Hola Wilson. El destino es inescrutable y nos ha vuelto a poner en la misma tesitura que aquellos días en la isla. Afortunadamente, no nos pilla de sorpresa, pero sí me empiezo a plantear si en alguna otra vida anterior, debimos ser hermanos o familia política de John Mclane, y sus problemas con edificios, aeropuertos, calles o ataques cibernéticos. Una cosa es segura. Esta vez no me dejaré la barba. Ni te pintaré para poner caras a las conversaciones que manteníamos. Espero que me perdones que en tantas ocasiones los nervios me pudieran y la desesperación me llevara a darte el uso que tenías desde un principio. El rodar y rodar y rodar.
Ahora que las circunstancias se repiten y el confinamiento no se debe a un avión en una isla, sino a la falta de responsabilidad de la gente, me pregunto si los seres inertes pueden llegar a tener más raciocinio que los propios seres humanos. No llegaré al punto de hablar con la televisión, ni con la secadora, aún a sabiendas de que cuando suena un pitido más extraño de lo normal, significa que se ha vuelto a atascar, y por más que me enfade, no la lanzaré como lo hice contigo. Es un confinamiento, no un sanatorio mental. Aunque crea que a la gente, viendo la reacción de los últimos días, le haga falta pasar un tiempo por ahí.
Solo espero una cosa, querido Wilson. Que el tiempo que se pase en soledad, sirva para que la gente valore mucho más lo que tiene. Que todos los eslabones de valores que hemos ido perdiendo con el paso de los años nos pongan en cuarentena, no sólo en lo físico, sino en lo emocional, y que la tecnología, más allá de servir, no nos haga perder la perspectiva del gracias, del perdón, del ahí estaré y de las conversaciones cara a cara en las que la sonrisa es una fila blanca de marfil y no un icono amarillo en una pantalla de retina. Atentamente, tu amigo.
PD: Tom vuelve a estar confinado. Espero que esta vez vuelva a salir adelante.







