Toda la sabiduría táctica en torno al fútbol —ciencia que no niego, aunque me repele la pomposidad de los apóstoles del bloque medio— se puede condensar, de un tiempo a esta parte, en la capacidad de los equipos para presionar en campo contrario y en todas sus derivadas: elegir los momentos, la altura y las zonas, saber replegarse y guardar fuerzas para el siguiente asalto. La presión en campo contrario es una coreografía depredadora que pone a prueba la calidad técnica del adversario. Un defensa con mal pie es una cebra en el Serengueti. En sentido contrario, una línea defensiva con calidad y bien entrenada puede convertir el proyectil en boomerang. Nada mina tanto la moral de quien presiona como ser burlado sin esfuerzo (en el campo y en la discoteca) y nada expone tanto al equipo que adelanta líneas como perder efectivos por el camino. La teoría se puede complicar mucho más, pero sobre esta mínima base se puede navegar sin chocar con las rocas.
Como ocurre con todas las modas, esta no es recomendable para según qué cuerpos. Hay equipos que no están hechos para la presión, de la misma manera que hay equipos (la mayoría) que no están preparados para iniciar el juego desde el portero. Si algo nos ha enseñado el recientísimo Madrid-Barça es que adquirir destrezas es tan posible como perderlas. Teníamos al Madrid por un equipo poco dotado para la presión (fisonomía o pereza), pero el Clásico lo ganó apretando al Barcelona en su campo, y no con el arrebato conocido y catalogado cuando recibe en su estadio, sino con el orden que se ha empeñado en imponer el entrenador. De igual modo, teníamos al Barça por un equipo ágil en la fuga y atosigante en la presión, y nada de eso se vio en el Bernabéu, no queda claro si por las bajas, por la baja forma física de algunos elementos (Lamine y Yamal, mayormente) o porque todo se gasta. Alguien dijo que es más fácil ser amante que marido porque sólo tienes que ser ingenioso de vez en cuando y quién sabe si el desgaste seductor no valdrá también para los entrenadores.
Con esto no pretendo decir que el Madrid se comportara como una hidra presionante, no le hizo falta tanto, pero sí fue un equipo con un plan de asalto que utilizó para tomar ventaja y luego abandonó para mantenerla. Sin apoyo de la estadística, me atrevo a afirmar que el Madrid esperó más que abordó y eso, antes que una señal de agotamiento, fue un síntoma de inteligencia. Al menos, ante un Barcelona inoperante. Su impotencia ante la defensa madridista (ocho jugadores tan apretados como fichas del Stratego) fue tan llamativa como su dificultad para sacar la pelota de su campo en determinados momentos del encuentro. En lo primero tuvo mucha culpa Lamine —que apenas se atrevió con Carreras— y bastante menos Ferrán, que vivió tan embutido entre Militao y Tchouameni que hubo riesgo de embarazo. A un jugador como Lamine, además de descongestionar el mediocampo (lo hace con clase infinita), se le pide que encare y propicie situaciones de ventaja, que se pase la tarde llamando a la puerta. No lo hizo. Dejó perlas porque se le caen de los bolsillos (pase a Koundé), pero le faltó algo y por momentos dio la sensación de que era interés.
En los tomos que guardan todo el saber táctico del fútbol (no más de dos, escritos por Guardiola y Perarnau), hay evidencias tales como que reforzar el mediocampo suele ser fundamental a la hora de controlar un partido. Que el Madrid reuniera a Tchouameni, Camavinga, Bellingham y Arda (dos Transformers y dos creativos) fue clave para que sucediera lo que el entrenador tenía previsto, sin pasar por alto la aportación de Valverde desde el lateral derecho. Lo que muchos toman por un remiendo podría ser, esto sí, un descubrimiento táctico. Sólo hace falta liberarse del prejuicio que despierta la posición y aceptar que no es una degradación para Valverde, sino una oportunidad para ser todavía más relevante.
Si mencioné a Bellingham como centrocampista fue con toda la intención. Eso debe ser, no dicho como límite, sino como lugar de residencia desde el que explorar otros mundos. Como la asistencia a Mbappé o como el gol propio que no celebró con frenesí porque fue demasiado fácil, anoten la diferencia mis queridos niños. Y olviden por favor al árbitro y lo que vieron al final, esa riña plagada de sospechosos habituales.
El Madrid acabó con un fantasma, pero vendrán más. Ahora hay que observar cuánto corre el coche en las rectas y cómo resiste el sobrecalentamiento de algunas piezas, creo que ya me entienden.







