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‘El jinete pálido’: 1918, la epidemia que cambió el mundo

Los paralelismos con el presente resultan, eso sí, terroríficos. Por ejemplo, la dificultad inicial para discriminar la etiología.

Recomendar un libro sobre una pandemia de hace un siglo, justo ahora que la tercera ola coronavírica nos sacude con violencia, puede parecer temerario. No solo por la saturación evidente que impele casi inevitablemente a la huida al escuchar el tema —al fin y al cabo, la lectura es valorada hoy más que nunca por su facultad de evasión—, sino también por instinto literario de preservación. No en vano en los últimos meses ha surgido una legión de aprendices de Defoe deseosos de contar sus miserias aprovechando la peste como exótico banderín de enganche. Mas no teman, no es el caso del estupendo ensayo de Laura Spinney. Si mi criterio no les basta, sirva el argumento cronológico: fue publicado casi dos años antes de que el Covid se instalase en nuestras vidas.

El jinete pálido describe con paciencia y tesón todos los detalles de la pandemia de gripe que asoló el planeta en 1918, conocida como gripe española. Comenzando por la injusticia del origen de su apelativo: a pesar de que el primer paciente registrado en marzo de 1918, Albert Gitchell, era un cocinero de un campamento militar de Kansas, y de que los soldados estadounidenses extendieron la enfermedad por las trincheras europeas de la Primera Guerra Mundial, la prensa de los contendientes bélicos, convenientemente censurada, evitó dar pistas al enemigo ni dañar la moral de sus tropas. De modo que España, neutral en la contienda y más transparente en la notificación de los casos, hubo de asumir el falaz sambenito. Una anécdota menor, en cualquier caso, en medio del torrente de datos e historias que Spinney recopila, ayudada de una ágil prosa exenta de arabesco. No hay rastro de grasa en su escritura, y sin embargo el carácter ameno impide la necesidad de añorar algún párrafo anodino donde encontrar el resuello. La amplia experiencia como divulgadora en National Geographic, Nature, New Scientist o The Economist se halla presente en todo momento: el ritmo no se ve afectado ni en el breve inicio explicativo en el que aclara al lector neófito las acepciones precisas de conceptos como epidemia, pandemia o reservorio.

Los paralelismos con el presente resultan, eso sí, terroríficos. Por ejemplo, la dificultad inicial para discriminar la etiología. En aquella época, la teoría de los gérmenes ya estaba aceptada mayoritariamente en Occidente tras las enseñanzas de Pasteur y Koch, pero los virus aún constituían un territorio desconocido. Así, una nueva enfermedad infecciosa debía ser a la fuerza originada por una bacteria, lo que llevó a Pfeiffer a atribuir la culpabilidad a un bacilo de manera errónea —absténganse gracietas con el apellido del científico y la edad de la inocencia—. Por otro lado, la sintomatología inespecífica, similar a otras patologías, llevó a confusiones con terribles consecuencias; en Chile, bajo el convencimiento de que el mal venía del tifus transmitido por los piojos, se llegó a irrumpir en las barriadas pobres obligando a los habitantes más vulnerables a desnudarse y afeitarse el cuerpo, desalojándolos de sus casas en una estrategia que agravó la epidemia.

