Cuando el Real Madrid perdió por 4-0 contra el PSG el pasado 9 de julio, hubo pocos madridistas que lo advirtieran como una señal de alarma. Al fin y al cabo, era sólo el quinto partido con el nuevo entrenador y además la evaluación del torneo no se podía computar en la nueva época, sino en la anterior (esto se dijo o muy parecido). Esa condescendencia con el equipo era, en realidad, una galantería con Xabi Alonso, recibido con los brazos abiertos y un optimismo desbordante, no sé si en honor a su carrera en el Madrid o a su trayectoria en el Leverkusen, quizá ambas cosas.
Ya iniciado el presente curso, al encadenar el Real Madrid seis victorias en Liga (más un triunfo en Champions), los buenos presagios parecieron confirmarse. Tácticamente se celebraba la presión en campo contrario, novedad reconfortante, al tiempo que se elogiaba la gestión del vestuario, especialmente a la hora de proclamar (sin decir una palabra) el liderazgo de Mbappé por delante de Vinicius. Los fichajes también funcionaban como argumentos que reforzaban la idea de cambio positivo y prometedor. Que los rivales de la racha victoriosa fueran Osasuna, Oviedo, Mallorca o Real Sociedad (esta Real Sociedad) o Espanyol, no fue cuestión a analizar. La contundencia del triunfo, más aún si es repetido, no admite objeciones. Todo funcionaba a la perfección. Aunque no funcionara perfectamente. Ya en verano, parecía un tanto ingenuo pensar que las sucesivas ausencias de Kroos y Modric (jugadores de valor histórico) podían ser resueltas recolocando a Arda en el centro del tablero y dando confianza a Tchouameni. Eso vale para ganar partidos que ganarías casi siempre de una forma o de otra, pero no para engrandecer al equipo en la medida que resulta necesario. Ancelotti no era un botarate y sus defectos, que los tenía, no eran responsables del agotamiento del grupo. Dos laterales y un central no cambian significativamente la esencia del equipo, por mucho que nos encandilen las caras nuevas, o por mucho que festejemos la llegada de un lateral zurdo competente (veremos si excelente). Y qué decir de la presión. No se me ocurre recurso más elemental en su planteamiento básico, lo difícil es el desarrollo de la teoría: elegir los lugares, los tiempos y los jugadores, porque no todos los futbolistas sirven para presionar y algunos hasta parece que lo hacen recitando la lista de los reyes godos, tan forzados se los ve. En definitiva, el cambio no lo era tanto, si excluimos la lógica evolución de Mbappé después de un año de adaptación.
Para medir cuánto había de realidad y de optimismo desaforado había que pasar por el Metropolitano e importaba poco el estado de ánimo del Atlético, porque lo que estaba garantizado era un duelo de la máxima exigencia, de tensión, pasión y, si acaso, fútbol. A diferencia del Madrid, el Atlético es un equipo que ha cambiado mucho, aunque hasta ahora le haya lucido poco o nada. Pero en estos casos, no hay como un derby para reconocerse en el espejo.
Dicho todo lo anterior, la goleada del Atlético no fue producto de una superioridad avasalladora, lo que tal vez sea más preocupante para el Madrid. El invicto visitante no fue víctima de un huracán, sino de un equipo de un rango superior a los que se había enfrentado, únicamente eso. El ardor atlético se da por hecho y también es conocido lo que empuja esa afición; lo que sorprende más es la incapacidad del Madrid cuando se le torcieron las cosas al inicio de la segunda mitad (penalti cierto, pero debatible), la falta de carácter y la disolución final (añadan, si gustan, los cambios del entrenador). Ese equipo, solvente en la distribución y afiladísimo cuando el balón llega a Mbappé o Vinicius, entendió (espero que lo entendiera) que eso no es suficiente frente a un equipo muy duro y con más talento del que piensa Simeone. Siempre que el Atlético anule la carta de Mbappé con la de Julián igualará el pronóstico y el resto de lo que suceda dependerá de batallas secundarias, vencidas casi todas, en este caso, por los que ponían campo.
Permitan ahora una parada en Sorloth, hombre con tamaño de marquesina. De un tipo así no se deben esperar sutilezas, aunque de vez en cuando le salgan dos rimas buenas. Lo que hay esperar de un jugador como él es exactamente lo que hizo contra el Madrid, marcar y percutir de manera constante contra los centrales. Que ese muro se fuera al suelo fue, en gran medida, su responsabilidad. Que falle dos pases fáciles o se enrede en una bicicleta por la sencilla razón de que no sabe montar, son cuestiones menores. Lo que vale es la incomodidad que genera al contrario y los pasillos que abre. Dada su anatomía de planta siderúrgica, Sorloth también sirve como medidor de centrales curtidos y, en este sentido, Huijsen nos recordó que tiene sólo 20 años, tiempo insuficiente para que te brote un mostacho tupido.
Para el Atlético fue un triunfo terapéutico, al menos hasta el próximo partido que, para su desgracia, no será contra el Madrid. Más que cualquier otra consideración, la actuación de Julián es la que pinta un futuro de esperanza. Para el Madrid es un frenazo en mitad de la autopista, aunque juraría que el crédito del que goza Xabi es todavía mucho como para generar dudas existenciales. Eso sí, o le surge un aliado (¿Bellingham? ¿Jugó ayer?) o en la próxima curva cerrada tendrá el mismo sofoco.







