A principios del verano del año 55 a.c., César, después de trajinarse a todo pueblo que le salió a su paso en la conquista de las Galias —helvecios, suevos, nervios, atrebates, viromanduos, bellovacos, vénetos, téncteros, usípetes (belicosos desde su propia denominación)— se plantó a orillas del Rin, frontera “natural y profunda” con los germanos. El procónsul, habituado a calibrar su presente con miras de futuro, no dudó en ordenar la construcción de un puente, tarea inédita, suicida y audaz, para ir más allá de la tierra conocida para los romanos. 

La obra se finiquitó en 10 días —ríase del asfaltado de la carretera de su pueblo— y la expedición, en 18. Tras unos saqueos por allí y alguna quema de aldeas por allá, César consideró cumplida la misión, por lo que ordenó regresar y desmontar el puente. Aquella expedición, en apariencia estéril, resultó en realidad una oda a la estrategia militar y política: a partir de entonces, los bárbaros de más allá del Rin vivieron con la intranquila conciencia de que Roma podía invadirlos cuando quisiera, con una rapidez y un ingenio fuera del alcance de la caballería más aguerrida.

Más de dos mil años después, la decisión de César bien podría asimilarse con la escritura o la edición de libros, sin duda una apuesta por el arcabuz en mitad de una batalla de drones.

España publica 89.347 libros al año, según los datos de Cultura correspondientes a 2024, lo que supone una media de 247 al día. Pero no se dejen engañar por las presuntas encuestas sobre los índices de lectura, preñadas de bienquedismo o directamente dirigidas desde el sector para animar en negocio. Seamos claros. Nuestro país se parece más a Paco el de Móstoles —que me perdonen en Alcorcón— o Paqui la del quinto, tipos y tipas de oído sordo, lengua atrevida y creciente alergia al papel y las letras. 

Así que para el escriba suicida y el romántico editor no queda otra salida que la vitamina de las citas inspiradoras. Hay mil sobre el asunto. Nos quedaremos con tres. La intensa («Escribir es una forma de terapia; a veces me pregunto cómo se las arreglan los que no escriben, cómo se las arreglan para soportar la vida», Graham Greene), la aspiracional («Un escritor profesional es un amateur que no se rinde», Richard Bach) y la que despeja cualquier signo de altivez («Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído» Jorge Luis Borges). Sírvanse la que deseen.

Si Steven Tyler lo clavó con aquello de que “el amor es una dulce tristeza”, podemos aproximar la escritura como la forma más hermosa de la frustración. Pero antes de desesperar, nos agarraremos al cinismo de Bukowski: “Es cuestión de resistencia. He vivido mucho más que muchos de los editores que me rechazaron” (La enfermedad de escribir). Porque sin eso no habría puentes ni libros.