El despiste de los médicos llevó a recomendaciones contradictorias: en algunos lugares se aconsejaba llevar una mascarilla de gasa sobre la boca, pero las autoridades sanitarias no se ponían de acuerdo sobre si realmente reducía la transmisión —¿les suena de algo?—. A finales de octubre de 1918, en plena oleada de otoño, cuando se rociaban las estaciones de metro y los teatros de París con lejía, un periodista le preguntó a Émile Roux, nada menos que el director del Instituto Pasteur, si la desinfección era eficaz. Roux, cogido por sorpresa, respondió a bote pronto que era “completamente inútil”. En el ámbito de los tratamientos se recurrió al empirismo puro y duro —¿recordamos la hidroxicloroquina de hace unos meses?—, a priori algo comprensible, aunque conllevó auténticas barrabasadas contrarias al primun non nocere. Incluso entre las medidas unánimemente aceptadas como beneficiosas, como los confinamientos y cuarentenas, hubo discusión. ¿Qué espacios suponían un mayor riesgo? ¿Había que cerrar las escuelas? ¿Eran los niños un vector principal? ¿Llevarlos a clase aumentaba el peligro o por el contrario estaban mejor cuidados —y menos hacinados— en las aulas que en sus diminutos y apretados hogares? Los insultos y descalificaciones entre colegas resultaron contraproducentes, ya que minaron la credibilidad, a la postre la única herramienta terapéutica que un médico aún tiene a su disposición cuando todo lo demás falla.

Voluntarias estadounidenses de la Cruz Roja fabrican mascarillas en 1918. CORDON PRESS

En medio del caos hubo hueco para pequeños héroes. El comisario de sanidad de Nueva York, Royal S. Copeland, pudo establecer un sistema de notificación aceptable y tomó medidas contra las aglomeraciones; asesorado por Antonio Stella trató de minimizar el lesivo efecto del hacinamiento en los barrios de los inmigrantes italianos. En la región china de Shanzi, el gobernador Yen Hsi-shan y misioneros como Percy Watson supieron convencer a la población, anclada en el conservadurismo ancestral de la dinastía Qing, de medidas perentorias que salvaron miles de vidas. Otros territorios no tuvieron tanta suerte con la labor pedagógica: en Sudáfrica los trabajadores esclavos negros de las minas de diamantes de Kimberley se mostraron escépticos acerca de la repentina preocupación por su salud que el amo blanco presentaba, cuando habían estado en condiciones infrahumanas durante décadas. Aunque no hace falta irse tan lejos: el obispo de Zamora, Antonio Álvaro y Ballano, saboteó mediante la celebración de novenas, procesiones y otras ceremonias religiosas las medidas sanitarias que los políticos locales trataban de implantar, tarde y a destiempo —aún tendría su Excelencia la desfachatez de, pasada la carnicería, atribuir a sus rezos el fin del sufrimiento de sus conciudadanos—.

El libro de Spinney también reflexiona sobre cómo, pese al número elevadísimo de víctimas, la pandemia del 18 dejó escasa huella en el arte de la época. De manera genérica se atisba una ruptura con el romanticismo: una especie de vuelta a lo clásico en la pintura y escultura, una arquitectura que redujo su gusto por los ornamentos y se volvió más funcional, el auge de compositores como Stravinski, quienes trataron de sustituir el sentimiento por el ritmo… La autora juguetea con la posibilidad de que este corte abrupto fuera reflejo de una pérdida general del optimismo, si bien no deja de ser una hipótesis algo forzada. En la literatura, plumas supuestamente concienciadas como las de Hemingway, Dos Passos o Fitzgerald pasaron de puntillas sobre la candente actualidad, mientras que obras como La montaña mágica de Thomas Mann o De la enfermedad de Virginia Woolf sí abordaron, tangencial o nuclearmente, la pérdida de la salud.

Sea como fuere, el principal hilo que conecta aquella pandemia con esta es la conciencia de la vulnerabilidad humana, demasiadas veces olvidada en pos de una arrogancia absolutamente injustificada. La ciencia ha recordado a la fuerza la humildad que corresponde a su condición de partida: la búsqueda de la verdad es un proceso largo y tentativo, sometido al escrutinio y análisis constante. Únicamente tras la asunción de la extrema dificultad a la hora de hallar respuestas fiables uno puede encarar con garantía las preguntas. Y solo a partir de esa lucidez uno puede ser racionalmente optimista. Actitud que, por otro lado, se antoja indispensable para combatir a los atroces jinetes pálidos que tratan de asolar la Humanidad desde sus orígenes.

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