Hay retiradas que se sienten. Llegan como un cambio de presión en el ambiente. La retirada de José Antonio Mielgo como narrador de tenis la siento así.

Cuando emigré de Venezuela, hace casi 18 años, no llegué solo. Cada vez que encendía el televisor y había una pista de tenis al fondo, allí estaba él. La voz de Mielgo funcionaba como una frontera invisible entre el desarraigo y la pertenencia. El tenis —mi pasión— se convertía en territorio conocido gracias a alguien que sabía narrarlo sin estridencias, sin pirotecnia, con la convicción de quien ama lo que hace y no necesita demostrarlo.

Hay voces que informan y voces que acompañan. Mielgo pertenece a la segunda especie, la más rara. Fue la primera persona de la que me sentí “amigo” a través de la pantalla. No porque fingiera cercanía, sino porque hablaba del tenis como hablan los que lo respetan: dejando espacio al juego, a los silencios, al peso histórico de cada gesta.

Por eso es también un referente. Para cualquiera que haya soñado alguna vez con narrar partidos de tenis, Mielgo representa una ética: se puede ser protagonista sin robarle protagonismo al deporte. Se puede contar una épica sin inflarla. En tiempos de ruido, él elige el pulso.

Una vez me lo encontré en una cafetería de Madrid. Hubo cercanía. Humanidad. La misma que atravesaba la pantalla. Entendí entonces que su forma de narrar no es un personaje, es una manera de estar en el mundo.

Su voz fue testigo del final de la carrera de Pete Sampras, del nacimiento tenístico de Venus y Serena Williams, de las gestas interminables de Rafa Nadal, del título de Wimbledon de Garbiñe Muguruza con Conchita Martínez a su lado, de las Copas Davis que consolidaron una era, y de la irrupción de Carlos Alcaraz. No narró solo partidos: narró transiciones generacionales, cambios de época.

Hay, además, una ironía final digna del tenis, ese deporte que nunca promete finales felices sino finales verdaderos. Su última narración estaba prevista para el sábado pasado, en el ATP 500 de Dubái, contando la final entre Daniil Medvedev y Tallon Griekspoor. Era el cierre perfecto: una pista dura, un gran torneo, una final. Pero el tenis, fiel a su naturaleza imprevisible, decidió otra cosa. El retiro de Griekspoor impidió que el partido se disputara y, con él, se evaporó también esa última narración. Mielgo se va así, sin un punto final clásico, sin match point, como se va la gente auténtica: sin dramatismo.

Cuando se conoció la noticia de su retirada, su compañero en cabina, el extenista Roberto Carretero, no pudo contener la emoción. Fue un gesto revelador. Solo provoca ese tipo de reacción quien ha trabajado desde la honestidad y el respeto. Mielgo es eso: un profesional ejemplar.

Lo vamos a echar mucho de menos. Porque el tenis, a partir de ahora, sonará distinto. No peor, quizá, pero distinto.

Es un periodista honesto y discreto, cualidades que hoy parecen casi subversivas. Y hubo un momento en el que incluso él, que siempre tuvo las palabras justas, se quedó sin voz: la despedida de David Ferrer. Lloró. Nos hizo llorar. Fue el único instante en el que no pudo narrar la emoción porque estaba dentro de ella. Y esa, paradójicamente, fue su mejor narración.

Ahora vendrán nuevas aventuras. Tiempo para otras pasiones: la música, la informática, el deporte vivido desde otro ángulo. Pero el tenis —ese gusanillo incurable— ya lo tiene enganchado para siempre. 

Y a nosotros también nos ha dejado algo permanente: la certeza de que una voz puede convertirse en amistad.