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De Coubertin a Enriqueta Basilio: la lucha por la igualdad

Barón de Coubertin
Barón de Coubertin

Las mujeres sólo tienen una labor en el deporte: coronar a los campeones con guirnaldas”. La minusvaloración de la mujer no es cosa de hoy y la machistada es obra del Barón de Coubertin, ideólogo de los Juegos Olímpicos Modernos. El buen varón falleció en 1937… y se hubiera muerto de nuevo si hubiera visto cómo en México 1968 una mujer era la última relevista de la llama olímpica y la encargada de encender el pebetero. Fue Enriqueta Basilio, atleta mexicana, la mujer que hizo historia en un año en el que se quiso cambiar el mundo. Por desgracia, el mundo cambió poco, sobre todo para las mujeres, y hubo que esperar hasta Sydney 2000 para que otra mujer (Cathy Freeman) tuviera tal honor. Demasiados años en los que se predicaba con la igualdad formal, pero en los que la igualdad nunca era real ni efectiva.

Las mujeres tuvieron que recorrer un arduo camino en el mundo del olimpismo (y en el mundo en general) hasta llegar al momento del pebetero en México 68. Todo comienza, claro está, con el Barón de Coubertin. Hijo de una época en la que el espacio social de la mujer estaba reducido a un trabajo reproductor, el Barón se negó desde un inicio a que las mujeres participaran en los Juegos por considerar que el deporte practicado por las féminas no era «práctico, estético o interesante, además de incorrecto». Basaba su argumentación en su defensa acérrima de que la restauración de los Juegos debía estar profundamente influida por los de la época clásica, en los que sólo participaban hombres. Desconocemos si también pretendía que los contendientes marcharan por los estadios desnudos, como ocurría en la Grecia clásica.

Su negativa fructificó en los primeros Juegos Modernos (Atenas 1896), pero la presión social fue mayor de la esperada y en la segunda edición (París 1900) las mujeres pudieron participar en dos pruebas: tenis y golf. Aquello fue una revolución, pero una revolución inacabada. Eran deportes que se consideraban «adecuados» para las señoritas: poco agresivos, sin contacto ni movimientos bruscos que alteraran la salud y que no masculinizaban sus cuerpos, preocupación fundamental de los señores en los albores del deporte moderno. Hubo que esperar a Estocolmo 1912 para que las mujeres participaran en las competiciones de natación y a Amsterdam 1928 para que lo hicieran en atletismo. 14 y 30 años para que las mujeres pudieran participar en las dos pruebas estrellas de los Juegos.

Alice Milliat
Alice Milliat

Pero parémonos un momento en aquel Amsterdam 1928. Y para ello recordemos la figura de la pionera Alice Milliat. En el contexto histórico-social de la I Guerra Mundial, en el que los hombres estaban en el frente y las mujeres en las fábricas, Milliat fundó en 1915 el “Club Femenino de París”, origen de lo que en 1917 fue la “Federación de Sociedades Femeninas de Francia» (FFSF). Descontenta con el trato del COI a las mujeres organizó en 1922 los I Juegos Mundiales Femeninos en París y unos segundos en Göteborg, cuatro años más tarde (1926), bajo el auspicio de la Federación Internacional Deportiva Femenina (FSFI), que se creó en 1921. El éxito de los juegos y la amenaza de lo que más temía Coubertin, la división del movimiento olímpico, forzaron a que tanto COI como IAAF (Federación Internacional de Atletismo) ampliaran progresivamente el programa olímpico a las mujeres, sobre todo en las pruebas de atletismo, como ocurrió en 1928. La FSFI se disolvió en 1938, una vez que consideraron que sus objetivos de inclusión ya estaban cumplidos. Pecaron de ingenuidad.

Con la ampliación sucesiva del programa olímpico al deporte femenino se llegó a 1968. Hay que advertir en este punto que dichas ampliaciones no siempre surgieron de la buena voluntad del COI o de su deseo de equiparación del deporte masculino y femenino. El mundo dividido en dos bloques que surge tras la II Guerra Mundial lleva su Guerra Fría a cualquier ámbito, también el del deporte. Y en la lucha por ver quién encabeza el medallero, tanto EE UU como la URSS pidieron la inclusión de cada vez más deportistas (hombres o mujeres)  para sumar más metales. La guerra es la guerra.

En México 68 la participación femenina fue del 15% en las nueve (de un total de 22) pruebas en las que se las permitió participar, según los datos del COI. Pero la noticia, antes de la competición, estuvo en el pebetero y en Enriqueta Basilio. El contexto social del año es bien conocido. Mayo del 68, la primavera de Praga, la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos… Año clave en lo político, pero en el que el feminismo se diluye. El relato sesentayochista ha sido dominado por los hombres y el discurso o las reivindicaciones feministas ni estaban presentes ni se pedían.

Enriqueta Basilio

Así la decisión de que una mujer fuera la última relevista y la encargada de encender el pebetero se entiende como un símbolo, pero, ni mucho menos, un símbolo político o reivindicativo. El Comité Organizador quería sorprender en la ceremonia de apertura: «Ellos lo que querían era cambiar la tradición. Querían a una mujer, pero no sabían a cuál», declaró la propia Basilio en una entrevista a la BBC. En una elección en la que primó la imagen, Basilio cumplía todos los requisitos: atleta, mexicana, joven y, pese a que no tenía experiencia olímpica previa, era lo suficientemente conocida por sus desempeños deportivos. Aunque era la candidata ideal a Basilio le sorprendió su elección: «Les dije que como siempre habían sido hombres había otros para hacerlo como Felipe Muñoz, (el primer mexicano en ganar una medalla de oro en natación). Me preguntaron ‘qué piensas’ y dije ‘pues no sé’, hasta que en una conferencia de prensa dieron el aviso de que iba a ser una mujer y de que era yo».

El símbolo y la imagen se exportó con facilidad y Basilio ha sabido apoyar con su foto los mensajes reivindicativos posteriores: «No era únicamente yo, eran las mujeres de México y de todo el mundo. Creo que no solamente encendí el pebetero olímpico, encendí el corazón de las mujeres, la lucha por la justicia, por la equidad; la lucha por la igualdad». 

La igualdad formal no se logró hasta Londres 2012, los primeros juegos en los que las mujeres participaron en todas las disciplinas. El Movimiento Olímpico, por fin, impone como requisito fundamental que las pruebas sean para ambos sexos y la Declaración de Brighton en 1994 (actualizada en Helsinki en 2014) es la línea oficial a seguir para luchar contra las desigualdades y discriminaciones por razón de sexo en el deporte. El camino recorrido ha sido difícil y lo seguirá siendo hasta alcanzar la igualdad real y efectiva, pero cuando se alcance habrá que recordar que Enriqueta Basilio fue una de las pioneras que encendió la llama de «la lucha por la justicia». 

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