Ningún futbolista ha confesado, ni parece que lo hará nunca, una conjura con el temerario objetivo de hacer la cama al técnico. Todos, al deslizar la cuestión, ponen la profesionalidad de por medio y se defienden con el escudo de que nadie goza con la derrota. Y puede que estén en lo cierto —ante todo por lo segundo—, pero no debemos pasar por alto su actual poder y capacidad de convertir el catre del entrenador en un lugar muy incómodo. Seguramente, claro está, no al modo de la Democracia Corinthiana, aquel insólito movimiento que Galeano recoge en Cerrado por fútbol. Según relata, todas las decisiones que se tomaban en el Corinthians —contrataciones, esquemas de juego, métodos de trabajo o distribución del dinero— dependían directamente del consenso del vestuario, con Sócrates a la cabeza. Aunque efímera (82-84), la experiencia fue un éxito en lo deportivo: ganaron los dos torneos paulistas.
Sin llegar a ese extremo, como decimos, el futbolista profesional de hoy guarda poco ningún parecido al de hace algunas décadas. Y no digamos ya con el de los tiempos en los que eran literalmente mercancía de los clubes, que con una mínima subida de sueldo (10%) podían disponer de sus servicios a perpetuidad. Derecho de retención era su significante, aunque el significado se asemejara más a la servidumbre.
El agente de futbolistas Ryan Harper, en una entrevista concedida a El Mundo, abre la mirilla sobre la situación actual: “Los jugadores son una empresa. Hace 20 años muchos iban a entrenar, volvían a asa y se acababa su día. Ahora eso es lo raro. Todos están con nutrición, coaching deportivo, analizan sus partidos, tienen masajistas, preparadores, gimnasios, quieren información sobre lo que hacen otros…”.
Así que no es extraño que con tanta actividad y entorno (ya lo advirtió Cruyff), los jugadores puedan llegar a pensar que parte del escudo que defienden les pertenece hasta el punto de poner sus intereses, gustos y estados de ánimo por encima del bien colectivo.
No es ningún misterio que el propio Xabi Alonso, al que se le esperó con la ilusión con la que se aguarda a la novia a la puerta del instituto, ha tenido que trabajarse la confianza de sus pupilos a base de charlas y reuniones conjuntas e individualizadas. Por lo visto, sus métodos analíticos y salpimentados de un vídeo para todo, no gustaba a los muchachos, más habituados al dejar hacer del predecesor del tolosarra. Y así lo admitió Thibaut Courtois después de la victoria en San Mamés: “La relación a veces va un poco peor, a veces un poco mejor… pero nunca hemos pensado en no estar bien con él”. Quizá hayan caído en la cuenta de que al fútbol se gana remando y no buceando cada uno en su burbuja. Lo veremos.
Pero esto de que un vestuario cale con ojo de halcón al recién llegado y tuerza el gesto cuando le incomoden su costumbres, como imaginarán, no es novedad. Según ha contado Mikel Lasa en El País, ya en los tiempos de Floro, cuando el técnico introdujo la figura del psicólogo y actividades poco habituales por entonces (hablamos de principios de los 90), los jugadores cumplían con ellas, pero nunca las llegaron a tomar en serio ni por asomo. Y la cosa salió como salió.
El contrapeso al poder del vestuario, los titulares del banquillo, también tienen su parte en esta historia. Nunca fue lo mismo levantar la voz ante Helenio Herrera, Capello, Guardiola o Mourinho que buscar la comprensión de los que apuestan por vía Molowny. Ya saben, tipos como Del Bosque, Zidane o Ancelotti.
Lo cuenta José Emilio Amavisca respecto a su experiencia con Jorge Valdano, que pasó de descartar al cántabro a situarlo en la cúspide de aquella fabulosa Liga 94/95: “Un tío que es el entrenador del Real Madrid se puede permitir los lujos que le dé la gana; si me dice que no voy a jugar nunca, le basta con no ponerme y ya está (…) Zamorano y yo tenemos mucho que agradecerle a Valdano, porque, si él no da su brazo a torcer, estamos los dos fuera del Madrid”.
De brazo torcido, pero harto de levantar títulos, sabe mucho Ancelotti, siempre fiel a su idea de que el diálogo es el mejor camino hacia el éxito. En su último libro, El sueño, cuenta cómo modificó su idea de juego al llegar al Madrid tras una conversación con la estrella del equipo: “Pensé en volver a mi antigua preferencia de 4-4-2 y que Ronaldo jugara con Benzema como doble fuera en la delantera. Sin embargo, después de hablar con Ronaldo, pronto quedó claro que prefería jugar en una posición abierta y atacar desde ahí. Si era lo que quería, no era cuestión de decirle que cambiara”.
Entonces, ¿cómo saldamos el eterno debate sobre la autoridad del entrenador y el poder de los jugadores? Pues poniendo a Panzeri y su apuesta por la recuperación de “las camarillas” encima de la mesa. Pero no en el sentido de influencia negativa que suele adjudicársele, sino como “núcleo de tres o cuatro jugadores, los de mayor predicamento espiritual y capacidad futbolística dentro del equipo, que señala normas al resto de sus compañeros”. Quizá no sea demasiado tarde.







