Para algunos, Arda Güler no pasa de la categoría de «zurdo con detalles» (el interesado reconocerá rápidamente su definición). Para otros, el turco se ha ganado un puesto en la rampa de jugadores imprescindibles del Madrid de Xabi Alonso. Los primeros aducen que, en la comparación con Pedri, el madridista queda muy rezagado; los segundos, sin dejar volar ninguna campana, ponen sus esperanzas en un tipo que ha demostrado el suficiente virtuosismo como para generar un pico de ilusión. No me negarán lo sugestivo del debate, así que encendamos la luz a ver qué hay en la habitación.
Comencemos apuntando alto, justo en la cabeza, donde vive la confianza. En una reciente entrevista en L’Equipe, Güler (20 años), reveló lo que Xabi Alonso piensa de él: «El primer día me dijo: “Sé que lo tuyo es instintivo, que eres un guerrero en el campo”». Pero sobre todo evidenció un punto clave, hasta dónde estaría dispuesto a llegar por las ideas su entrenador: «Confío plenamente en sus planes: si un día me pide jugar de portero, me compro unos guantes».
El turco, después de dos años de dura mili con Ancelotti (más proclive a inclinarse por su guardia pretoriana), ahora sí nota el favor de sus jefe, y eso se percibe en el césped. Güler ya se divierte, busca la pelota, se mueve, inventa espacios, seduce y aguijonea. No le pesa la camiseta.
Uno de los mayores expertos en inteligencia emocional, Daniel Goleman apunta: “Los líderes con empatía hacen algo más que simpatizar con las personas que los rodean: utilizan su conocimiento para mejorar sus empresas de maneras sutiles, pero importantes”. Y esto es lo que parece haber conseguido Alonso con una de las piezas más singulares de su plantilla. No sólo se ha ganado su aprecio, sino que lo ha persuadido sobre el objetivo común y su función capital en su consecución, logrando así lo más valioso en una guerra, que el soldado dé la vida por su general.
Sigamos con la que esta gestándose como una conexión cautivadora para los propios y mortal para los extraños, la de Güler y Mbappé. Nadie mima y comprende mejor al francés que el centrocampista de Ankara. Si el 10 nunca había firmado un inicio detemporada con números tan deslumbrantes, 11 partidos seguidos viendo puerta, algún mérito debemos apuntar a la cuenta de Güler, autor de cinco pases de gol al delantero.Lo de Getafe, cuando el tanto sólo llegó al juntarlos en el campo, es sólo la última evidencia del privilegio que supone disponer de dos futbolistas que comparten el idioma de los genios.
Si las sensaciones y los números (tres goles, además de las asistencias mencionadas) no son suficientes para los que todavía desconfían del turco, podemos hacer el ejercicio de los méritos al revés, esto es, repasar qué no hubiera conseguido el Madrid hasta la fecha sin Güler en el verde. Contra el Oviedo, Mbappé hubiera sumado un gol menos. Frente al Mallorca, el Madrid habría tenido que buscar otro recurso o invocar a la tremenda para iniciar la remontada. En Anoeta, quizá la victoria sería un empate, que es el resultado que imperaba hasta que lo desequilibró Güler. Y contra el equipo de Bordalás, lo dicho: entró Güler y, casualidad, se apareció el gol.
Lo que nadie puede negar es que cuando el turco agarra la pelota se abre la posibilidadde que pasen cosas diferentes, casi todas en interés del espectáculo y a favor del Madrid. Es como salir de noche en tu mejor momento. Y eso ya es bastante decir atendiendo a la fase de construcción en la que se encuentra el equipo, carente todavía de los suficientes automatismos en ataque y de la solidez constante y necesaria en defensa. Un estado de cocción donde los jugadores diferenciales —Mbappé, Vinicius, Güler— deben levantar la mano, apuntar el pie y sumar mientras llega el máximo rendimiento.
Una de las anécdotas más divertidas e instructivas que cuenta Valdano le sucedió en su primer enfrentamiento con Johan Cruyff, cuando todavía vestía los colores del Alavés. Mientras un jugador blaugrana recibía asistencia médica, solicitada por el holandés, que “gobernaba los partidos por encima del árbitro” según cuenta el argentino, este se le acercó y le espetó a Cruyff, que se quedara la pelota que llevaba bajo el brazo y les facilitara otra a los demás para que así pudieran divertirse. Sin inmutarse, la respuesta de la estrella holandesa da para un tratado de fútbol y liderazgo:
—¿Tú cómo te llamas?
—Jorge Valdano.
—¿Y qué edad tienes?
—Diecinueve.
—Pues a Johan Cruyff, con 19 años, se le trata de usted.
Quizá sea eso, rebelarse ante rivales de tronío, lo que le falta a Güler para terminar de inclinar la balanza de los desconfiados y ganarse el respeto total de una afición que por algo es la más exigente del mundo. Lo veremos.







