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Jugar con fuego con el diablo

Petrificados como las gárgolas de Notre Dame. Con la boca abierta, como llevan siglos, en un grito sordo que sin embargo retumbó en todo el universo fútbol. Con la mirada perdida, como esas criaturas abandonadas al olvido que adornan el corazón de la Ciudad de la Luz. El apagón volvió a producirse en el Parque de los Príncipes donde los fantasmas se vistieron de Red Devils. No había motivos para sospechar, ni siquiera para temer que un equipo lastrado por las bajas y ajusticiado en su propio Teatro, el de los Sueños, osara con imaginar una remontada. Es el vicio de los nuevos ricos, desdeñar la historia. Y la del United está plagada de remontadas, Champions incluidas. La lección la aprendió tarde el PSG, que ya acumula varios suspensos.

Son reincidentes los parisinos. Como esos niños de bien que tras tener mil y una oportunidades en su vida, montan una start-up a los 40. Se denominan emprendedores, pero el que financia es siempre su padre. En el PSG es Al-Khelaifi, al que imagino que su orgullo (y lo abultado de su chequera) no lo permite desistir en el intento. Pocas historias de amor más imposibles que la suya con la Copa de Europa, que se niega una y otra vez a caer rendida en sus brazos. Ni siquiera le coge el teléfono y los mensajes no pueden ser más contundentes: En París la fiesta se acaba en Octavos, demasiado pronto para una ciudad que ha alumbrado Montmartre o el Moulin Rouge.

La nueva decepción empezó a cocinarse muy pronto, como tantas otras veces. Un error infantil de Kehrer a los dos minutos en un pase atrás dejaba la pelota en franquicia para Lukaku. El ariete belga resolvió como los depredadores voraces, agradeciendo el regalo sin mirar atrás. Al United de Solskjaer le empezaba a cambiar la cara, acababan de desembarcar en el Sena y ya tenían su primer botín. El gol, sin embargo, no alteró el plan francés que retomó la pelota como vía de escape para la primera emboscada británica. 10 minutos después habían sofocado la primera rebelión. El gol de Bernat devolvía la tranquilidad a los hombres de Tuchel, que empezaban a imponer su mejor trato de balón.

Desencadenados los Mbappé, Di María, Draxler, Alves y compañía empezaron a martillear la portería de De Gea. Una y otra vez perdonaron, olvidando que debajo de la desteñida zamarra latía un diablo. Se lo volvió a recordar Lukaku, aunque el que inició la trastada fue Rashford. Esta vez el error corrió a cargo de Buffon, incapaz de atajar un balón juguetón que tras golpear en el césped parecía teledirigirse a la bota del delantero belga. Nadie llegó antes que él a una nueva cita con el gol. Fue entonces cuando el murmullo en el Parque de los Principios se convirtió en temor. Y esa electricidad alcanzó el campo. De repente el United amenazaba en cada arrancada y el PSG repasaba pesadillas anteriores.

En un ejercicio de madurez el PSG intentó ahuyentar sus miedos jugando. Autoconvenciéndose de que eran mejores con el balón y de que solo era cuestión de hacérselo llegar a Verratti, a Mbappé o a Di María, por citar tres nombres para dinamitar el muro del United. Si algo ha podido reutilizar Solskjaer del periodo de Mou en Manchester son sus buenas conductas defensivas y ese repliegue bajo que elimina fisuras y alienta las carreras a la contra. Durante toda la segunda no hubo más plan en los ingleses que nadar hasta la orilla. Una vez allí ya verían si les daba para terminar como el desembarco de Normandía o como Pearl Harbour. Poco más se le podía pedir a un conjunto que llegaba a París con 10 bajas, con su gran estrella (Pogba) sancionado  y que hizo debutar a dos canteranos esta noche (Greenwood y Chong).

El duelo se convirtió entonces en una partida psicológica donde cada bala desaprovechada por los galos era un nuevo estímulo para los británicos. Una vida extra. No se conformaban los de Tuchel con esa derrota por la mínima, necesitados de llenar de grandes historias su diario de a bordo. Y merodearon el empate en varias ocasiones, hasta estrellar un balón en el palo. Mientras tanto, Ole Winner Solskjaer recordaba a los suyos la lección chuleta en mano. Solo había que llegar a la orilla, remar y remar, no perder la calma al asomarse al precipicio. Sabía de lo que hablaba.

El vértigo del PSG hizo el resto. Kimpembe extendió en exceso su brazo para que el balón golpeara en él. El zapatazo de Dalot se convirtió en venenoso vía VAR. Allí estaban de nuevo los demonios del PSG danzando a su alrededor, en una nueva caída dramática a los infiernos, en un nuevo ridículo espantoso que deja entrever que el dinero puede comprarlo casi todo, menos el carácter y la sangre fría. Esa que demostró Rashford transformando el penalti en el 94. El delantero del United tenía apenas dos años cuando su equipo hacía una de las remontadas más recordadas de la Champions. Aquella noche primaveral de Barcelona, su entrenador certificaba una Champions. 20 años después, les ha pasado los apuntes a sus pupilos para repetir aquella historia. Nunca juegues con fuego si enfrente está el mismísimo diablo.

 

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