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España, campeona del mundo

Lo han vuelto a hacer. La Selección española de baloncesto ha ganado por segunda vez el Campeonato del Mundo de baloncesto y la conquista, igual que hace trece años resulta descomunal, por imprevista y plagada de dificultades Digo que lo han vuelto a hacer porque no pienso distinguir las caras nuevas de las viejas. Los nombres cambian, pero el equipo permanece inalterable. Es lo que Sergio Scariolo denomina “legado” y tiene origen en los Juniors de Oro y su título mundial de hace 20 años en Lisboa. Sí, en 1999 empezó todo. En el baloncesto y en el fútbol, ustedes verán si creen en las coincidencias. Ese mismo año, otra Selección, la de Xavi y Casillas, se proclamó campeona mundial en Nigeria y también dio aviso de los éxitos que estaban por venir.

Pero no es momento de ejercitar la memoria, ni de establecer conexiones que nos llevarán a Barcelona 92, sino de disfrutar del presente. España venció a Argentina por 75-95 y ahora sabemos que el oro se ganó en semifinales, después de doblegar a Australia tras dos prórrogas. Sucedió igual en el Mundial de Japón. La final contra Grecia resultó casi un trámite (70-47); fue vencer a Argentina lo que nos hizo sentir campeones, inmunes a cualquier desgracia (incluida la fractura de Pau). Es lógico. Quien sobrevive a un accidente aéreo, repuesto del shock, se imagina bendecido con alguna clase de inmortalidad. Y el deporte, instalado en la permanente exageración emocional, no es demasiado distinto a la vida.

Igual que hace trece años, el partido se nos puso de cara desde el primer instante (0-7) y, a pesar de la reacción argentina (13-14), la Selección volvió a estirar su ventaja sin que se notara el más mínimo atisbo de miedo (14-31). Estoy por decir que eso, la confianza, lo ganamos en 1999, aun antes que la medalla, aunque habrá quien me recuerde otros hitos anteriores y seguramente fundamentales: el triunfo ante Estados Unidos en el Mundobasket 82, la victoria ante la URSS en el Eurobasket 83 o la plata en los Juegos de Los Angeles 84. Es verdad que en esos años se produjo la gloriosa eclosión del baloncesto español, consolidado como segundo deporte nacional, pero yo creo que aprendimos a ganar en 1999, pues entonces la hazaña se convirtió en oro.

Tampoco es importante detenerse ahora eso. Lo relevante es que el equipo no se inmutó por ninguna de las reacciones argentinas, propiciadas a base de coraje y de cierta permisividad arbitral. Con sol o con lluvia, la Selección proseguía con su discurso: atentísimos en defensa y acertadísimos en ataque. Atrás quedó la escasa fluidez ofensiva de partidos anteriores. Nunca lo vimos tan claro como en la final, no hay más que ver el reparto de puntos, y valga el plural mayestático para señalar a Sergio Scariolo, principal responsable de la evolución del equipo, culminada en la final.

El partido transcurrió sin sobresaltos hasta que Argentina se situó a doce puntos (66-78) a falta de 4:59. Nadie tembló sobre la cancha, aunque nos estremecimos fuera (nuestros complejos siguen intactos). Sobre el parqué superioridad era aplastante y estoy por decir que los argentinos eran los primeros convencidos. Un dato: Scola anotó su primer punto a 3:29 de la finalización del tercer cuarto. España respondía a cada acercamiento con una frialdad finlandesa, como un adulto que pone distancia con el extraño que se toma excesivas familiaridades.

Es difícil destacar a un protagonista principal. Unas veces cabalgamos a lomos de Rudy (11 puntos y 10 rebotes) y otras a la grupa de Marc (14). Con Ricky (20) y Llull (15) nos sentimos siempre en buenas manos y Willy (11) completó su mejor actuación en el campeonato en el momento decisivo. En el último minuto, y con Argentina rendida, Scariolo hizo entrar en la cancha a Colom, Rabaseda y Beirán, justo reconocimiento a la clase media del baloncesto español, la que nos ha traído hasta aquí a través de las ingratas ventanas.

Cualquier equipo campeón provoca una afinidad sentimental con el aficionado. Sin embargo, ahora y en 2006, lo que nos une con la Selección de baloncesto es algo más que el éxito. Es muy fácil identificarse y enorgullecerse del grupo, del actual y del anterior; igual de fácil es disculpar a los que no vinieron por unas razones o por otras. En los jugadores no hay la arrogancia de otros ganadores, ni el menor ánimo de venganza contra quienes criticaron o dudaron. La impresión de que son amigos se transmite de manera natural, con la misma naturalidad que el entrenador dirige sin darse excesiva importancia. No solo ganan lo que deseamos ganar; son como nos gustaría ser. Y esa corriente fluye desde 1999 con la maravillosa sensación de que siempre nos bañamos en el mismo río. 

Juanma Trueba
Juanma Trueba
Periodista, ciclista en sueños, cronista de variedades y cinéfilo (sector La La Land). Capitán del equipo para que le dejen jugar. Después de tantos años, sigue pensando que lo contrario del buenismo es el malismo. Fue subdirector del diario AS hasta que le tiraron del tren. Luego se lanzó a una aventura a la que puso por nombre A la Contra, ahora El Contrario.
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