Cuando el AVE recorre uno de los últimos tramos antes de llegar a la capital granadina, reduce su velocidad incluso por debajo de los 50 kilómetros por hora –es importante subrayarlo porque, cuando al fin esté terminada la variante de Loja allá por el año 2079, quizá la gente no crea lo que ha vivido esta provincia en el ámbito ferroviario-. El inevitable suspiro unánime de impaciente fastidio se suele ver atenuado, sin embargo, por la estampa que aparece en el horizonte. La imagen de las blancas cumbres de Sierra Nevada posee una condición indudablemente balsámica; por mucho menos hay cursis medio leídos que se apresuran a aludir al recurrente tópico del síndrome de Stendhal.
Sobre la belleza y el gran ambiente de Granada se ha escrito tantas veces que resulta imposible no incurrir en la redundancia. Baste decir que ni siquiera el chovinismo reduccionista de los boticarios de taberna —“en Graná con dos tapas has cenao”— es capaz de resumir las múltiples posibilidades que ofrece la ciudad en la restringida caricatura que involuntariamente construyen algunos entusiastas que se pretenden defensores. En efecto, en Granada hay sitios donde se come muy bien y la Alhambra es una joya. Pero hay mucho más. Como podrá comprobar cualquier aficionado que haya aprovechado esta Copa del Rey para pasear por sus calles, algunas de ellas circunstancialmente renombradas para la ocasión, en un homenaje a la tradición baloncestera de la tierra. Las aficiones de los equipos clasificados —y no solo ellos: también se están dejando ver bufandas de conjuntos ausentes como el Baskonia o el Unicaja; se colige que más de uno no ha perdido la oportunidad del garbeo con la coartada de animar al menos en la Minicopa— pueden dar testimonio directo de la implicación mostrada: exposiciones fotográficas, Fan Zone, conciertos, actividades…
Respecto a los enfrentamientos de los cuartos de final, el desigual reparto de la suerte dejó inevitablemente sorpresas y alguna decepción. La meritoria temporada del Joventut no se vio ratificada por culpa de un arranque espantoso en el partido inaugural, con unos porcentajes de acierto exterior tan bajos que permitieron escaparse al Tenerife en el electrónico con relativa comodidad. La posterior remontada badalonesa supuso un ejercicio encomiable, aunque finalmente no pudo aprovechar el tembleque canario, aferrado a su sota, caballo y rey: esfuerzo, Marcelinho, Huertas y Shermadini. Por su parte, el Madrid eliminó al Breogán con más esfuerzo del esperado, no se sabe bien si por exceso de confianza o porque la crisis de resultados denota un problema mayor del que sus hinchas queremos reconocer. Sea como fuere, la poderosa intimidación de Tavares y el talento de Heurtel, virtudes causantes de la derrota gallega, se han demostrado hasta ahora insuficientes para doblegar a los chicos de Jasikevicius; y con el errático Llull actual y sin que ningún otro exterior asuma algo de responsabilidad en el triple con un mínimo acierto, la conquista del trofeo supone una hazaña, ay, a priori poco probable.
La sorpresa de todos los años corrió a cargo del UCAM Murcia, que acribilló a triples al Valencia durante la primera mitad por medio de su ristra de francotiradores: McFadden, Webb, Taylor… La reacción posterior en el tercer cuarto, con un 21-0 comandado por Hermannsson y Rivero, equilibró el marcador hasta que en el intercambio de golpes del último período los de Sito Alonso conservaron el punto de acierto necesario para colarse en la semifinal. Unas horas después Saras, curado en salud tras ver las barbas del vecino bien remojadas, no quiso permitir que el Manresa lograse la heroicidad de derrotar a los culés en dos ocasiones en una misma temporada. Pese a la salida fulgurante del Baxi, sustentada en sus capacidades atléticas y un ritmo altísimo, la defensa inexpugnable del Barça y el inverosímil acierto azulgrana voltearon la situación y trituraron inmisericordemente las esperanzas de Pedro Martínez. Los barcelonistas han llegado a esta Copa del Rey con aire de selección de Estados Unidos, y parece imposible evitar que se hagan con el trofeo encadenando ejercicios de suficiencia, uno tras otro. Aunque si hay un escenario propicio para que lo inconcebible pueda ocurrir, se trata de este. Al fin y al cabo, los amantes del estereotipo siempre dicen que todo es posible en Granada.




