un DT argentino, precisamente. Detrás de esa rivalidad y odio, en el fondo hay admiración y envidia por los resultados conseguidos en las últimas décadas. El argentino, desde el pedestal al que se sube cada mañana para peinar su ego, veía a Uruguay como un hermano chico, rebelde pero adorable. Pero eso también cambió, por la inexorable culpa de las redes sociales, ya que el argento descubrió que ese cariño y paternalismo (que, por cierto, nadie le pidió) no era recíproco. Que los uruguayos quieren a los argentinos es verdad fuera de toda competición. De hecho, salen a la plaza a festejar sus fracasos. Y lo paradójico de todo esto es que argentinos y uruguayos son la misma especie con evoluciones distintas. Si el ser humano no tendiese intrínsecamente a la división, otro Gardel cantaría. Porque… ¡qué selección nos perdimos! Imaginen una dupla central con Paolo Montero y Ruggeri, o a Messi tirándole asistencias a Luisito Suárez. No alcanzaría la noche para contar las estrellas de este sueño.

Los portavoces

Pero volviendo a la realidad, no es casualidad que también se haya empobrecido la calidad de los interlocutores. Del capitán histórico Nasazzi, que en un evento de premiación oficial dejó claro que no eran Mundiales los obtenidos antes de 1930, al capitán del bufonismo de las redes sociales, Diego Lugano. Antes del comienzo del Mundial, el propio Lugano subía la apuesta diciendo que Uruguay tenía cinco Mundiales. Curiosamente, él se tiene por un intelectual por hablar despacio y leer fragmentos de la historia que todos conocían pero nadie considera. Le está dando armas a los jovenes uruguayos para defenderse de la actualidad paupérrima que viven. Pero lo que su anoréxico intelecto no le permite ver es —que contrariamente a lo que cree— está humillándose y empobreciendo a todo el que lo repite. La única conclusión de todo ese discurso es que no confía en volver a ganar. Por eso busca las copas en el pasado. Es como aquel dicho que proclama que quien tiene miedo de contar una idea es porque sabe que no se le volverá a ocurrir otra. Lugano lejos de ser un referente del país y motivar a las próximas generaciones, está bajando un mensaje derrotista y de rendición. Él no confía en volver a ganar nada. Y quiere abrir un debate que, como él mismo dijo, a nadie le ocupa. Pero no porque se valide que Uruguay tiene cuatro mundiales, sino porque nadie si quiera se plantea la posibilidad de que tengan más de dos.

En definitiva… nada de esto es casualidad. Es causalidad.

La celeste está en caída libre a una velocidad vertiginosa desde hace años, impulsada por la nostalgia de haber sido, la envidia al éxito del país vecino y, sobre todo, la falta de valor para asumir y reconocer la actualidad. Lamentablemente, en todo este proceso Uruguay se ha desconocido. Ha desaparecido su identidad futbolística, la cual había le había prestado su propio pueblo, “somos pocos pero con mucho huevo”. Y yo me pregunto hoy… ¿Dónde está la garra? ¿Y la humildad? Porque en este nuevo relato de tenemos tropecientos mundiales y somos más grandes que todos (España es una moda, Argentina es inferior…) no se reconoce al pueblo uruguayo. De hecho, se parece más al tono de su alter ego, del que tanto se quejan, del argen… (completen la frase).

«No se cambia el rumbo de la historia con filosofía barata»

Sé que es crudo. Pero no se cambia el rumbo de la historia con poesía barata. Comprender esto y aceptarlo… es duro. Es frustrante. Probablemente sacuda todos tus estamentos. Pero tranquilo, como con todo, existe una solución.

Como dijo un borracho amigo, el primer paso para curarse es asumirlo. Basta de patalear y culpar al mundo. Toca mirar para adentro y dejar de buscar afuera para reencontrarse a uno mismo. En el fútbol hay sobradas muestras de que tocar fondo puede propiciar el cambio que estabas evitando y que tanto necesitabas.

River Plate, probablemente el equipo con más historia del continente, tuvo que conocer el infierno antes de tocar el cielo un 9 de diciembre en el estadio Santiago Bernabéu. La propia Argentina tuvo que asumir que su selección daba pena hasta el 74, y que tenía que cambiar. Hoy, con el diario del lunes, podemos decir que dieron en la tecla.

En cualquier caso, la historia no se borra. Lo conseguido es eterno. El tema es elegir si te conformas con ser Hungría, una selección histórica, o quieres vivir lo que se siente al abrazar a tu hijo como campeón del mundo. Está claro que si Uruguay sigue hablando de historia en vez de empeñarse en reescribirla, ni la IA va a poder recrear sus trofeos.

Mi recomendación: equilibren el karma, devuelvan lo que no es suyo. Quemen esas dos estrellas. Sacúdanse la mufa. Dejen de buscar trofeos en el pasado y vuelvan a jugar para ganarlos en el presente. Ya quisiera cualquier selección del mundo tener un capitán como Fede Valverde o haber gritado un gol de Forlán.

¡Vamo arriba la celeste!

PD: Ya sé que desde el primer párrafo estás obsesionado con entender desde dónde escribo esto, si soy uruguayo, argentino o español. Para decidir si enojarte o entenderlo. ¿Acaso es importante? Si te sirve de consuelo, mi mamá es uruguaya. Y estoy orgulloso de ella y su origen.

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Federico Khaski
Tras más de 10 años construyendo historias y creando experiencias para multinacionales en distintos lugares del mundo, Federico tiene claro que las ideas no deben dejar huella, sino un camino. Divorciado legalmente de los 'one shot' que solo trabajan para el ego del creativo, así como de la arcaica división entre contenido online y offline, Fede ha llevado -de copiloto- a su visión creativa transmedia por cada una de las agencias, empresas y proyectos por los que ha pasado. Pero cuando no buscas los premios, ellos te buscan a ti. Ha conseguido distinciones en festivales de distintos continentes, a pesar de que él -por los menos en público- antepone los reconocimientos grupales, como el de haber contribuido en su rol de Global Chief Creative Officer a convertir a la última agencia por la que ha pasado, en la red independiente más premiada del mundo.