El fútbol parece buscar siempre nuevas formas de reírse del aficionado. Especialmente del culé. Cuando uno cree haberlo visto todo, va y se planta ante un Elche–Barça que se puede resumir en dos titulares tan claros como contradictorios. El bueno diría: “Aluvión de fútbol y ocasiones del Barça en 45 minutos que rayan lo obsceno”. El malo remarcaría: “Un equipo que falla más que la promesa de un político en campaña”. Y eso, teniendo aún fresco lo de Anoeta, ya es decir. Porque si aquello fue un insulto al fútbol, esto pudo ser aún peor. Mucho peor.
La portería del Elche parecía un objeto decorativo. Un jarrón chino al que había que bombardear sin descanso pero sin romperlo. Con presión alta, circulación rápida, desmarques constantes y un Lamine Yamal absolutamente desatado. Tan desatado que, curiosamente, en la primera ocasión clara llegó su gol. El Chaval encaró a Iñaki Siguedando Pena, lo miró, lo sentó con la mirada y lo batió con insultante facilidad. 0-1 y la sensación de que la goleada estaba servida.
Pero no. Porque a partir de ahí llegó el despiporre del error. El festival del fallo. Algo realmente digno de un estudio antropológico. Olmo, Fermín y, sobre todo, Yerran se pusieron el traje de villanos involuntarios. Porque Yerran, más Yerran que nunca, falló a puerta vacía, incluido un doble remate al larguero en la misma jugada. Con seguridad, si intenta hacerlo a propósito no le sale. El Tiburao tenía la aleta torcida.
La colección de ocasiones desperdiciadas sacaba de sus casillas a Flick. Y para colmo, como manda la tradición reciente, en la primera ocasión que tuvo el rival, gol. El Elche rompió el fuera de juego, Álvaro se plantó ante Joan García y lo batió de tiro cruzado. 1-1. Injusticia no, lo siguiente de lo siguiente de lo siguiente. Un atraco a mano armada al espíritu del fútbol… Porque con el reglamento en la mano, el fútbol sigue siendo fútbol.
El Barça no se descompuso. Siguió pasando por encima del Elche como una apisonadora con sello Hansiano. Hasta que Frenkie DecepJong —sí, ese— recordó que tiene una calidad que parece sacar solo con cuentagotas. Amagos, cintura, defensa sentada y paseo humillante para Iñaki Siguedandomucha Pena antes de servir el gol hecho a Yerran. A la tercera clara, por fin, fue la vencida. 1-2 y descanso. Un resultado tan corto que rozaba el insulto: lo normal habría sido un 1-7. Sin discusión alguna.
Un marcador absolutamente engañoso. Ese fue el único motivo por el que el Elche siguió con vida. Y salió en la segunda parte creyéndoselo. Nada más empezar, rozó el empate. Y lo consiguió algo más tarde… aunque en un fuera de juego tan claro que el VAR solo tuvo que confirmar lo evidente.
El Barça sabía que debía sentenciar. Y volvió a lo suyo: generar, generar y volver a fallar. Turno para Lamine, para Lewandowski, para Trashford en un mano a mano que parecía gol cantado. Nada. El fantasma de Anoeta 2.0 flotaba en el ambiente. Y cuando el Elche tuvo una clara ocasión para empatar, quien más, quien menos pensaba que el fútbol afilaba el cuchillo traidor nuevamente.
Pero entonces, otra vez Lamine. Gran jugada, desborde, pausa y pase de la muerte servido en bandeja. Y esta vez sí, Trashford fusiló a placer. Justicia, aunque tardía, futbolística.
Intentó el Elche volver al partido. No lo consiguió. De haberlo hecho, habría sido algo demasiado exagerado incluso para este deporte. El Barça fue infinitamente mejor. Está líder por méritos futbolísticos incuestionables pero le convendría ajustar el punto de mira. Jugar así y sufrir solo pasa cuando el balón decide tomarte el pelo. Y hoy, durante muchos minutos, se divirtió de lo lindo.







