Nadar para morir en la orilla casi siempre resulta más doloroso que una derrota palmaria, ya que el segundo caso a menudo permite el magro consuelo de colocarse la venda antes de la herida. Sin embargo, cuando el daño más inmediato tras las expectativas frustradas en el último momento se suaviza un poco, el hincha puede tomar algo de perspectiva y sacar alguna conclusión positiva. La aflicción no cesa, pero al menos se combina con cierta capacidad de análisis que permite tantearse la ropa, saberse vivo y contemplar el horizonte con la cabeza erguida.
Acertaron todos aquellos que sospechaban que Laso había planteado los encuentros anteriores a la Copa con ligereza y un punto de desidia. El vitoriano, sabedor de la superior rotación culé y las dificultades de los sistemas de Jasikevicius, escondió sus cartas en las jornadas previas de la liga regular, sin importarle demasiado el dejarse llevar. El día D, no obstante, no permitió ningún respiro. Su idea de salida, con una presión intensa, desarboló al Barcelona en la primera mitad hasta dejarlo en unos raquíticos dieciocho puntos. Es muy probable que, de haber vencido el Madrid, Taylor hubiese podido aspirar al MVP: su anulación de Laprovittola fue prácticamente total. Todos los merengues hicieron gala de una concentración superlativa, con Abalde, Rudy, Tavares y hasta un voluntarioso Poirier desesperando a Saras en la banda. Por desgracia para sus intereses, la extraordinaria defensa no se acompañó de un ataque a la altura. La baja de Causeur hacía estragos en la línea exterior de un equipo que tiene ahí su talón de Aquiles. Los hinchas, felices con la actitud de sus guerreros, no podían evitar torcer un poco el gesto al descanso: después de aquella exhibición de coraje, los blancos no habían podido hacer más que veintinueve puntos. Tocaría sudar sangre.
El segundo tramo dejó a un FCB mucho más ajustado y que poco a poco, como una gota malaya, fue acercándose en el electrónico. Desarbolados varios de sus compañeros, hubo un secundario inesperado cuya responsabilidad y valentía completaron la remontada culé: Jokubaitis encadenó varias penetraciones con la izquierda que zarandearon el entramado merengue. Al Madrid cada vez le costaba más anotar, y los minutos en los que Heurtel se hallaba ausente mostraron de nuevo a un Llull que nunca estuvo a la altura. La incapacidad para generar puntos desde el bote minó la confianza blanca, que resistía en el partido a esas alturas por medio del pundonor. Cuando el Barça se estiró en los instantes finales hasta los seis de ventaja, el base francés asumió los galones que nadie quería y recuperó el terreno perdido. Con la final en un puño, el Madrid preparó una buena jugada para una internada cómoda de Deck que este marró incomprensiblemente. El Barcelona, tras coger el rebote, ya no lo dejó escapar.
Tras pasearse un poco por las redes sociales y escuchar las reacciones, parece necesario mencionar brevemente el arbitraje. Se trata de un tema en el que a mi juicio es inelegante extenderse, pero las quejas madridistas harán ruido y quizá merezcan un par de líneas. Efectivamente, hubo varias jugadas con un criterio distinto en el último período —sutil, no especialmente exagerado— y resulta innegable la facilidad con la que los de naranja envían a Mirotic a la línea de personal. Lo que no debe ser óbice para reconocer que los nervios propios que atenazaron al Real desde el 4,60 supusieron un enemigo mayor. Con un anotador contrastado, seguramente el título jamás se le hubiese escapado al Madrid: la secretaría técnica tiene trabajo, tanto en ese apartado como en el estudio de las renovaciones de unos cuantos integrantes del plantel. Sea como fuere, la temporada no ha finalizado, y en pocas semanas las espadas volverán a situarse en todo lo alto. La gran fiesta del baloncesto español no es sino el pistoletazo de salida de los meses decisivos; ni el dolor ni el confeti deben cegar: lo mejor aún está por venir.







