El cineasta Iñaki Arteta acaba de denunciar que la placa en recuerdo a Modesto Carriegas, víctima de ETA que vivía en su actual casa, ha vuelto a ser vandalizada. Si el primer ataque, en febrero de 2024, fue con una pintada de una esvástica, ahora, como en varias ocasiones precedentes, el autor la ha mancillado con restos de comida. 

Carriegas, de 47 años recién cumplidos, estaba casado, tenía cinco hijos y era director de una sucursal del Banco Hispano Americano. Meses antes de su asesinato, en enero del 79, ya había sufrido un atraco y un secuestro a manos etarras, cuando tras sustraer 10 millones de pesetas en su sucursal, le llevaron de Baracaldo a Bilbao, donde fue liberado horas después en un bar. Pero el 13 de septiembre su suerte no tomaría el mismo camino. Dos pistoleros, agazapados en la escalera que bajaba al sótano de su vivienda, le dispararon en la cabeza y el estómago antes de huir. Poco después, ETA asumió la autoría del atentado y envió una carta a la familia instándoles a abandonar Baracaldo. Jamás se detuvo a ningún culpable del crimen. 

Donde sí hay responsables, todavía presuntas por la vía legal, es en la tragedia de Sandra Peña, la niña de 14 años que hace pocas fechas se quitó la vida tras no superar el hostigamiento de sus compañeras. “No quedaréis impunes”, “Dar (sic) la cara, asesinos” y “Justicia o venganza” son sólo algunas de las pintadas que han aparecido en el colegio de la fallecida. Unos hechos, junto al señalamiento por redes sociales, donde se han publicado las fotografías y los datos personales de las tres acosadoras, que tienen en guardia a la Policía y a las familias, que pretenden evitar una escalada de revancha y violencia.

Dos casos y un denominador común, el odio. En el primero, no contento con que los suyos arrebataran la vida a un señor por el mero hecho de pensar diferente (Carriegas fue número dos en la lista del partido Unión Foral, formación federada a Alianza Popular), un vecino que Arteta ya tiene identificado vuelca su bilis sobre su recuerdo, inserto en el suelo junto a una alcantarilla (pero este es otro tema). En el segundo, quizá por la culpa de no haber percibido antes el calvario de Sandra, o posiblemente por limpiar el remordimiento de no reaccionar a tiempo, algunos están reaccionando con la misma moneda que causó la desgracia. Ya saben que el mal siempre triunfa cuando el bien no hace nada. 

Por suerte, del mismo modo que las familias de las víctimas etarras, la de Sandra Peña está ofreciendo una lección de entereza, sensatez y civismo. Anuncian que irán hasta el final, pero siempre del lado de la justicia y abrazados a una sola máxima: “Que nadie pase por esto”. Ojalá esa frase tuviera algún día carácter retroactivo.

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