En la primera etapa hablamos de los nietos tontos y en la segunda hablaremos de los nietos listos. La espectadora que tiró a medio pelotón por invadir la carretera con una pancarta en la que saludaba a sus abuelos (“allez, opi-omi”, “vamos, abuelito y abuelita”) ha sido declarada en busca y captura. No por la gendarmería, sino por la organización del Tour, que pretende demandarla, se supone que para intimidar a otros cafres. Pero no teman los nietos del mundo. Su imagen ha sido limpiada por Mathieu Van der Poel. Debutó en el Tour con el firme propósito de rendir homenaje a su abuelo, Raymond Poulidor (1936-2019), y el segundo día de carrera ya lo ha conseguido. Venció en el Muro de Bretaña, señaló al cielo y se vistió de líder, algo que nunca logró Pou-pou, emparedado entre Anquetil, Merckx y el destino (fue tres veces segundo en el Tour y cinco tercero).
Si Poulidor hizo de la derrota una forma de eternidad (“si hubiera ganado un solo Tour nadie se acordaría de mí”), su nieto se ha propuesto convertir las victorias en objetos artísticos; ni uno de sus triunfos es normal, todos resultan extraordinarios, formidables. Ni siquiera la reincidencia nos prepara para sus exhibiciones. En esta ocasión calculó lo que necesitaba para ser líder: bonificar primero y vencer después. Y eso hizo como si no tuviera rivales, como si bastara la fórmula para resolver el problema. Una vez logrado el maillot que nunca vistió su abuelo, sería bueno que alguien le propusiera ganar el Tour que se le escapó. Nada parece imposible para un nieto tan diligente.
El éxito de Van der Poel no debería distraernos de otro hecho asombroso: Pogacar fue segundo en meta. El vigente campeón de 22 años no rehúye un combate. La sensación de que estamos ante la edad de oro del ciclismo es tan poderosa que cuesta mucho tener paciencia y esperar a que todos ellos ganen lo que apuntan. Es posible que Roglic, que llegó a su rueda, se pregunte cada noche qué ha hecho para merecer esto. De no haber coincidido con semejante generación de genios precoces sería el gran dominador del ciclismo mundial. Es posible que Poulidor se sintiera igual, hasta que entendió que hay más caminos. No se trata de ganar, sino de permanecer. En el recuerdo del mundo o en el corazón de un nieto.








