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Francia y el relato de la victoria

Decía Aimé Jacquet, el último seleccionador galo que levantó la Copa de Mundo, que el deporte es el aprendizaje de la injusticia. Y parece bastante injusto reclamarle al fútbol que solucione todos los problemas de la sociedad, que el balón salte a otros terrenos de juego y marque goles que los políticos, los economistas o los agentes sociales no son capaces de conseguir. Uno de los mitos más extendidos dentro y fuera de Francia es aquel que reza que el espíritu del 98, el de la Francia multicultural y campeona del mundo cosió al país y le otorgó una identidad nacional a través de la pelota. El mítico Black, Blanc, Beur (Negro, Blanco, Árabe) que sintetiza las tres etnias más numerosas en el país fue el discurso construido por los políticos a partir de ese triunfo. Un discurso que cuenta con tantos altibajos como han tenido los Bleus en estos últimos 20 años y que ahora resurge en su versión 2.0 cuando el gallo está a punto de cantar victoria.

Más allá de los Pirineos hay una generación del 98 que escribió sus mejores versos sobre el césped. Ellos también venían de perderlo todo. Ausentes en los dos Mundiales anteriores y heridos en el orgullo tras agotar sus ilusiones en sendas semifinales, bajo el mismo verdugo de siempre, Alemania. A las puertas, una Copa del Mundo en casa en la que el anfitrión no podía defraudar. Y una generación que hacía albergar esperanzas a los suyos. A los mandos estaba un ambicioso Aimé Jacquet que trazó un plan de cuatro años basado en crear una base de jugadores que dotaran al equipo de carácter y contundencia física, empezando por la defensa. Allí sobresalían entonces Thuram y Desailly por músculo y disciplina táctica, junto a Blanc y Lizarazu, que daban un mejor trato a la pelota. La extensión de Jacquet sobre el campo sería Deschamps, al que rodearía de jugadores más técnicos o más tácticos en función del rival.

Pero las similitudes con la Francia 2.0 no cesan ahí. En aquel combinado también había rebeldes, concretamente dos, que por situaciones extradeportivas no acudieron a su Mundial. Sus nombres rezuman todavía hoy calidad y carácter a partes iguales: Eric Cantona y Jean-Pierre Papin. No obstante, aquella Francia concentraba las mayores cuotas de talento en la parte ofensiva. Zidane y Djorkaeff son los Griezmann y Mbappé de hoy. Giroud es Guivarch. Junto a los Petit, Karembeu, Dugarry y compañía tuvieron que lidiar con la presión de la expectativas a medida que avanzaba el torneo. Un torneo condicionado en cualquier caso desde el sorteo, como nos contaría mucho tiempo después Platini, para que los galos no se vieran hasta una hipotética final con la flamante por entonces Tetracampeona del Mundo, Brasil. Después de que un cabezazo de Blanc y el único doblete en la trayectoria de Thuram (Saint Denis terminó cantando Thuram Presidente) les llevara a la final, Zidane se convertiría en el héroe del pueblo, beso al gallo incluido.

Acción-reacción. La sociedad francesa desatada por el éxito futbolístico intentó trasladar aquello a todos los estratos sociales, político, mediático y económico. Como bien demuestra el magnífico documental de Netflix Les Blues, une autre histoire de France aquello duró poco en el tiempo. Es cierto que cambió la imagen de los jugadores, los futbolistas aumentaron su presencia pública y se convirtieron en iconos mediáticos de la sociedad francesa. Desde la política se apoyaron en este título para vender una supuesta unidad nacional con la que opacar las múltiples diferencias existentes y las brechas salariales y de integración que existían entre los franceses y los hijos de emigrantes que habían nacido y/o crecido ya en territorio galo. Aquella victoria también incrementó la presencia de dirigentes y políticos en los palcos de los estadios, algo poco habitual antes de 1998 y las visitas se produjeron en ambas direcciones. Hoy todavía nos seguimos extrañando al recordar al pulcro y tímido Zidane reclamar el voto para Chirac en las elecciones del 2002. Chirac, claro está, ganaría sobrado la segunda vuelta frente al ultraconservador Le Pen.

Antes y después de aquello los intentos de reconciliación, integración y asimilación de las diferentes culturas y religiones en Francia han seguido mostrando grietas. En 2001 se terminó suspendiendo un partido entre los Bleus y Argelia celebrado en Saint Denis. A los pitos a La Marsellesa, le siguió un contundente 3-1 galo que terminó con la paciencia de muchos franceses de origen argelino que posteriormente saltaron al campo y provocaron el caos hasta la suspensión. Todo ello ante los ojos expectantes de los mandatarios, que tras varios descalabros (Mundial 2002, Euro 2004) intentaron reactivar la vía nacionalista a través del fútbol. Lo consiguieron a medias en 2006, en los últimos coletazos de Zidane, convertido en héroe y villano en algo más de 120 minutos, despidiéndose como el protagonista de Los 400 Golpes de Truffaut, en una huida sin premio y sin balón.

La estrategia mediática y política variaría en las siguientes citas deportivas con un clima muy enrarecido en las calles francesas, donde las revueltas en los suburbios y las protestas organizadas eran ya habituales. La integración flaqueaba y la Selección era una vez más reflejo del país. Los resultados eran cada vez más discretos y la magnífica generación del 87 (Nasri, Benzema, Ben Arfa o Menez) encumbrada desde categorías inferiores no consiguió dar el salto definitivo en su edad adulta. Al sufrimiento para clasificarse, mano incluida de Henry, le siguieron críticas desaforadas, pidiendo incluso desde dentro de Francia la eliminación de los galos por falta de juego limpio. En ese ambiente enrarecido entre escándalos sexuales (Caso Zahía) y expulsiones (Nicolás Anelka) llegaron los boicots de parte de los jugadores y la ruptura del vestuario ya en pleno Mundial de 2010. Rápidamente aquello se explicó como una reacción soberbia de unos niñatos que no valoraban nada, una banda de racailles (que significa delincuencia a pequeña escala) se les definió en la prensa francesa. En realidad los dos bandos respondían a las dos facciones más representadas en el vestuario galo: los franceses de clase media alta (Lloris, Gourcouff, Toulalan) frente a los jugadores de raza negra crecidos en los suburbios.

