Siempre con aire distraído o, por el contrario, con apariencia de ir concentrado en llegar a algún lugar determinado —no están las cosas como para crear sospechas— les recomiendo merodear por las cercanías de un colegio o instituto. No importa cuál, a gusto del consumidor. Una vez allí, entre el pulular de entradas y salidas de los adolescentes y preadolescentes, fíjense en cuántos eligen hablar con el amigo junto al que camina, cuántos bromean, cuántas chicas van del brazo comentando la serie de la noche anterior y cuántos chicos pasándose un balón. No les engaño y les ahorro el funesto trámite. Pocos o ninguno. La mayoría camina alimentando una incipiente torticolis, sin despegar la mirada de su pantalla, atentos al último trend que no lo aleje del rebaño, no vaya a ser.
Aunque es difícil de calibrar, sospecho que alguna responsabilidad tendrán quienes de un tiempo a esta parte han inundado España de carteles que prohíben jugar a la pelota en las plazas de ciudades y pueblos. Si visitan Fuengirola, verán uno insultantemente colgado en las puertas de la Peña Juanito. Calibren ustedes el despropósito y la provocación de la ocurrencia.
Ya es tiempo de abandonar la estrategia del avestruz y pensar qué hacer con el acceso que permitimos a los menores al estercolero en el que con frecuencia convertimos a las redes. Porque, no seamos ingenuos o de conciencia distraída, la tecnología, como un arma, no se dispara y hace daño por sí misma, siempre necesita de la mano humana para oscurecer sus consecuencias.
El debate no es nuevo, como imaginan. Ya en los tiempos de la proliferación de la caja tonta, a partir de la década de los cuarenta, las señales de alarma no eran muy distintas a las de ahora. «La televisión es el atajo más corto jamás ideado, la puerta trasera más accesible al mundo adulto… La televisión quiere su atención y hace lo que sea para conseguirla», advertía un artículo del Parents’ Magazine en 1956. «El problema no es que la televisión nos presente temas entretenidos, sino que todos los temas se presentan como entretenidos», escribía el crítico cultural Neil Postman años después. «El principal efecto social de la televisión es aislar a las personas entre sí y de la experiencia directa», vaticinaba el ensayista Jerry Mander.
¿Qué hacemos entonces? El Gobierno (Pedro) lo tiene claro: prohibir, achicar el campo desde el BOE y siguiente globo sonda. Un anuncio eficaz el de cerrar las redes para menores de 16, pues cumple con el triple propósito con el que todo asesor de Comunicación se ha tocado antes de calentar el oído a su jefe. En primer término, distrae al personal (¿qué es eso de pensar en corrupciones que descuidan raíles y provocan muertos?). En segundo lugar, apunta hacia un tema complejo, de difícil resolución técnica (pero qué sabrá el populacho de VPN y verificadores) y populista (¿por qué, de paso, no prohíben también los móviles para menores y ahorran el disgusto a los padres cuando osen negárselo a sus criaturas?). Y, para cerrar el círculo, crea un nuevo malhechor superpoderoso al que encararse con grandilocuencias varias (Musk, es tu turno). ¿Qué podría salir mal?
Donde no hay control, hay pecado, piensan algunos rayando la columna vertebral de cualquier dictadura. El tiempo dirá si el BOE es el lugar idóneo para atemperar la rebeldía con acné o la medida termina en el páramo donde reposan el cambio del huso horario junto a otras ocurrencias a medida. Mientras, disfrutemos del último bulo.







