—Hacen como que no ha pasado nada, pero aquí han pasado muchas cosas. Que van a traernos la paz, dicen, después de todo este tiempo. Y encima te lo dicen como si te perdonaran la vida, sin un solo remordimiento.
—¿Y qué diferencia hay?
—¡La hay!
—¿Te van a devolver tu vida? ¿Me van a devolver a mi marido? No necesitas su perdón. Guardar rencor a los que nos hicieron esto es como tomar veneno. No dejes que el odio te consuma. No te pueden hacer perder tu humanidad, porque si lo consiguen han ganado dos veces.
El diálogo que abre un escolta y cierra la viuda del hombre al que no pudo proteger de un coche-bomba de ETA forma parte de la novela El último gudari (Ediciones B, 2022). Escrita por José María Nacarino, el texto ofrece un lúcido, crudo y realista conjunto de tramas que pone frente al espejo aquella barbarie de plomo y odio que todavía humea desde determinados escaños.
“En esencia, se dieron tres posiciones frente al terrorismo: los que los apoyaban, los que se oponían desde sus inicios (que fueron creciendo con el tiempo) y los indiferentes, casi tan dañinos como los primeros”, me resumió Borja Sémper ante la cuestión de cómo era posible que una banda de mafiosos nacionalistas hubieran campado a sus anchas durante decenios.
Ambos episodios acudieron a mi cabeza durante el partido Athletic-Arsenal de la primera jornada de la Champions cuando la afición local —con el evidente apoyo del club— decidió desplegar una enorme bandera palestina en uno de sus fondos. Nadie con un mínimo de decencia puede negar que la masacre de Gaza hace tiempo que rebasó cualquier tipo de límite y que, por tanto, levantar la voz en favor de sus víctimas, per se, no puede ser jamás un hecho condenable. Pero esto, a su vez, nos lleva a sumar una nueva categoría a los que apoyan, se oponen o permanecen inanes ante el terror: los oportunistas. Aquellos que siempre reman a favor de ambiente y evitan así la valentía que supone elevar la voz en escenarios o contextos incómodos.
✊ La afición del Athletic despliega una enorme bandera propalestina en el estreno de Champions https://t.co/sDzkcPVyRG #UCL
— MARCA (@marca) September 16, 2025
¿Cuántas víctimas necesitaba el Athletic o su afición para honrar a los que vivieron cinco décadas señalados, atemorizados o directamente perdieron la vida por sus ideas? ¿Qué hubiera podido conseguir una institución tan arraigada en la sociedad vizcaína como el club rojiblanco si hubiera puesto pie en pared contra ETA y sus secuaces? ¿Quién pensó que entonces no tocaba y ahora, con la causa palestina, sí?
No esperamos ninguna respuesta. O sí. El 19 de octubre del año pasado el alpinista Martín Zabaleta gozó del privilegio de realizar un saque de honor en el césped de San Mamés. ¿Su éxito? Coronar el Everest. ¿Su pecado? Posar con una bandera con el anagrama de la banda terrorista para festejar la gesta. ¿Y qué hizo el club ante las críticas? Bloquear a los que, por redes, les afearon (les afeamos) tan lamentable falta de sensibilidad.