Para salvar la situación se recurrió a un héroe del 98. Laurent Blanc fue el primer intento de reconducir y encauzar el talento galo. El fino defensa central se encargaría de sentar las bases y depurar responsabilidades con los escándalos pretéritos. Aunque fue la segunda vía, la mano de hierro y el ejecutor sobre el terreno de aquella Francia campeona quien terminaría el trabajo. Didier Deschamps marcaba la pauta dentro y fuera del terreno de juego hace 20 años. Curtido en el competitivo fútbol italiano de la década de los 90 era todo un estandarte de la Juventus cuando levantó la Copa del Mundo en 1998. Por eso no le tembló el pulso cuando casi dos décadas después acudió a la llamada de su país. El gran salto de aquella Francia, la que se bordó por primera vez la estrella en el pecho, fue dejar de lado el fútbol preciosista y aclamado por la crítica para insuflar a sus partidos una competitividad feroz. Ya no importaba tanto el convencer ganando de la etapa Platini, como ganar a cualquier precio. Con esa lección bien aprendida llegó Didier al banquillo galo.

Es cierto que las cuotas de carisma y carácter de aquella generación resultan irrepetibles. No hay ningún Deschamps sobre el campo en 2018, pero tampoco ningún Blanc o ningún Thuram comprometidos más allá del rectángulo de juego. Si esta Francia se ha hecho fuerte y ha curtido su piel ha sido a base de palos y derrotas. Algunas tan dolorosas como la sufrida en la pasada Eurocopa, con todo a favor y jugando de nuevo en casa. En aquel Maracanazo versión milenial, con un Saint Denis volcado y con los Campos Elíseos engalanados para un nuevo entorchado continental empezó a fraguarse la victoria. Levantarse después de aquello fue un destello de personalidad de este grupo, convencido de sus posibilidades y de la idea que les acercaba al triunfo, aunque primer tuvieran que aprender a perder. De talento iban sobrados. Tanto que Deschamps pudo permitirse el lujo de prescindir de nombres como Benzema, Martial, Payet o Rabiot. Su fútbol no cabía en la encorsetada idea del técnico galo, que apostaba eso sí por la juventud desde su defensa (Varane-Umtiti) hasta su delantera (Mbappé,Griezmann) todos por debajo de los 28 años.

Y es que si en algo ha evolucionado la especie en 20 años es en la calidad individual de sus hombres. Incluso en el físico. Ahora el futbolista galo no solo destaca por un cuerpo musculado y con la envergadura propia de un velocista, también por la agilidad y la calidad técnica. El ejemplo perfecto es Pogba, quien ha rayado a un nivel altísimo en esta Copa del Mundo, aunque han cultivado otros perfiles como Matuidi, Kanté o Mbappé, que dotan a los bleus de infinidad de matices y recursos. De ahí que la fuerza del colectivo se acabe imponiendo a las individualidades, incluso cuando entre ellos cuentas con Griezmann o Mbappé (una especie de Ronaldo con las rodillas intactas). El sistema de Deschamps para alcanzar la victoria resalta el conjunto y no otorga un contexto privilegiado a ninguna de sus estrellas. La clave es que la pelota llegue en las mejores condiciones al 10 o al 7 galo, para que la jugada se acelere, pero si esa vía no conlleva al éxito, siempre habrá un balón parado o un disparo desde la frontal que pueda salvar de un apuro.

Lo que no ha cambiado en este tiempo es la influencia y la presencia de las antiguas colonias francesas. Por ahí se entiende la vigencia del manido Black, Blanc, Beur del 98. En esta ocasión hasta 15 de los 23 convocados tienen origen africano o de las antiguas colonias de ultramar. En total más de un 60% de la camada criada en Clairefontaine son franceses de segunda generación. Una revisión histórica del Liberté, Fraternité, Egalité que representa como pocos Kilian Mbappé. El jugador del PSG de apenas 19 años se ha consagrado en este Mundial, con exhibiciones que han ido más allá de sus goles. De padre camerunés y de madre argelina, nacido en París es ya el estandarte de una nueva generación campeona. Un producto más de la globalidad del mundo.

Aunar todas esas fuerzas de la naturaleza, entregarles un libreto y encauzarles en un camino lleno de piedras y curvas ha sido el principal mérito de Deschamps. Es cierto que para ello ha desempolvado sus viejos apuntes de aprendiz curioso, cuando anotaba los consejos de Jacquet o de maestros como Lippi. Por eso su Francia también se ha edificado sobre la solidez defensiva para potenciar su exuberancia física y su velocidad de reacción. Ha maquillado las imperfecciones, como esos laterales que son centrales de formación, ha corregido sus propios errores y ha dado una pátina de coraje y realidad a un conjunto lo suficientemente insensato como para perder una final en casa y no inmutarse. Ahora el relato se engalanará camino de los Campos Elíseos, se renovará el mito y el discurso remitirá a los tiempos del Rey Sol, cuando al imperio galo nunca le faltaba una pelota dorada que le alumbrara.

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